miércoles, julio 08, 2009

Teatros de barrio, nostalgia hecha poesía


Por: Yamid Galindo Cardona.

Los teatros de barrio se vinieron abajo con los cambios del negocio en la principal empresa de salas cinematográficas del país llamada Cine Colombia, que en mayoría las administraba. Igual había algunos casos donde particulares eran dueños de sus salas, y entraban en el negocio de la exhibición contratando con las casas distribuidoras existentes en el país, y que tenían sus sucursales en las principales capitales, algo que en la actualidad está centralizado como muchas de las instituciones en la ciudad de Bogotá.

Con seguridad los recuerdos de muchas personas, en su asistencia a cine, le rememoran un teatro particular ubicado en su barrio, con función doble, y la posibilidad de seguir allí para repetirlas si era el caso. La cultura cinematográfica de muchas personas fue cimentada en estos espacios, con la niñez y juventud vieron en el séptimo arte la posibilidad de seguir una carrera profesional como directores de cine o académicos investigadores; críticos de lo observado bajo la oscuridad, que reflejaba en un telón imágenes en movimiento, fundaron cineclubes, grupos de estudio, revistas especializadas e hicieron cine.

Circo, variedades, salón, sala, teatro, cinema, fueron algunos de los nombres usados para estos espacios de diversión. La evolución del concepto tuvo cambios con el trasegar de las décadas y los espectáculos a presentar, ya que estos sitios públicos entregaban otro programa representado en el teatro y la música. Igualmente, existía y existe, en los antiguos teatros y actuales, una estratificación acorde al presupuesto económico del espectador; y como en cada acto de diversión, se encuentra el gusto humano por deleitarse con algún alimento que le ayude a sopesar ese tiempo dedicado a observar una obra, acción que también ha cambiado, ya que otrora los vendedores ambulantes eran muchos ofreciendo un sinnúmero de galguerías –como dicen en Bogotá- o mecato –como dicen en Cali- , y el espectador se aperaba para consumir esta compra en las casi cuatro horas de cine, incluyendo los cortos. Teniendo en cuenta que igual se encontraban en los teatros tiendas para ofrecer bebidas, y generalmente lo que conocemos como crispetas o palomitas de maíz; inclusive algunos teatros permitían vendedores mientras se exhibía la película, recordado caso es el del hombre del maní con su frase “maní, maní, saladito, maní”.

En el caso de Cine Colombia, ante muchos factores entre los que se encuentran el económico, de infraestructura, y la seguridad de los asistentes, los teatros de barrio fueron abandonados y puestos en venta, pasando a otra vida de uso que regularmente son la de parqueadero luego de quitar la silletería, o el más común representado en sitio de congregación cristiana. Razón tiene un cinéfilo caleño de tener una cartelera en su espacio de alquiler cinematográfico, donde ubica recortes de prensa que dan fe del cierre de un teatro de cine con un gran titulo: la sociedad de los teatros muertos. Aparecen entonces lo que conocemos como multiplex, un gran espacio que alberga por citar una cifra, diez salas, ubicados en los principales centros comerciales, con parqueaderos vigilados, la oferta hollywoodense del momento, y una que otra cinta europea o latinoamericana; el alto costo de su boleta se queda corto con los precios de su confitería y combos de comida “chatarra”, y puede verse la escena de niños, jóvenes y adultos con sus manos llenas, que pareciese más una visita a comer que a ver cine.

Sin embargo, tenemos algunos teatros que todavía existen a pesar de “no morir en el intento”, con cierta independencia, y regularmente haciendo parte de una institución museística o universitaria, exhibiendo eso que conocemos como “cine arte”, y posibilitando que sus minoritarios clientes traigan algo para distraer su paladar mientras observan el film programado, espacios vigentes por sus ciclos y festivales que los hacen portadores de otro mirar cinematográfico. Quien escribe estas reflexiones, hizo escuela en un teatro de barrio perteneciente a un museo, y en su trasegar asistió en su ciudad natal a los teatros que existían, luego, en su trayecto a Cali, conoció algunos que comenzaban a tener su etapa de descenso hasta ser cerrados, nostalgia de un espacio público, de una arquitectura destruida, del cine visto, y los amigos y familiares con los que se participo de ese instante.


Biblia de pobres, así se llama el libro del poeta colombiano Juan Manuel Roca premiado por la “Casa de América” en España; magistralmente este autor nos delita con un poema dedicado a los teatros de barrio que a continuación comparto:
El hombre del proyector
(Un réquiem por el cine)

En los barrios
el cine nunca fue mudo. En corrillo
el hombre del proyector
contaba películas de Chaplin,
le daba a sus gestos una voz.
Afirmaba que los soldados nunca
vencieron a Jerónimo
y que tras la función de matinée
se levantaban los apaches heridos,
se sacudían el polvo,
montaban sus caballos de viento
y se iban a galopar por la llanura
en la función de vespertina.
No así los blancos, que caían flechados para
siempre
cuando quería meter
su mano vengadora en el guión.
El hombre del proyector
juraba que al cerrar el telón
Billy the Kid seguía entrando y saliendo
en los salones de Texas
hasta hacerse un viejo bonachón
y todos los alguaciles morían abatidos
en un río de hiel.
En la pequeña pantalla de la almohada
Ava Gardner entraba al mar de sus sueños,
la más bella habitante de su piel.
El hombre del proyector
tuvo las manos de Orlac en su bolsillo,
guardó en un desván
el coche que rodó a sobresaltos los peldaños
de una trágica Rusia. Afirmaba que el niño
que iba en ese coche se hizo mayor
y que pudo huir del escorbuto, de la peste y de Stalin.
Hoy fuimos a su funeral.
Enterramos el cine de barrio
y apagamos para siempre el proyector.

En mi sencilla “inspiración no arrebatada”, dedicada a mi primaria poesía, y puesta en un viejo archivo de riesgosa prosa, tengo unas líneas dedicadas a los cines de barrio; siendo respetuoso, y quitándome el sombrero ante el poeta Roca que si conoce bastante del oficio, ofrezco mis líneas con bastante sonrojo y dedicadas a la sucursal del cielo:

Cine de barrio

¿Qué es un cine de barrio?
Era un espacio único en Cali,
convergían públicos variados
reunidos en
matinée, Cine club,
función doble,
besos, caricias,
morbo, silbatina…

¿Cómo se llamaban?
Alameda, Aristí,
Calima, Bolívar,
San Fernando, San Nicolás,
El Cid,
México, Sucre,
Imbanaco, Cinemas…

¿Qué paso con los teatros?
Es un mundo muerto,
echado al olvido.
Solo en la memoria de aquellos
que fueron acérrimos asistentes,
y vieron que bajo la sombra de los múltiplex,
fueron cerrando sus puertas bajo el amparo
de las iglesias cristianas. ¡Aleluya!

La nostalgia posibilita regresar y recordar hechos de un acontecer vivido, en este caso la asistencia al acto sublime de la pantalla gigante; entregándonos diversas reflexiones divulgadas en investigaciones, documentales, y en poquísimos casos, restauraciones arquitectónicas; esas reflexiones son las posibilidades que tenemos para sostener en la memoria colectiva e individual, un espacio público que hizo parte de muchas sociabilidades enmarcadas en la cotidianidad, y bajo un arte que nos presenta amores, pasiones, odios, alegrías, tristezas y esperanzas, en resumen la vida.

-Imagen de la cinemateca de Univalle, fuente: http://cali.vive.in/cine/cali/salasdecine
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