9.4.10

Intimidad Caicediana -1era. Parte-

Por: Yamid Galindo Cardona.

La primera vez que me acerqué a la intimidad de Andrés Caicedo fue cuando encontré los archivos abandonados del Cine club de Cali, claro está que unos años atrás con la lectura de sus obras, ya había tenido una breve introducción. Luego en el año 2002 -dudo de la fecha- la Biblioteca Departamental en la ciudad de Cali, realizó una exposición con los objetos más preciados de nuestro autor: su maquina de escribir, sus libros, algunas cartas, artículos publicados en la prensa nacional, la revista Ojo al Cine, boletines del Cine club, entre otros que la memoria no recuerda; algo así como la propiedad intelectual de Caicedo que la familia había guardado celosamente, aquella que unos años más adelante dieran a la Biblioteca Luís Ángel Arango –blaa-, en resumen, la desclasificación de la vida privada de Andrés para los interesados en su existencia y obra.

Los años 2007 y 2008 fueron bautizados por quien escribe como los años Caicedianos, precisamente se cumplían 30 años de su desaparición, y aparecían durante sus meses tres libros y dos cuadernos dedicados a su intimidad, aquella que morbosamente esculcamos para saber más de su vida y que públicamente se nos presenta en ediciones al alcance de todos. Precisamente, el objetivo de la presente edición de Historias en Cine-y-Filo, es reseñar cada una de las obras editadas, una guía para los interesados en el “angelito empantanado”, esperando quede el interés y las ganas de conseguir los textos para una mejor comprensión, los cuales están al alcance en bibliotecas públicas y librerías –como dice la publicidad- de su confianza.

Andrés Caicedo
El Cuento de mi vida
Editorial norma, marzo 2007.
Colombia.
120 Págs.

La presentación de este libro estuvo a cargo de María Victoria Caicedo Estela, quien en uno de sus párrafos nos dice que algunas piezas pertenecientes a Andrés –sus diarios- fueron rescatados de la casa de sus padres para que estos no las leyeran, guardadas celosamente hasta que fueron entregadas a la blaa, se trataba de cuatro cuadernos argollados escritos a puño y letra de Caicedo, de donde salió la edición de este documento autobiográfico y epistolar, al agregarse dos cartas dirigidas a Miguel Marías y Patricia Restrepo escritas el 4 de marzo 1977, precisamente el día de su deceso.

La primera parte titulada Remontando el Río, es un texto escrito en junio del año 1976 mientras A.C permanecía en la clínica de reposo Santo Tomás de Bogotá donde permaneció 39 días luego de su primer intento de suicidio. Encontramos entonces un documento que narra los primeros años de su vida, de la relación con sus padres, su recorrido escolar en Cali y Medellín, además de una serie de anécdotas de niñez, juventud y adultez, recreando tristezas, dificultades y logros, donde el amor, las drogas, el cine y la literatura tiene cabida; culminando con los deseos de seguir adelante con su proceso de escritura y dirección con la revista Ojo al Cine, además de otros proyectos a realizar:

…Ahora, pasado ya un mes de estar en esta clínica tengo planes urgentes para el futuro inmediato; sacar un número cinco de Ojo al Cine que sea mejor que los anteriores, gestionar la publicación de mi novela ¡Que viva la música! con las dos editoriales que me la han comprado y arreglar la publicación de un libro de cuento con Eduardo Agudelo, el dueño de la editorial que me saca la revista; asimismo, comenzar dándole forma al libro que tengo planeado sobre los Rolling Stones, entroncándolo con el relativo fracaso de mi generación. Yo siempre estuve muy influenciado por la música de los Stones y por su postura lumpesca ante la vida, aunque estuvieran disfrutando del puesto No. 1 en la industria (que hoy está en plena decadencia artística) del Rock’n Roll. Ya creo haber salido de ese estado de confusión en el que no recordaba los sueños, en el que perdía un bolígrafo todos los días y no terminaba ningún trabajo ni la lectura de ningún libro y para todos era una intolerancia que me estaba haciendo enemigos de todos los que eran amigos míos. Quiero escribir un ensayo que, ante la decadencia del cine mundial ligado a la super-perfección técnica, se llame “Por un cine imperfecto”, parafraseando un artículo del cubano Julio García Espinosa, y análisis de los films que más admiro: Persona de Ingmar Bergman, Psicosis de Alfred Hitchcock y Lilith de Robert Rossen. Así es. Ha podido ser mejor, pero que le vamos hacer (pg. 32-33).

Complementa este relato dos imágenes, la factura de admisión de A.C a la clínica; y una carta “suplicante” dirigida a sus papás con fecha 1 de julio 1976 escrita desde el sanatorio capitalino.

La segunda parte se titula Silvia, escrito por A.C a finales del año 1974. Esta población del Departamento del Cauca, llena de montañas y de indígenas Guambianos, era el sitio que la familia Caicedo Estela escogía para descansar en sus vacaciones de verano, igualmente significó el espacio donde A.C escribió su obra ¡Que Viva la Música! El relato que encontramos esta cargado de descripciones del sitio recorrido por este, en muchos casos bajo las torcis –palabra utilizada por A.C para referirse a los efectos de las drogas químicas o naturales- que pareciese crean cierta ansiedad moral que lo lleva y trae en su relato; igual que la primera parte, esta lleno de anecdotarios que involucran a otras personas, teniendo como particularidad narrativa una descripción detallada de lo que hace en el paisaje que visita y observa, más lo que le gusta:

…Lo que más me gusta, más que subir loma o saltar tapia, es leer en voz alta. Es una opresión blanca en el corazón. Un partirse en dos total: preocupación angustiosa por la opinión que se están haciendo los oyentes de aquel que al leer se está exponiendo. De allí, desconcentración paulatina de la lectura. Mi yo se esta quemando en aquellos que no veo, pues tengo los ojos fijos y abarcando sólo los caracteres impresos. Se me hace, entonces, que el que esta hablando es sólo un cascaron, una conciencia desconocida. Pero viene, repentino, el momento en que sabes complacidos a los escuchas con la intensa satisfacción nerviosa que me produce el tacto, y dura lo que una descripción corta: ante una porción de dialogo me pregunto si no habrá inconveniente en adaptar una voz de personaje para cada uno de los hablantes (pg. 44).

Las dos últimas páginas de este documento traen la indecisión de A.C sobre la posibilidad de unir todos su relatos en un solo libro, exceptuando El Tiempo de la Ciénaga; se trataba de su obras Angelita y Miguel Ángel, El Atravesado y ¡Que Viva la Música!, textos que obviamente pertenecen, si se leen con cuidado, a una misma unidad narrativa que involucra personajes y el espacio urbano de la ciudad de Cali. Las imágenes retratadas de esta sección son dos hojas de cuaderno -una línea corriente y otra cuadriculada- correspondiente a “pendientes” y apartes de su obra cumbre.

El año 1974 fue especial en la vida de A.C porque viaja los E.U en “busca de la fortuna” de lograr vender uno de sus guiones, siendo el periodo donde más observó cine, anotando sus comentarios y críticas en un cuaderno que se me antoja le servía de referencia para complementar sus escritos de crítico cinematográfico en los periódicos nacionales y su revista Ojo al Cine, algo así como el diario de un cinéfilo, complemento del listado de filmes vistos que ya llevaba registrados para su colección. Justamente, la tercera parte de este libro titulada De película por los Ángeles, corresponde a su estancia en el país del norte. Las memorias que aquí nos entrega A.C, en sus primeras páginas, explican lo que él ha sido bajo el afecto de su madre, y algunos asuntos suscitados con su padre a propósito de sus escritos, dejando notar cierto resentimiento que pasa a lo que piensa sobre su posición como empleado perteneciente a la clase media, que trabaja para ricos. También indica la indecisión para seguir adelante con el proyecto de vender sus guiones, su necesidad de regresar a Cali, y su decepción de no lograr su objetivo; enredando sus comentarios con apuntes musicales y algunas referencias cinematográficas:

…Llegaré sin nada de dinero, sin casa, a seguir viviendo con mis padres, que ya no me interesan en su comportamiento, y altercar con la gente de Ciudad Solar, a la que he sentido, en pensamientos horrorosos, como una presión contraria que no me deja escribir, cuando no puedo. Veré a Alfonso, eso sí. No le he escrito. Le habría escrito si hubiera tenido éxito. Que palabra tan mierda esta. No es eso lo que quiero decir. Tal vez aún tenga tiempo de escribirle. Tengo que escribirle a Luz Ángela también. ¿Qué hacer para comenzar algo nuevo, formar una sala propia, por ejemplo, si no tengo un centavo? ¿Entraría a la universidad, tal vez? No. Escribiría de tiempo completo. Terminaría una novela y la pondría concursar, con las señoras de Vivencias, tal vez, aunque no ganaría premio. Escribiría, sí, escribiría en mi cuarto, que no me deja ningún buen recuerdo… pero entonces ¿cómo he hecho para escribir todos estos años precisamente en ese cuarto, ese cuarto que no me gusta ahora, que me confunde y me da sueño? Haría el mismo esfuerzo y escribiría, interrumpido sólo por las horas de comida. Me llevaría bien con mis padres, hasta que al mes, a los dos meses, comiencen los primeros roces de diferencias. No lo sé. He puesto el radio y suena “Sympathy for the Devil”, una canción que me ayuda. Y ¿cómo pensar en sacar por ejemplo un apartamento, ahora que mis entradas en el cine club se han reducido del 70 al 25 por ciento? (pg. 60-61).

La cuarta parte titulada La Recta Final, es un documento escrito el día domingo bajo la sombra del Cali caluroso en el barrio San Antonio, en una casa arrendada y compartida donde A.C parecía encontrar cierta independencia para su trabajo en la agencia de publicidad, rumbas, amigos y torcis; es un “reguero de tinta” publicado bastante existencialista y triste que involucra la familia, amigos, la ciudad, y su decadencia como hombre que busca en el presente y futuro lo mejor para sobrevivir:

…¿Hacer un laboratorio de mi mismo? Esto era lo que pensaba una mañana, hace mucho tiempo, yendo a comprar papel, de mi casa al supermercado Roherma, en la Flora. Es decir, utilizar todo, las caídas y los éxitos, para iniciar una especie de estudio de la volubilidad humana. Pensé también: “Tenerme como exponente único. Las relaciones de mi ser con la naturaleza”. ¿Hice eso? Creo que me propuse como condición mínima guardar objetividad. Sí, guardar cordura y aislamiento para poder medir las curvas de mi gozo o de mi sufrimiento. Para poder llevar a cabo eso, ordenar y embellecer cada una de las observaciones sobre mi naturaleza, he debido guardar soledad completa, no aceptar invitaciones, rechazar visitas. Por eso no lo pude. Raro que hoy haya pensado en eso (pg. 88-89).

El Último Capítulo reproduce dos cartas escritas el 4 de marzo de 1977. La primera, dirigida al español Miguel Marías, colaborador de la revista Ojo al Cine, en respuesta a una que le había llegado el mismo día, una carta “urgente” con referencias literarias y cinematográficas, estas últimas con el concepto calificador numeral que le daba A.C de 1 a 5. La segunda, tiene como destinataria a su compañera Patricia Restrepo, llena de suplicas amorosas, arrepentimientos y posibilidades con referencias muy intimas que involucran nuevamente a sus amigos, su madre, y claro está, su Patricita. Igual que las anteriores partes, trae las imágenes impresas –minúsculamente- de las cartas originales.

Las páginas finales de El Cuento de mi Vida, expone las fotos familiares de su niñez junto a sus padres y hermanas en diversos momentos; una foto mientras escribía en la sede de Ciudad Solar, otra junto a Patricia Restrepo una semana antes de su muerte en Silvia; una serie de fotos de su malograda película Angelita y Migué Ángel, además de la clásica colección que Eduardo Carvajal dejará para la eterna juventud de este autor.

Cuadernos de Cine Colombiano
Andrés Caicedo, cartas de un cinéfilo
–dos volumencitos-
Secretaria de Cultura de Bogotá
Cinemateca Distrital
2007, 56 págs.

La selección, presentación y notas, estuvieron a cargo del cineasta caleño Luís Ospina. Pertenecen estos cuadernos al género epistolar, ya tratado en otros autores de importancia mundial que posibilita entrar en otros aspectos vivenciales; como dice su titulo, con referencias al cine escritas por un afectado de esa extraña enfermedad llamada cinesífilis. Divididos en dos tomos, uno data de 1971 -1973 y el otro 1974-1976. En su presentación, L.O afirma que en la recopilación de la obra de Andrés Caicedo, junto a Sandro Romero, encontraron un legajador con el título “DE MI AL CINE” que contenía en orden cronológico las copias al carbón de las cartas enviada a sus pares cinéfilos y amigos, lo que posibilitó una organización editada para los interesados en la vida de este caleño universal:

…Gracias a esa precaución anticipatoria de Andrés –siempre preocupado por el destino post-mortem de sus escritos-, es que podemos leerlas hoy. Las cartas, con su tono desgarrador y de atroz introspección, dan cuenta de su pasión por el cinematógrafo. Ahí están consignadas todas las facetas de su cinefilia: programador entusiasta de un cine club, gestor infatigable de una revista, desencantado crítico de cine para los diarios locales, director de cine angustiado, guionista frustrado y espectador aguzado. Paralelamente durante los años que comprende esta correspondencia (1971-1976) Andrés estaba trabajando en su novela ¡Qué Viva la Música!, cuyo primer ejemplar recibió el mismo día de su suicidio. Andrés era un gran escritor de cartas aún cuando no estaba lejos. No era raro que, estando uno en la misma ciudad, después de dar muchos rodeos, le dijera a uno con su tartamudez característico: “Sa-sa-bés qué viejo Luís: me-me mejor te escribo”. Y dicho y hecho, al día siguiente, por un medio o por otro, llegaba a manos de uno una larga carta mecanografiada diciendo todo lo que él no había podido decir en persona. Tal era su dificultad par comunicarse con los demás (Ospina, págs. 2-3).

Primer cuaderno: 1971-1973
La caratula, fiel a los Cuadernos de Cine Colombiano, esta a blanco y negro con una imagen medio borrosa de Andrés Caicedo sentado y escribiendo en uno de los cuartos de Ciudad Solar. Contiene 16 cartas dirigidas a Luís Ospina, Carlos Mayolo, Ramiro Arbeláez, Isaac león Frías, Miguel González, Juan M. Bullita y Ramón Font, escritas desde Cali, Houston y Los Ángeles. Estos documentos muestran la sapiencia cinematográfica y literaria de A.C, con glosas que apuntan temas diversos llenos de amistad, y reflexiones íntimas. También en la búsqueda de ubicar y vender sus guiones en el país del norte, sus críticas de cine a revistas y periódicos, referencias al Cine club de Cali y la revista peruana Hablemos de Cine; para los lectores presento a continuación un extracto de la carta dirigida a R.A desde Houston con fecha de junio 9 de 1973.

…Ahora que te empiezo a escribir esta carta vos debes estar ya en el san Fernando o esperando a que te entreguen el material. […] El Extranjero es la película de Visconti que menos me gusta, pero el ciclo de junio me parece buenísimo, vas a ver que tiene gran aceptación. Luís me envió los materiales con las críticas a La década prodigiosa y a Los amantes. Te felicito por tu labor, me gusto mucho la crítica a La década prodigiosa; la de Los amantes también, incluso me parece más clara que la de La década, pero es que no he visto la película. Yo coincido con la introducción al film que vos hacés, es decir, la narración se hace en base a una investigación por la verdad, precisándose de un personaje no necesariamente comprometido con los datos de la mentira (porque el film es una gran mentira divina), para que, más o menos alejado y sereno, indague y esclarezca. La otra conciencia pensante es el espectador; no tan hábil e inteligente como Paul Jansen, pero imprescindible par la misma construcción del film. En la última Hablemos de Cine (que parece que se demora) podas leer la crítica mía a La década. Ya verás que coincidimos en mucho. ¿La película gusto a la gente del Cine Club? ¿Y Rebelde sin causa? ¿Qué tal entrada tuvieron, teniendo en cuenta que era repetición? (pg. 28).

Segundo cuaderno: 1974-1976
La maquina Remington de A.C, testigo de las huellas de sus dedos, y de muchas de las cartas escritas, aparece en la portada de este segundo cuaderno. Nos entrega 29 cartas dirigidas a Miguel Marías, Hernando Salcedo Silva, Carlos Mayolo, Ramón Font, José María Arzuaga, Jorge Silva y Marta Rodríguez, Juan M. Bullita, Luís Ospina, Orlando Mora, Jaime Manrique Ardila e Isaac León Frías, escritas desde Cali y Bogotá. Como se puede observar, la planilla es amplia, y como receptores a personajes reconocidos de nuestra historia del cine, con innumerables referencias –nuevamente- al cine visto y no visto, apuntes importantes sobre la publicación que él dirigía llamada Ojo al Cine, con visos íntimos y existencialistas en algunos documentos. El ejemplo a presentar es una carta enviada a Miguel Marías:

Bogotá, octubre 5 o 6 o 7, 1975 no lo sé; y en maquina de escribir añeja, desconocida y prestada, te escribo:
…En general me resulta una lata la colaboración en diarios amarillos, cosa que vengo sufriendo desde hace muchos años: mutilación, inclusión en desorden, vetos, “correcciones en bien del lenguaje”, etc., lo que me decide a no colaborar más para ese tipo de publicaciones, lo que por otra parte me trae problemas, pues es hasta ahora la única forma de subsistir económicamente. Ya veremos cómo sale lo de El Padrino. De integrar un grupo NADA que se esta formando, los primeros que caerían serían los jefes de los “suplementos dominicales” (con ellos he sostenido siempre la misma pugna que sostuvo Poe), hoy caso todos alineados en las garras tenebrosas garras del PC, así que ni para que te los pinto: bigotico y peinado a lo Mandrake, intransigencia, actitud en contra de los jóvenes, reclamos de calidad” en la redacción, desconocimiento total de los camp, de lo cursi y de las series “B” (además de un desconocimiento del cine en general) y fijaciones puritana en cuanto a “la fuerza de trabajo”: 14 horas/diarias, aunque de eso no salga ni una sola línea buena. Únele a eso el mal genio (enfermedad que no he padecido nunca, ni eso ni el tabaco), atisbos de nuevo rico y de “inteligencia” estabilizad para que puedas tener un panorama de mis pugnas, desiguales en todo caso. Yo me cago en ellos y algún día llevarán del bulto […] (pg. 29).

Los dos “volumencitos” traen una excelente edición de los documentos, además de una completísima galería de imágenes correspondientes a las personas referenciadas en las cartas, algunas fotos de películas que se citan, aparte de la memoria del Cine club de Cali a través de muchos elementos que involucran su cotidianidad en el Teatro San Fernando.

Pareciera que el descanso eterno de A.C fuera interrumpido cada vez que sale a la luz pública novedades de su vida, para algunos es el aprovechamiento editorial y económico que vende, y del cual familiares y amigos se ven beneficiados para seguir exprimiendo sus escasos 25 años de producción intelectual; para otros, es la oportunidad de conocer más de su vida para cotejar con lo que se conoce desde la década de los setentas del Siglo XX, algo que aporta a ese “morbo” especial que los seres humanos tenemos por saber más y más de aquellos que aportaron a la cultura popular de un país, en este caso desde una ciudad que se atraviesa en muchos de sus escritos, y que podemos analizar bajo otros puntos de análisis.
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