1.7.10

Un hombre espectáculo-adicto


Por: Yamid Galindo Cardona.

Tuve la fortuna de tener como compañero de trabajo al curador y crítico de arte Miguel González en el Museo La Tertulia de Cali, en años donde su actividad era intensa y bien aprovechada dentro de la institución. Recuerdo con agrado sus charlas en las “horas pico” y en la oficina de la secretaria del museo –la misma que le entiende sus garabatos para transcribirlos-, donde él sentado, parado o caminando con sus gesticulaciones características, detallaba sus anécdotas en las bienales de arte, festivales de opera o simplemente cualquier acto del medio artístico local, siempre con el ají y sarcasmo particular que lo hace único, tal cual como entrega su conocimiento cuando de hablar de la historia del arte se trata ante un auditorio.

Mi primer contacto con Miguel se hizo con la corrección que él me hizo en las formas como ubicaba los afiches de cine en la puerta de entrada de la Cinemateca, sobre la necesidad de dejar ciertos espacios que confluyeran con la estética del espacio de entrada a la sala, además de advertirme sobre que publicidad podía ubicar bajo una selección particular que exclusivamente fuera sobre actividades culturales. Luego, en una forma enérgica, me ayudo a solucionar un inconveniente con par de asistentes que tercamente insistían en quedarse para la segunda función de una película en uno de los ciclos de eurocine, ellos un poco contrariados ante la retahíla de palabras de nuestro personaje en un decibel alto, decidieron hacer caso y entendieron con justeza el mensaje, hasta el punto que no los volví a ver, y asegurando en su huída, que se quejarían ante la directora. Miguel igualmente sirvió como fuente oral en mi investigación sobre el Cine Club de Cali, y su participación a través de Ciudad Solar, donde empezó su actividad como curador y crítico de arte, su información me ayudo a comprender el enlace entre estas dos generadoras de cultura, uniones posibles en las actividades paralelas como fue el Cine Subterráneo y las simpatías entre Miguel, Hernando Guerrero y Andrés Caicedo en los setentas del siglo XX. Igualmente visite su museo personal en el apartamento céntrico que tiene, justo al frente de la casona que sirvió de sede a Ciudad Solar, cruzando palabras sobre mis proyectos y escuchándolo atentamente a propósito de su vida en la “sucursal del cielo” a través de su apariciones en el arte plástico y cinematográfico, tan importante son sus objetos, que lugar a dudas le dio un espacio para que expusiera lo más preciado de su colección. También con agrado recuerdo sus apariciones en los montajes de las exposiciones, siempre con “ojo de águila” para organizar en las salas del museo las obras del artista de “su turno”, y digo lo anterior, porque él elegía y disponía –o tal vez todavía lo hace- sobre quien debía tener un espacio en el medio de las artes plásticas en la ciudad de Cali. Luego, en la inauguración de la exposición, observaba su recorrido particular para ver los asistentes, acercárseles y decirles algo al oído que despertaba en estos una sonrisa, buscando entre el conglomerado sus estudiantes nuevos y viejos para indicarles algún asunto de su curaduría, esperando ansioso la aparición del fotógrafo del periódico local para la foto pertinente con el artista, las ejemplares directoras, y uno que otro colado.

En una conferencia sobre las vanguardias artísticas de finales del siglo XIX y principios del XX, que dictaba Miguel en un auditorio de la ciudad, escuche a dos asistentes criticar al expositor porque no tenía una investigación apropiada sobre la historia del arte en Colombia, agregando que simplemente era un contador acertado que llenaba su discurso de anécdotas personales de los artistas que rayaba en el chisme; y resulta que Miguel no necesito de un mamotreto para explicar nuestra historia del arte, ya que él traía desde los años setentas una actividad agitada como escritor y crítico de nuestras tendencias artísticas y de sus artistas, llegando al ámbito latinoamericano y universal a través de folletos, catálogos, reseñas de prensa y recopilaciones, allí está su labor intelectual como crítico y curador. Y por fortuna desde el año 2002, se le ocurrió organizar estos documentos con los siguientes títulos, además de otros textos que no presentaré:

-Colombia, Visiones y Miradas -2002-.
-Entrevistas, Arte y Cultura Latinoamericana -2003-
-Apuntes para una Historia del Arte en el Valle del Cauca durante el Siglo XX -2005-
-Latinoamérica, Visiones y Miradas -2005-
-Extranjeros Cercanos: Arte, Historia y Moda -2006-
-Cali: Visiones y Miradas -2008-
-Miguel González, Observado e Interrogado -2010-

Precisamente este último libro salió publicado en el mes de marzo del año en curso, con la particularidad de tener diversas opiniones de personas que lo han conocido o por el contrario lo han entrevistado desde los años maravillosos de la década del setenta del S. XX hasta nuestros días, lo que correspondería a cuarenta años de actividad en el medio de las artes plásticas del país: “En este volumen se reúnen entrevistas, artículos, cartas y opiniones que han producido artistas, escritores, críticos, poetas y periodistas, en torno a mi labor, y a mi vida pública y privada…, los textos se han ordenado cronológicamente, de los últimos a los iniciales. A través de declaraciones y opiniones se puede ir trazando un sendero biográfico que aunque no es lineal, ofrece datos para ir armando la trayectoria de una experiencia” (González Miguel, pg. 8). Desde el primer documento escrito por Sandro Romero Rey en el 2009, hasta el último, escrito por José Pardo Llada en 1970, el libro contiene 27 reseñas que hablan sobre la figura de este hombre espectáculo adicto, tal cual como él dice que es en una entrevista entregada a Carolina Quevedo Castro para el periódico Cali Cultural: “Cuando uno tiene un solo mundo que es el del arte y la creación, al dormir, soñar o descansar está trabajando. Descansar no es irme a una playa a no hacer nada. Eso es como estar muerto. No quiero jubilarme nunca. Quiero morirme dictando una clase, sentado presenciando un concierto o montado en un avión. El mundo de la cultura es mi mundo, mi aliciente, mi narcótico y no he encontrado nada mejor. Sigo siendo espectáculo-adicto” (pg.21).

Recomiendo leer este libro de atrás hacia adelante, porque se puede identificar con mayor claridad la trayectoria de Miguel González, agregando que posee una galería fotográfica muy interesante al lado de personajes del medio artístico local, nacional e internacional. Miguel González observado e interrogado por diversas personas que no son ajenas al objeto de su estudio, se convierte en un agradable documento de 191 páginas, mostrándonos al humano, maestro y amigo que es este hombre artísticamente in-correcto.

Anexo
De Maritza Uribe de Urdinola
No, mi querido Miguel González, no voy a contestar tu reportaje, que viajó conmigo hasta la Isla, se lo tragó el mar y tú insististe en revivirlo. No solamente porque está plagado de aburridoras cascaritas, sino porque soy alérgica a este tipo de “promociones”.
¿Qué podría yo contestarte cuando a estas horas de la vida tú me estás preguntando para qué sirve el arte en una sociedad donde se da la lucha de clases? La de cajón, como por ejemplo, que “no sólo de pan vive el hombre”, luego de adornarla con un lenguaje que aburre a todo el mundo y que casi nadie se toma la molestia de entender. O responderte, como querrían algunos, que mejor hubiera sido que estos veinte años perdidos los hubiera pasado con la Alegría de leer en la mano.
En cuanto aquello que tú sostienes de que el artista es un ser incomprendido y desclasado, siento tener que pasarles la pelota a los aludidos, porque mi papel es el de exhibir sus trabajos y los respeto lo suficiente como para no tratar de adentrarme en sus propios “egos” como sería interrogarlos hasta qué punto se sienten aislados, o en qué sitio o lugar estarían acompañados. Y que sean también los maestros –Negret, Botero, Obregón, Villamizar, Grau, y Rayo- quienes te respondan por qué no hacen arte político en lugar de seguir el ejemplo de García Márquez sin otra “alternativa”.
Luego con gran ingenuidad –diría yo- te lanzas a investigar sobre qué pienso de los gobiernos militares en América Latina, o al revés, qué pienso de Cuba en relación con el arte. Esto te pasa por no leer dos columnitas semanales que mantengo en el mismo espacio en el cual te estoy escribiendo y donde he dicho más de una impertinencia al respecto. Otra de tus más lindas preguntas es aquella de qué medidas le propondría al Gobierno para fomentar la cultura en un país como el nuestro. Creo que te equivocaste de persona porque eso habría que preguntárselo más bien a la directora e Colcultura quien tiene en sus manos tamaño compromiso. Yo, desde mi posición de espectadora, te diría que ninguna. Primero, porque el Gobierno no estaría interesado en conocer mis opiniones. Segundo, porque la cultura, así como tú te la imaginas, es algo tan monumental que creo que el gobierno colombiano, ni este ni el otro, puede con ella.
Entonces, para qué nos ponemos tú y yo a elaborar pretenciosos reportajes, cuando de darle y darle solamente nos ganaremos un dolor de cabeza. Creo, Miguelito, que el más sabio consejo y la única respuesta que puedo darte es que abandones tu papel de Mafalda, porque Quino lo hace mucho mejor.

Diario El Pueblo, Cali, 1975
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