17.12.08

El Día que los Abuelos Bajaron al Pueblo a Fotografiarse


A mamá,
a quien de pronto este escrito
le arrebatara una sonrisa.


Por: Yamid Galindo Cardona

Eran las 4:30 de la mañana cuando el gallo cantó por primera vez, síntoma de levantarse de la cama para las labores diarias que tiene una finca dentro de su hogar en las primeras horas: atizar el fuego para el carbón, moler el maíz trillado ya cocinado desde el día anterior para las arepas, revolver lo que había quedado de la comida para el calentado, poner la aguadepanela para hacer chocolate, y fritar el chicharrón o un huevo; toda una variedad gastronómica de origen antioqueño que debía estar en punto de las siete de la mañana cuando la familia y los trabajadores ya habían tenido su primera jornada. Sin embargo, ese día por ser sábado tenía otras connotaciones, se trabajaba medio día, y se bajaba al pueblo en dirección al granero para comprar café, arroz, frijoles, cigarrillos, parba, la carne de la semana, el periódico trasnochado, y por supuesto, retratarse. Ese día muchas actividades habían quedado a cargo de los mayores de la familia, ya que Mercedes y Rafael emprendieron su camino por la trocha con su ropa de trabajo, y un maleta que albergaba lo mejor de sus vestidos; además como acompañantes unas mulas que llevaban algunos muebles hechos en madera de cedro que él había elaborado por encargo e iba entregar en el pueblo, y otras con algún revuelto de plátano, banano y yuca, que tenían de adorno en las puntas de sus costales cuatro gallinas atravesadas y envueltas en hojas de biao para que no se escaparan, las cuales iban a ser igualmente vendidas; el punto de llegada inicial era Cruce Bar, sitio donde muchos pobladores de la región llegaban y dejaban sus bestias en un potrero acondicionado para los viajantes, y esperaban un vehículo que los transportaran al centro de Buga.

Mercedes Muñoz había nacido en Manizales, hija de Jesús Muñoz quien venía de la zona del Tolima, y Carlina Giraldo, arraigada en la zona cafetera del departamento de Caldas, su unión trajo además cuatro hijos: Pedro, Jesús, Bernardo y Ligia, esta última, única sobreviviente. Rafael Cardona había nacido en Pereira, hijo de Dioclesiano Cardona y Librada Echeverri, quienes tuvieron además a: Roberta, Jova, Juan de Dios, Eduardo y Reynelda, todos fallecidos. Por los sitios de origen que se han relatado en las anteriores líneas, Mercedes y Rafael tenían arraigada fuertemente la cultura paisa dentro de su forma física, modos de vestir, su hablar, y sentir como mujer y hombre comprometidos con sus hijos, y el hogar, carácter particular de la zona antioqueña, algo que seguro algunos de sus hijos asimilaron muy bien dentro de sus relaciones posteriores, y otros no.

Rafael y Mercedes, ya unidos en franca bendición de la iglesia católica, bajo una constitución política consagrada al Sagrado Corazón de Jesús, y bastante conservadora, decidieron unir sus vidas, y trasladarse a la zona vallecaucana que conocemos como colonización antioqueña, y “el otro lado de la banda” -tal como se suele llamar en términos de ubicación con los campesinos-, espacio geográfico contrario, que en este caso sería Buga y su zona montañosa. Allí hicieron vida marital, él consagrado a su oficio de carpintero fino que utilizaba las mejores maderas, liberal por convicción, tomador de café, y lector de periódicos; físicamente de perfil bien pronunciado con bigote espeso, ojos azules, estatura media, y con la costumbre diaria de no calzar sus pies. Ella dedicada como buena mujer de la época, a los cuidados de la casa con su aseo, la comida, el cuidado de un jardín, y la cría de unas gallinas; sus facciones de cara delgada, nariz puntiaguda, ojos claros, larga cabellera, y seriedad contante. Juntos compartieron hasta que la sentencia divina obró tal cual como fue escrita, es decir, la muerte los separo. Juntos construyeron una vida en el espacio rural y urbano, el primero con consecuencias que pusieron en peligro sus vidas al verse inmersos en la violencia política y partidista, en momentos donde los “pájaros” enruanados con machete y pistola abordo, buscaban a liberales por orden de las cabezas del partido conservador, y la bendición de uno que otro cura para sanar el país de tanta inmoralidad, circunstancia que puso a la familia a dormir algunas noches en compañía del cafetal. En ese compartir, la pareja tuvo ocho hijos: Saulon, Jaime, Mariela, Fanny –madre de quien escribe-,Fabio Gustavo, Rosalba, Rafael y Mercedes; algunos ya grandecitos y otros en pleno crecimiento, fueron los que se quedaron ese día sábado que los abuelos bajaron al pueblo a retratarse.

Después de realizar las vueltas en el centro, vender el revuelto y las gallinas, cobrar por los muebles encargados, y almorzar en la galería, Mercedes y Rafael pagaron un lugar donde bañar sus cuerpos y cambiar sus ropas para quedar listos y asistir al gabinete fotográfico. Dirigiéndose al centro de la ciudad entraron tal vez a foto Liner, sitio con mayor reconocimiento en asuntos fotográficos, estando allí, tomaron asiento y esperaron su turno de entrada al amplio cuarto decorado con cortinas de diversos colores, luces, trípodes, y una cámara Zeiss Ikon de fuelle antiguo con placa de vidrio, un lente y un filtro; tras de esta, un distinguido caballero de bata blanca que tenia el control de decorar y ubicar a sus distinguidos clientes, en este caso la pareja bien vestida.

Mercedes recogió y dejo partida su cabellera, ubico en sus orejas aretes circulares; su rostro no maquilló y puso en su cuello un hermoso collar que poseía unos tramos más gruesos que otros, de color perla o blanco; su vestido de talle amplio y largo, medio destapado, llegaba al antebrazo en sus mangas, y debajo de sus rodillas, con tela gruesa y delgada que podría a ver sido seda, terciopelo o satín, y de color negro, verde o morado; acondicionó su vestido con enaguas y medias largas; dejo estirada su mano derecha, y con sus dedos sostuvo un bolso señoritero; calzó unas botas de cuero con tacón, brilladas y de cordones, que se cruzaban con su vestido; y así vestida, ubico su mano izquierda sobre las hojas de una planta. Su compañero Rafael tampoco desentonó para la ocasión, organizó su cabello y bigote; puso en su cuello una pañoleta, tal vez de seda y color roja que le llegaba casi al pecho; de fondo, una camisa blanca y sobre ella un saco de paño ajustado de color café; sus pantalones, subidos más allá de su ombligo y de color negro, estaban ajustados con una correa de cuero acomodada hacia el lado izquierdo; sus pies, quedaron sin calzado, costumbre diaria que ni siquiera un retrato con su amada, merecía proteger.

Vestidos y acomodados frente al ojo fotográfico, el hombre de la cámara adorno el espacio con una mata de largos tallos y hojas, y puso a su lado otra de menor tamaño, tal vez convencido de esconder los pies descalzos de su cliente, algo que pobremente hizo. Puestos en su lugar, los flashes de las bombillas hicieron su efecto sobre el punto de foco, Mercedes y Rafael hicieron su mejor postura, abrieron sus ojos y se entregaron a la eternidad a través de esa foto, que en pleno siglo XXI podemos apreciar sus descendientes.


[1]Un relato que mezcla ficción y realidad.
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