30.3.09

Ahora todos somos fotógrafos


Por: Yamid Galindo Cardona

Las cámaras manuales están guardadas en los armarios, por lo menos en aquellos donde llegó la cámara digital y le creo facilidad al ser humano para retratar el presente y volverlo inmediatamente pasado. Otros la guardan celosamente y todavía realizan el arte de establecer una imagen, sin embargo ya trabajan con la digitalización, ya que la realidad los obliga a aprender día a día con las nuevas aplicaciones que el invento entrega, facilidad destinada a los usos diversos que la fotografía.

Otrora el oficio de fotógrafo era de pocos, en algunas poblaciones los profesionales de este oficio tenían gabinetes que adornaban dependiendo el cliente y la ocasión, para dejar en la posteridad las imágenes de una familia, o la misma historia del pueblo con su arquitectura, personajes y acontecimientos sociales, políticos y culturales. Con el trascurrir de los años aparecieron más fotógrafos, los cuales se desplazaron nómadamente por parques, calles, y cualquier sitio donde el acontecimiento fuera digno de retratar, siendo los parques centrales de cada ciudad o los barriales, focos de este oficio; el paseo del domingo estaba ambientado con la vuelta de cada ocho días a ese sitio social, comerse un helado, hablar, retratarse, y despejar el alma para recibir la misa de siete, digno acto para empezar la semana. Cada fotógrafo se distinguía por tener un grueso maletín lleno de fotos sin entregar y cobrar, rollos usados y sin usar, lentes, diversos flashes, y otra cámara por si acaso no funcionaba la preferida de marca Pentax o Nikon, sumaba diariamente a su espalda una masa que seguro con el tiempo se convirtió en joroba; algunos decidieron que el oficio era duro por la competencia y ofrecieron sus servicios a domicilio, adquiriendo nuevos clientes y convirtiéndose en el fotógrafo de cabecera familiar, llegaban y te hacían colocar el mejor vestido, te decían como pararse, ponían tu mano en la cintura y luego gritaban: “di whiskies” para que la boca se transformara en sonrisa y la imagen quedará lista.

Pero había familias que nunca requerían de los servicios de un fotógrafo profesional, ya que en el mismo hogar la afición por las fotos estaba en cabeza de los padres, que tenían una buena cámara y asumían este oficio en cualquier instante, y siempre se mantenían en la medida de los avances de este arte, aquel que explotaban con su propio circulo afectivo en diversos espacios; consumían rollos con mucha afición, algunos para revelar, otros para simplemente quedar allí estancados y guardados celosamente; aprendían inclusive a armar el cuarto oscuro y de estudio para asumir allí otra labor de trabajo artístico, con el tiempo se afiliaron a grupos de fotógrafos aficionados que luego se profesionalizaron, hicieron exposiciones, se pusieron a tono con la tecnología, publicaron catálogos e hicieron viajes.

Luego cambiaron las salas particulares por las casas fotográficas, la tecnología llego, las fotos de carnet salían rápido y algunas con la instantaneidad del caso y el afán del cliente, ofrecieron cámaras más sencillas para el uso general, revelaban tu rollo y te ofrecían otro en contraprestación por preferirlos, te entregaban una bolsa de mediano tamaño con algunos álbumes de uso personal, los negativos y un calendario; sin embargo, a pesar de este servicio, todavía la profesión de fotógrafo se mantenía por la calidad de la foto, el revelado y el papel con las imágenes expuestas.

El avance tecnológico que llegó con la fotografía digital en los años noventa del siglo XX, y se intensifico siete años atrás de este nuevo milenio en nuestro espacio colombiano, hizo que su uso fuera alto, llegando a las esferas de la telefonía celular. Con esta nueva perspectiva, las casas fotográficas volvieron a reinventar su oferta, ya que pocos llegaban con rollos a revelar, labor que justificaba su existencia en el mercado; ofrecen entonces diversas marcas de cámaras digitales, la impresión computarizada del registro con los retoques necesarios si son del caso, y las fotos de carnet ya son todas instantáneas con la acción en algunos casos de tu aceptación, es decir, entras al cubículo, te registran fotográficamente, sales, te muestran la imagen, y tu decides si queda o no. Lo anterior, es un acto constante cada vez que se toma una foto con la cámara digital, regresamos al punto de salida expresado en el foco y la pantalla del ser humano que tiene entre sus manos la cámara, y observamos ese pasado reciente para dar nuestro visto bueno sobre el retrato, poseemos el poder para decidir que eso que ya está, pueda ser borrado y repetido, sueño logrado por un instante que dice mucho de nuestra vanidad. La digitalización de la fotografía ha logrado que seamos parte una red global, por ejemplo, si retratamos “la calle del calvario” en pleno centro de La Candelaria en Bogotá, y la montamos en una cuenta de internet o una red social en la cual nos inscribimos, podríamos enviar esa imagen en instantes a Ushuaia, rapidez que no se tenía antes, y que ha facilitado muchos trabajos que eran demorados, ejemplo más oportuno, un corresponsal de prensa, o para el caso de quien escribe, la investigación histórica.

Ahora todos somos fotógrafos, tenemos a nuestro alcance un sinnúmero de posibilidades para acceder a una cámara digital, con precios y marcas variadas que cada año desarrollan mejor su tecnología. Pero no por tener una cámara digital se hace buena fotografía, su uso también posee una técnica especial que algunos saben aprovechar y otros no; normalmente quien posee el conocimiento de este arte ha pasado por etapas tecnológicas y de sensibilidad, por la afición, porque es su medio de trabajo, o porque simplemente expresa su visión del mundo a través de su encuentro con el espacio y lo que observa detrás del lente. La fotografía refleja vida después de la muerte, es el vehículo de encuentro con el pasado, sin ella, es posible que no hubiéramos conocido nuestra historia particular, local, regional y nacional, con ella, por ejemplo, nos hemos encontrado con las imágenes de ese Buga antiguo y la “Hacienda El Paraíso” tomadas en el siglo XIX por Luciano Rivera y Garrido, o la arquitectura destruida de ese Cali viejo retratado por Alberto Lenis Burckardt, o las prostitutas de Buenaventura tomadas por Fernell Franco, o los disturbios del 9 de abril de 1948 retratados por Manuel Humberto Rodríguez –el mismo que tiene todavía su estudio en una casa estilo republicano en plena carrera séptima de la capital colombiana, y camina todavía las calles para registrar lo cotidiano-, o el doloroso conflicto colombiano contado gráficamente por Jesús Abad Colorado; los ejemplos son innumerables, y cada región aportara a su causa.

La fotografía es un patrimonio humano, es la posibilidad de enfocar el presente para guardarlo en pos del futuro, homenajeando el pasado; las posibilidades de que se extinga son nulas, sobrevive en convivencia con la fuerza de su propia historia, aquella que ponemos en práctica cuando vamos al álbum familiar, o con el uso de aquella cámara manual guardada como pieza de museo, o cada vez que recorremos la ciudad y nos topamos con prenderías que ofrecen cámaras manuales, o ese pulguero que ve como cada domingo un personaje con cara poco fotogénica ofrece sus servicios en la llamada “foto-agüita”.

-El Fotógrafo “de agüita”. Registro del periódico Ciudad Viva, febrero de 2008, Bogotá D.C. Pertenece a Hernán Días, cortesía de Rafael Moure-
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