20.11.08

Una historia “para” contar o la violencia que nos toca

¡A los muertos que sentí
y sobrevivientes que toque,
en el conflicto colombiano!

Por: Yamid Galindo Cardona

De un momento a otro comenzaron a llegar familias de campesinos desplazados al centro urbano de Buga, quienes fueron ubicados en uno de sus coliseos deportivos, una forma de gueto que de seguro angustiaba más su situación social. En los inicios de mi carrera profesional de historiador en la universidad, y ante las expectativas sobre que investigar, quise acercarme a esta población afectada y realizar un trabajo con fuentes orales, proyecto que quedo ahí, ante los consejos de algunos compañeros que me hicieron caer en cuenta de lo riesgoso de la situación, más si para el caso personal, yo era oriundo del sitio de albergue. Comenzaba un nuevo milenio y la situación política con el truncado proceso de paz del presidente de turno, en la llamada “zona de distención” de San Vicente del Caguan en el departamento del Caquetá venía en caída libre, con una característica especial de fortalecimiento del conflicto en los tres frentes de actuación, primero, la guerrilla de la FARC ganando territorio y haciéndose fuerte con sus prácticas ante la facilidad otorgada por el proceso que se gestaba y en el cual actuaban pasivamente; segundo, el Ejercito Nacional con su alta inversión presupuestal venida del llamado “Plan Colombia”, ayuda de los gringos para acabar supuestamente con la producción de narcóticos pero que indirectamente era y es utilizada en el conflicto interno; tercero, la derecha política colombiana ganando adeptos de todos los calibres, y parte de ella gestionando grupos Paramilitares en zonas donde la guerrilla era fuerte para incrementar una vez más el conflicto, un resurgir que podríamos denominar tercera violencia, y que una persona como mi papá volvía a vivir en directo.

Nuestra violencia ha traído contradicciones fuertemente marcadas que el espacio de escritura se queda corto para analizarlas, siendo importante resaltar que existen un sinnúmero de investigaciones sobre la temática, iniciando con el trabajo clásico de Orlando Fals Borda, Germán Guzmán Campos y Eduardo Umaña Luna titulado La Violencia en Colombia, pasando por el auge vivido en los ochentas que tildo a estos académicos como “violentologos”, hasta el último trabajo trascendental realizado por el Grupo Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación titulado Trujillo: Una Tragedia que no Cesa, pesquisa coordinada por el historiador Gonzalo Sánchez que durante seis meses recolecto testimonios de los familiares de las 342 personas asesinadas entre 1986 y 1994 en Trujillo, población del centro del Valle del Cauca. Sumado a estos trabajos académicos los colombianos a través de la literatura, las artes platicas, el teatro, la música, la fotografía y el cine, han dejado testimonio de la barbarie, aquella que no cesa y parece aumentar con las últimas noticias venidas de los falsos positivos donde la fuerza pública ha asesinado ciudadanos haciéndolos pasar como caídos en combate, pero claro está, esa noticia ya hace parte del olvido, porque la de hoy, la pone en segundo plano.

En la década del noventa del siglo XX, un escritor decidió entrar en la sucia carrera política colombiana, se trataba de Gustavo Álvarez Gardeazabal quien fue elegido primero alcalde de Tulua, y posteriormente gobernador de su departamento. Tulua, es su ciudad natal y espacio representativo de su obra cumbre Cóndores no Entierran Todos los Días, historia que precisamente retrata el periodo de la violencia partidista bajo la personalidad de un “pájaro” camandulero de alias “El Cóndor” y llamado León María Lozano, personaje que fuera llevado a la pantalla por el cineasta Francisco Norden con la actuación magistral de Frank Ramírez en el año 1983. Recuerdo del escritor político tres situaciones particulares, su franca oposición a la medida de otro presidente de turno que a partir de la baja reserva de agua por motivos del llamado “Fenómeno del Niño” y la disminución de energía hidroeléctrica, quiso contrarrestar la situación con una serie de apagones programados entre el año 1992-1993, adelantando en una hora, la hora oficial colombiana coincidiendo con el huso horario venezolano, la llamada “hora Gaviria” nos puso a madrugar, algo que se sostuvo solo un año debido a la gran oposición de muchos sectores que obligaron al mandatario a recomponer su medida, y a la asidua critica de Gardeazabal que por ningún motivo impuso la medida en su terruño, es decir, Tulua se convirtió en un espacio donde si usted salía, cambiaba su hora;[1] la segunda situación puso nuevamente en contravía a Gardeazabal con el gobierno nacional, esta vez se trataba de la construcción de una escuelita en Ladrilleros –zona de Buenaventura- por parte de soldados norteamericanos, tan buenas intenciones no son creíbles,[2] y el sagaz gobernador se opuso rotundamente hasta lograr su retiro; la tercera situación atañe al objetivo del escrito, en su posición de analista y visionario social y político, Gardeazabal en muchas de sus intervenciones televisivas y radiales se pronunciaba sobre la lamentable situación que vivía el país con las masacres perpetuadas por los paramilitares en zonas tan especiales como el Uraba antioqueño, y ponía el dedo en la llaga advirtiendo que esa situación a más tardar nos tocaría de lleno en las diversas zonas rurales del valle del río cauca, pues así fue.

Llegaron los paramilitares y se instalaron como bloque Calima de las AUC –Autodefensas Unidas de Colombia-, desplazando a gente humilde cuyo único sostenimiento era su trabajo dirigido a la tierra –en pocas hectáreas-, aquella que muchos tienen en cantidades ubérrimas, instalándose en muchas poblaciones que los albergaron. Buga no fue la excepción, ya que su zona montañosa tiene un número alto de veredas y se ubica estratégicamente como paso al departamento del Tolima, zona históricamente dominada por los grupos guerrilleros y que paso a convertirse en espacio de ida y venida con los paramilitares, donde el mayor perjudicado fue la población civil con un modus operandi que utilizó y utiliza los grupos de llamada autodefensa, llegando a sitios donde han pasado los guerrilleros y actuar allí a través de la intimidación con ejecuciones individuales o grupales, el caso más reconocido del sector fue el ocurrido en el año 2001 y que a continuación presento:

[…] Ese día, hacia las 10 de la mañana, un grupo de entre 20 y 30 miembros del denominado Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) partió de algún cercano a la vereda Buenos Aires con la intención de matar a sangre fría. Vestidos con uniformes camuflados, con los rostros cubiertos por pasamontañas y armados y armados hasta los dientes, los hombres de las AUC iniciaron una travesía de seis horas por la zona rural de Buga. Más o menos hacia las 3 de la tarde llegaron al corregimiento de La Magdalena, ubicado a unos 15 kilómetros del casco urbano del municipio, y se llevaron a ocho personas. La mayoría eran comerciantes y tenderos, a quienes les dijeron que tenían que ayudar a levantar un carro de las autodefensas que se había volteado en la vía. En un cruce de vías cercano, los mataron a todos.
Los hombres armados se dirigieron luego hacia la vereda Alaska, a unos 500 metros de donde habían dejado a sus primeras víctimas. Allí reunieron a un grupo de campesinos frente a la parroquia con el pretexto de leerles un comunicado. Les dijeron a los niños que se perdieran, que se fueran para una finca y no salieran. A las mujeres las encerraron en la sede de Aproplan, una microempresa comunitaria donde las campesinas elaboran champúes y pomadas con plantas medicinales. Afuera del salón los verdugos seleccionaron a 14 hombres de los presentes, algunos de ellos habían sido traídos de sus parcelas los alinearon frente a la caseta comunal y les dispararon ráfagas de fusil hasta que no quedó uno solo de pie. Los que no murieron de inmediato fueron rematados con tiros de gracia en la cabeza.
Media hora más tarde los asesinos entraron en la vereda Tres Esquinas, aun kilometro de distancia, donde al parecer asesinaron a otras personas. A continuación se dirigieron a otra área de la vereda La Habana. Allí detuvieron una chiva, en la que viajaban unos 45 pasajeros, hicieron bajar a los hombres, los obligaron a correr y les dispararon ráfagas de fusil por la espalda. A las 4 de la tarde los agresores terminaron su siniestra ronda y desaparecieron. A la morgue de Buga llegaron en total 24 cadáveres, entre los que se encontraban menores de edad y ancianos. Sin embargo, hasta el viernes pasado, una comisión del Comité Internacional de la Cruz Roja (Cicr) estaba buscando por lo menos seis cadáveres en otras partes de la zona rural, en los límites con el municipio de San Pedro.
[3]

La vereda donde esta la finca de mi papá se encuentra precisamente en los límites con el municipio de San Pedro, corredor escogido por las AUC para su accionar, sitio donde se presentaron algunos acontecimientos que prácticamente colocaron en la zozobra diaria a los habitantes campesinos de La María, La Primavera, Guaqueros y Los Medios, cuatro veredas que tuvieron como visitantes y vecinos a este grupo paramilitar. Conocedores de la zona, prácticamente realizaron un censo de cada uno de sus habitantes, sabían cuantos bajaban al pueblo y cuantos subían - podría decirse que sistematizaron a la población, por lo que era aconsejable no visitar esos lados, ya que de seguro ibas a ser motivo de registro y duda ante sus ojos-, si eran los mismos o eran nuevas caras; inclusive uno que otro “paraco” se colocaba su ropa de civil y agraciado bajaba en la chiva, un vehículo que en su trayecto dejaba la alegría del campesino por el silencio sepulcral ante tamaño acompañante, pero algo particular sucedía, en el trayecto siempre –por ser la única vía- se iba y venia pasando frente al batallón palacé, así que extrañamente lo que sucedía a pocos kilómetros de este espacio militar en cuanto a violaciones de derechos humanos, pasaba desapercibido.

Ante la nueva situación que se vivía, una especie de secuestro in-voluntario -palabras dichas por don Bernardo un día de conversación dominguera-, muchos vecinos decidieron dejar sus parcelas abandonadas temerosos de un acontecimiento como el vivido en La Habana y sus sitios aledaños, craso error que aprovecharon los “nuevos pájaros del milenio” para habitar esos espacios y dejarlos no muy bien a la hora de su retiro, en particular una casa que tenia línea telefónica, donde el recibo de pago sobrepaso la tasa mensual de dicha familia cuando decidieron regresar, tal vez la mayoría de llamadas fueron hechas al departamento de Antioquia o la costa norte, sitios de donde al parecer eran oriundos la mayoría de individuos, al decir por el acento y los comentarios de quienes tuvieron la oportunidad de encontrárselos.

En este espacio enviolentado[4] pasaron dos situaciones familiares que hoy son anecdóticas, la primera corresponde a la mala idea que tuvo mi hermano de ir en un vehículo a la finca, su acompañante un sobrino, resulta que próximos a llegar a su destino fueron detenidos en un retén de los paramilitares, quienes armados hasta no más poder decidieron preguntar todo lo que se les ocurrió, más de media hora cotejaron informaciones y entendieron cual era el motivo de la visita, no sin antes registrarlos en sus bases de datos y mirar con cierta ganas aquella camioneta que a juzgar por su modelo, se les antojaba bastante amplia para transportarse; conociéndolos como los conozco, sé que el miedo tuvo que ser fuerte, la situación espantosa, y la fortaleza admirable, pero el riesgo corrido pudo evitarse ante lo que se vivía en el momento y los altibajos que un grupo como estos sostienen en el día a día con su accionar, algo que seguro no repetirían si lo pudieran hacer. La segunda situación involucra a otro hermano, la preocupación de mi papá y la angustia del nómada amigo apodado Lucio, como si no fuera poco la visita de aquellos violentos, se sumo la desgracia por efecto de una avalancha que destruyo la carretera, daño que duro bastantes meses antes de ser solucionado, mejor dicho, se fueron primero los “paracos” y la administración municipal con su secretaría de obras públicas no había remediado el problema, este daño de la naturaleza colocaba a los campesinos en situación desventajosa para sacar sus productos a la ciudad, lo que implicaba un gasto extra; para el caso de la finca, el trayecto era largo teniendo en cuenta su posición geográfica en la zona, por lo tanto la yegua de nombre “Leonela” sumaba un esfuerzo físico más con la carga de bananos a lado y lado de su lomo para llegar a su destino, que era un puente acondicionado por los labriegos de la zona para pasar el barranco formado y así ubicar la carga en la chiva respectiva, en una de esas acciones que normalmente se realizaba los viernes en la tarde, a su regreso mi hermano fue abordado por los paramilitares, le indicaron que necesitaban la yegua para un trabajo que significaba un esfuerzo mayor que hombre alguno no podía realizar, así que opto por seguirlos hasta un espacio cercano donde aquellos señores tenían a disposición una res para su sacrificio, animal donado por un ganadero en “agradecimiento por la excelente labor realizada en la región”, como si no fuera poco prestar a “Leonela”, a mi agraciado hermano le correspondió hacerse a cuchillos para cortar la piel del trofeo otorgado y remover vísceras, cortar músculos, y sacar las mejores partes para su consumo, además le correspondía trasportar parte del festín a otro punto de reunión paramilitar, algo así como proveer provisiones de proteína animal por encargo directo y obligado; resulta que desde la finca, a mi hermano se le esperaba desde las 6 pm y no llegó sino hasta pasadas las 10 pm, tiempo en el cual la angustia de Lucio sobrepasaba los límites ante su comprensible miedo hacia los paramilitares, y el pensar que lo peor le había sucedido, angustia que fue pasando a la cabeza de mi papá, más cuando ve llegando la yegua y con ella un hombre completamente ensangrentado de pies a cabeza, la escena no puede ser más terrorífica, algo que se soluciono con el dialogo de lo sucedido y la felicidad de saber que esa sangre correspondía a una res y no a las heridas de su hijo.

Hasta el momento no se ha resuelto la situación vivida con respeto a la incursión de los paramilitares en nuestra región, la impunidad sobresale por lo alto, quedan fosas que descubrir, militares y políticos que enjuiciar, responsabilidades que admitir, aquellas que lejanamente se ven con acciones como la extradición de la cúpula de las AUC por parte del gobierno, lavándose las manos y dejando en la jurisprudencia de un país extranjero la decisión que pudo asumir aquí, así se justifique constantemente ante la determinación tomada, y aquellos personajes oscuros comiencen a testificar desde los Estados Unidos sus delitos cometidos ante la mirada absorta de sus víctimas, aquellas que bajo una ley quedaran no muy protegidas y remuneradas por el estado. Nuestro gran territorio necesita hechos de paz ligados con inversión social, una eficaz reforma agraria, mejor y mayor inversión a la educación y menor inversión a la guerra, negocio redondo de los capitalistas locales que se postulan como presidenciales y ejercen cargos públicos, y nuestro aliado del norte que no desaprovecha la oportunidad estratégica de tenernos bajo su manto de estrellas; el conflicto sigue, pero tranquilos, el sofisma del embrujo con alta popularidad continua.

[1]En esta circunstancia social y política debido al apagón, nace un programa radial llamado “La Luciérnaga” mezcla de ficción y realidad que retrata la actualidad nacional y mundial, que al día de hoy sigue programado en las tardes de lunes a viernes –caracol radio 4 pm-, y que paradójicamente tiene entre sus participantes a Gustavo Álvarez Gardeazabal.
[2]Es obvio que las fuerzas norteamericanas en nuestro territorio no se fueron con esta acción audaz del gobernador, de antemano ya existían en el país bases militares donde ellos han estado y están instalados –rural y urbanamente-, con todo el salvo conducto que su país les otorga al no ser juzgados en un país ajeno al suyo en caso de cometer algún delito, ejemplo de lo anterior son las violaciones a dos mujeres en la población de Tolemaida –la sede de instrucción militar más importante de Colombia- en el departamento del Tolima, por parte de soldados gringos, algo que se quedo en la impunidad, así las pruebas hayan sido contundentes.
[3]Masacre de Buga, octubre de 2001. Ver el informe completo en: http://www.verdadabierta.com/web3/nunca-mas/desplazados/40-masacres/423-masacre-de-buga-valle-del-cauca-octubre-de-2001-
[4] La expresión hace parte de un articulo de Alfredo Molano, quien nos anuncia que Colombia no es un país violento sino enviolentado, ¿por quién?, esa es una pregunta amplia que nos llevaría desde el actual periodo, pasando por el narcoterrorismo, Turbay Ayala, el Frente Nacional, el Bogotazo, la Guerra de los Mil Días, las guerras civiles del siglo XIX, la Independencia, la Colonia y posiblemente la llamada conquista de América, cada uno dará sus razones, ¡entre y escoja!.
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