lunes, octubre 27, 2008

Ratas en el inodoro, Ratas en la casa, Ratas en el cine

Por: Yamid Galindo Cardona

Desde que tengo uso de razón les tengo miedo a las ratas, y los recuerdos abundan en espacios como las casas en la que he vivido, la finca que más he visitado, algunas películas que he observado, tres teatros visitados, y por último, y más reciente, razón por la cual escribo sobre ratas, el retrete.

Siempre he evadido la responsabilidad de solucionar un problema –es decir, espantarla o matarla- en el que están inmiscuidas, por razones de aseo, higiene y seguridad. No es bueno convivir con ellas, así para algunas sociedades como la hindú, tenga merecimientos de divinidad, inclusive con templo a bordo para sus oraciones donde son alimentadas y prácticamente se conviva con millares, dejando que libremente mueran y siendo los seres humanos los que las recojan para echarlas a un caldero y así controlar su putrefacto olor. O por el contrario están algunos orientales que decidieron ver en las ratas nutrientes para su dieta diaria y la ponen de vez en cuando en la mesa servida al vapor, asada o en bistec, colocando como principio dos reglas: 1-Si se mueve, es susceptible de ser digerida. 2-Si se ve bien, cómela.

Supe por experiencia de una de mis hermanas, la penosa tarea que fue matar una rata cuando esta salía de su inodoro en plena madrugada cuando ella se dirigió al baño, teniendo tan no grata sorpresa que de seguro alerto al resto de personas por sus gritos y golpes al roedor descarado, al conocer esta situación, espere que nunca me sucediera, porque no sabría mi reacción ante el pavor que les tengo, además uno nunca espera encontrar un bicho de estos en su retrete. Pero el día llegó y fue la semana pasada con la salvedad de que la desgraciada estaba ahogada, pero en un principio pensé que estaba viva, la escena que se me asemeja a un acto surrealista dicho de filmarse, fue así: Me levante a las 7:30 de la mañana y me dirigí como siempre lo hago, a hervir agua para hacer café, seguidamente entre la baño como entre dormido y despierto para orinar, en plena acción decido observar el fondo del inodoro para eso que llaman “apuntar bien”, cuando noto cierto animal de color negro mostrando uno de su lados, no podía ser sino una miserable rata, lo que yo nunca espere que me sucediera, sucedió. Me entro pánico, que acabo de un solo corte mis ganas de orinar, y salí corriendo, imaginando que el roedor había saltado del agua y me perseguía, lo que pude comprobar después de quince minutos por fuera del apartamento y con la calma requerida para asumir este reto solo. Regrese al baño y constate que la rata estaba ahí pero muerta, así que tenía dos opciones para solucionar el problema, meter mis manos con guantes y sacarla de allí para depositarla en una bolsa y echarla en la basura, o vaciar el tanque de agua para que regresara por donde vino, lo que me ponía en duda ante la posibilidad de que se quedara estancada, algo que al final comprobé negativamente porque descargue el tanque, algo que hice como diez veces. Lo que siguió fue prepararme para mi vida cotidiana en esta ciudad, algo que a medias hice porque el trauma no lo supere por muchas horas y días, llegando al extremo de cerciorarme hasta más no poder que el baño estaba limpio de estos animalejos, y así poder entrar con confianza.

Las casas donde viví mi niñez y juventud siempre fueron grandes, acorde a la cantidad de miembros de mi familia, teniendo arraigado el recuerdo de una en particular en donde sus metros cuadrados casi que albergaban la manzana entera, con zaguán, muchos cuartos, solar y dos patios, precisamente era uno de estos últimos el albergue predilecto de las ratas. Bueno es decirlo y recordarlo, mi papá siempre aprovecho cualquier pedazo de tierra para sacarle provecho sembrando algo, casi siempre maíz u hortalizas, trasladaba sus labores semanales de la finca a la casa, una extensión más de su trabajo preferido, inclusive en algunos de los casos, aprovechándose del espacio público, ejemplo de esto es el secado del café, que ante la cantidad de la cosecha, los planchones en la finca no daban abasto y el hombre traía sus bultos y los echaba a veces en la cancha de baloncesto del parque o en unos metros de la calle, recuerdo esto porque ante los oficios que esto ameritaba con la siembra por ejemplo de perejil, muchas horas pasaba allí en oficios como el riego de agua o quitar la maleza, y muchas veces tenía que lidiar con mis miedos a las ratas; esta gran casa que pertenece al patrimonio arquitectónico de la ciudad de Buga por su antigüedad, era o es un refugio para las ratas, allí no valió gato, ni trampa, ni veneno para desterrarlas, ya que sus vecinas igual las albergaban, algo así como una sociedad bien organizaba que tenia escapaderos por cualquiera de sus frentes laterales en caso de emergencia; allí ante la resistencia que les tenía, me tocaba sacar valor día a día en caso de topármelas, prueba medio superada que con el tiempo aún me fastidia.

En el cine y la televisión, las ratas son usadas como protagonistas principales para algunas escenas, creando en el espectador cierta zozobra ante la imagen de un roedor que pasa sobre el cuerpo de uno de los protagonistas, o como forma decorativa ante un espacio oscuro y de terror, enviándonos el mensaje que sólo allí conviven las ratas. En la década de los ochentas y bien entrados los noventa del siglo XX, en Buga existían cinco salas de exhibición cinematográfica: Teatro Buga, Teatro Santa Barbará, Teatro Municipal, Teatro del Hospital –no recuerdo ahora su nombre, pero se que quedaba en las inmediaciones del hospital San José-, y el Teatro María Cristina que luego cambio su nombre a Cinema Centro, de estos teatros en la actualidad solo funciona abierto para toda la comunidad el último de los nombrados, el resto cerraron o pasaron a exhibir porno; en uno de esto teatros observé una película titulada La Revolución de las Ratas del año 1971 dirigida por Daniel Mann, película con tintes vengativos de parte de su personaje principal que amaestraba estos roedores para cometer sus crímenes –en contra de su padrastro y otros personajes-, teniendo como líder a una rata blanca llamada Ben base de argumentación para seguir otras partes, tal vez asistí para aterrarme un rato, y recuerdo mucho a Ben; este cine hace parte de lo que se conoce “clase b”, que manejaba poco presupuesto e historias muchas veces truculentas, género muy apetecido por un cinéfilo reconocido en la década de los setentas en Cali, quien se sumergía en la oscuridad de los teatros céntricos para digerir estas historias. El segundo recuerdo cinematográfico con las ratas como protagonistas sucedió en la trilogía de los colores –homenaje a la bandera francesa- del director Krzysztof Kieslowski, en Azul una mujer –protagonizada por Juliette Binoche, contaré lo que me interesa del film para este tema-, ante la tragedia del accidente automovilístico donde pierde a su esposo e hija, decide abandonar todas las referencias materiales y afectivas que la ligan a sus recuerdos familiares, incluyendo el cambio de casa, ante lo cual alquila un apartamento, teniendo la mala suerte de encontrar en una de sus habitaciones una rata recién parida con muchos ratones, su miedo y ansiedad es tan grande que no soporta la idea de ver esa rata llena de crías y ella tan afligida con su duelo familiar, además de los secretos que ha descubierto después de morir su esposo, como por ejemplo que tenia una amante y que esta embarazada; ante la dificultad de tener una cría de rata en su espacio, decide prestar un gato, el cual es traído en la noche para ser introducido en el cuarto y que este haga su festín rico en proteína animal ratuna, escuchar los ruidos e imaginarse lo que sucede es insoportable, decidiendo pasar la noche en otro sitio, metáfora entre la vida y la muerte en la que la protagonista está envuelta, colocándola como verdugo, paradoja de la vida que le toco vivir.

El antiguo Teatro Municipal de Buga, celebre en la historia del cine colombiano por ser el sitio donde se estreno nuestro primer largometraje titulado María de Máximo Calvo y Alfredo del Diestro -adaptación de la obra cumbre de Jorge Isaacs-, fue un lugar que con el tiempo tuvo su declive ante la falta de asistencia y gestión local, que trajo como resultando su deterioro arquitectónico –parece que recibió una restauración y espera ser culminada para reabrir nuevamente- algo palpable en el hecho de que las ratas salían del piso de madera en una fiesta constante de ida y venida que obligaba al espectador arriesgado observar la película con los pies levantados o cruzados en la silla, toda una posición de faquir, no viví esta situación, pero la traigo a colación por lo que sí me sucedió en dos teatros caleños, uno definitivamente cerrado y convertido en iglesia cristiana –triste destino de nuestros Teatros de Barrio en Colombia- y el otro…; inicialmente fui una tarde al Teatro San Fernando para observar la reedición de la película Help protagonizada por el grupo de rock británico The Beatles, ante la poca asistencia que había, era fácil escoger un espacio para estirar los pies y colocarlos encima de la silla delantera y no fastidiar a nadie, a la media hora de empezada la cinta, pude notar por mi percepción visual que algo se movía sobre la delgada línea de las sillas ubicadas una al lado de la otra en dirección del sitio donde yo postraba mis pies estirados, lo que significó una reacción inmediata de estiramiento para ver que era, y confirmar mis sospechas, un rata enorme del tamaño de un conejo, de seguro alimentada de mecato y crispetas, toda una “cinéfila”, acto seguido salí despavorido de la sala a encontrar la luz y comentar brevemente lo sucedido al portero, quien sin más explicaciones me dijo que no era la primera vez que se quejaban y que no estaba en sus manos la solución. Después de muchos años conseguí una copia de Help en Dvd, y observé la película sin roedores a mi lado. El segundo teatro fue la Cinemateca la Tertulia –sitio donde laboré por diez años-, en plena función y con muy poca gente, algo que se volvió costumbre en esta sala, dos de los asistentes al termino de la función de siete de la noche, me comentaron un poco relajados y si extrañados, la visita de dos ratas en plena función al frente de la pantalla, iban y venían juguetonas ante las imágenes que se reflejaban en el piso de madera, hasta que se perdieron en la oscuridad del cuarto adyacente a la pantalla; ese relajamiento de los espectadores, se vio contrastado con mi rostro de pavor, bastante era para el portero tener que salir al cuarto del aire acondicionado que queda por fuera de la sala al lado de un matorral y toparse con ese gran roedor llamado zarigüeya o vulgarmente “chucha”, para tener que convivir con las ratas en la sala, la solución vino de mover los cachivaches -obviamente no lo hice yo- de ese cuarto continuo y colocar veneno, además de llenarme de mucho valor y olvidar la situación.

Recuerde, si va ir al baño, cerciórese de que no haya una rata nadando, tal vez esta ahogada o quiere salir para seguir su camino. Si vive en una casa antigua o inclusive nueva, tenga siempre a su lado una persona valiente que haga lo que usted no es capas de hacer cuando se topa con este roedor. Si va a cine –no deje de ir-, escoja uno de su confianza, igual casi siempre las imágenes en movimiento nos recrean a esta especie.
Publicar un comentario