lunes, noviembre 03, 2008

El Amplio Espacio Decadente de la Cinemateca la Tertulia u Otro Teatro en Vía de Extinción

Por: Yamid Galindo Cardona


En los años setentas del siglo XX cuando el Museo de Arte Moderno la Tertulia ya era una realidad por las bienales realizadas bajo el trabajo mancomunado de Maritza Uribe de Urdinola y su grupo de colaboradoras (es), así como la colección de obras de arte que empezaban a albergar estratégicamente, bajo el amparo de ese “charco del burro” ya pasado a la historia por la modernidad desastrosa con que algunos administraciones destruyeron ese Cali viejo; momentos donde la ciudad se había internacionalizado por los juegos panamericanos; cuando los ciudadanos se ganaban las congratulaciones de todo el país por cívicos y organizados, y en el fin de semana los jóvenes asistían a los cineclubes locales y un grupo comenzaba a crear lo que conocemos como Caliwood; se les ocurrió a los gestores de la Tertulia construir un escenario para presentar conciertos de cámara y cine, pasaron de alquilar teatros de barrio -ya venidos a desgracia- donde programaban cine, a tener el propio bajo el auspicio de la administración pública, la empresa privada y el trabajo de personas como el fallecido Gino Faccio quien ya tenía una reputación ganada con su participación en la construcción de la plaza de toros de cañaveralejo. Sueño realizable que necesitó de la cooperación de muchas personas para realizar allí diversos eventos representados en lo literario, musical, artístico y cinematográfico, este último sería el que a la postre pasaría a establecerse como espacio principal durante la semana, con una programación regular que hasta el día de hoy se mantiene, si es que ese “hoy” merece tenerse en cuenta.

La llegada refrescante de Ramiro Arbeláez a la Cinemateca la Tertulia unos años después de ser fundada, trajo su ya ganada experiencia en el Cine club de Cali, algo que posibilitó un trabajo encomiable que puso la sala entre las preferidas del público caleño por la programación y aspectos de exhibición, creándose un nuevo espacio social en dónde ver lo mejor del cine mundial y sus estrenos, con ciclos retrospectivos y un trabajo de amplitud inmejorable en talantes informativos y de atención a la clientela cinéfila experta y en formación, era su hoja de ruta; trabajo que entraba en pleno circuito con otras salas a nivel nacional que tenían experiencia o comenzaban a ganarla, caso de la Cinemateca Distrital de Bogotá. Esta época que recogió los años setentas y parte de los ochentas es la más fructífera y recordada, porque lo que siguió después de la salida de Arbeláez fue una breve colaboración de Luís Ospina, Julián Tenorio y su actual director Eugenio Jaramillo.

Ese impulso de la Cinemateca la Tertulia ganado desde su exhibición y bajo la dirección de Arbeláez, sigue su camino hasta mediados de la década de los noventa, cuando comienza su declive manifiesto en asistencia de público y divulgación, altibajos que cada vez son más bajos por la nula preocupación de quien la dirige y la persona que maneja las riendas de la institución en sí, la señora María Paula Álvarez. Cada vez la sala es un desierto de 300 sillas -algunas dañadas- bajo el amparo de una imagen borrosa en uno de sus proyectores; el pequeño punto publicitario en la pagina de eventos del periódico donde salía se perdió, y eso que la directora hace parte de la familia que maneja dicho diario; la pronta conversación y ayuda cinéfila se ha esfumado con la destitución arbitraria del portero en el año 2007, conocido caso que en su momento llego a oídos y estuvo en boca del medio cultural de la ciudad, por razones sospechosas de su despido; este puesto de trabajo ahora lo ocupa y realiza el vigilante de turno, aquel que contratan para realizar otras labores y deja descuidado el espacio asfaltico de nuestro antiguo charco, que valga anunciarlo, se le hace muy grande para ocuparlo.

El amplio espacio decadente que ya el público no ocupa con su presencia en la sala oscura de la Cinemateca al Tertulia, viene determinado por la falta de atención de la directora del Museo a quien de seguro poco le preocupa lo que sucede con este espacio de la cultura vallecaucana y trascendentalmente nacional; nada le importa a esta ficha de autoridad las necesidades que surgen en el día a día, tal vez porque considera todavía que ese es el “elefante blanco” que camina y camina y no cae, pero que el día que caiga sacará las mejores razones para explicar y enredar a sus escuchas diciendo que era necesario cerrarlo porque ya no iba gente y que era insostenible por la alta carga laboral de su operador y vendedora de boletas; y si eso sucede –que ojalá no sea así-, la directa responsable será ella, por su falta de preocupación hacía la sala en aspectos como la programación, la publicidad y las ideas, tal vez esta última es la que más les falta a María Paula Álvarez como directora del Museo la Tertulia y a Eugenio Jaramillo como director de la Cinemateca; en época de crisis hay que ser recursivos así se muera en el intento, algo que poco apuestan en la practica los sujetos mencionados, tal vez esperan y esperan el momento donde no dará más el espacio, tal vez perciben que sucede pero no quieren hacer nada, así tengan mucho que hacer. Señor lector, esté alerta porque tal vez en unos años veamos la Cinemateca la Tertulia cerrada, convertida en un salón alquiler de despedidas, fiestas y espectáculos, o en parqueadero: “Adelante, pase que hay cupo”, cupo que habitaron muchas personas durante más de treinta años sentados, complacidos, riendo, llorando, gritando, aplaudiendo y en últimas viviendo.

Se espera que la Cinemateca la Tertulia salga adelante con la organización de la red nacional de salas alternas Kayman que coordina el laborioso Jorge Mario Duran, tal vez con esta intervención se salga un poco de la decadencia, amanecerá y veremos. No dejemos que uno de los patrimonios culturales más importantes del país caiga en desgracia, que no se convierta en una sala donde solo los recuerdos sobrevivan, más bien exijamos que nos digan que se va hacer para sacarla adelante y realizar las mejoras pertinentes que la saquen de ese declive en que se encuentra, el mismo que se experimenta en la noches de libertad de aquellos vendedores y consumidores de alucinógenos que en alto porcentaje se han tomado los alrededores y han alejado aquellos transeúntes que veían en la rivera del río y el museo, un sitio de descanso. No permitamos que la Cinemateca la Tertulia haga parte de ese circulo exclusivo que un cinéfilo denominó Sociedad de los Teatros Muertos.
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