sábado, abril 30, 2011

Un espacio bélico con historias de vida similares: A propósito de las obras fílmicas de Clint Eastwood, Banderas de Nuestros Padres y Cartas desde Iwo Jima

Los filmes de Clint Eastwood recrean un acontecimiento bélico enmarcado en la Segunda Guerra Mundial bajo dos frentes en disputa. La isla de Iwo Jima en el pacifico japonés es el motivo por el cual unos –los marines norteamericanos- buscan ocupar para instalar su base a pocos kilómetros de Tokio; y otros –los honorables soldados japoneses- defienden bajo la premisa de salvaguardar la defensa de su nación bajo el sol de un emperador que los empuja bajo los preceptos de honor y patria, que resultan en fracaso y muerte. Lo anterior, no tan alejado del lado estadounidense, donde una bandera izada en medio de una “isla muerta” representa el símbolo de una nación para ganar la guerra e involucrar económicamente a otros actores por medio de sus recursos para soportar el conflicto. La guerra con su injusticia, su falta de valores humanos, y exacerbado patriotismo, no distingue y clasifica opositores, es el plus con el cual esos jóvenes guerreros –de una guerra que no es suya, sino de sus gobernantes- se nutren para soportar el miedo, la angustia y la muerte, ante lo que leen, observan y escuchan en sus entornos.

Asimilando el análisis iconográfico de Panofsky con respecto a la explicación de las imágenes que nos presentan las dos cintas en un contexto determinado, y con la obviedad de un mensaje interesado por parte de su director, ubicado en el aniversario número cincuenta de la culminación del conflicto bélico que nos narra, está se encuentra mediada por una serie de hechos simbólicos que nos llevan a ubicar la obra con nuestro presente. Las dos obras corresponden al género cinematográfico bélico, mostrándonos todas las herramientas estilísticas que este tipo de cine expone: narraciones en off, flash-back constantes, efectos especiales que muestran la crudeza de la guerra, las relaciones humanas entre la vida y la muerte, y finalmente el eje de las miradas de los vencidos y los derrotados, dos características fuertemente marcadas en las películas de Eastwood. También podrían encasillarse como de reconstrucción y crítica histórica, aclarando que en las dos, la ficción tiene un espacio que se debe a las intenciones de producción y efecto, tanto en el mercado al cual están dirigidas, como a los espectadores que se inmiscuyen bajo las mediaciones y afectos que traen y resultan. Los elementos más representativos de estas obras están inicialmente en el espacio geográfico donde se desarrollan las situaciones del conflicto; luego, en las numerosas vidas de seres humanos envueltos en las más sencillas pasiones humanas identificadas en el apego a la vida, el amor familiar, el honor por el país que luchan, además de dos rasgos que se atraviesan constantemente en las obras, la búsqueda del héroe como sinónimo de ejemplo nacional, y la defensa de una patria que los glorifica constantemente, siempre bajo los efectos y contextos de dos naciones que se diferencian en las formas de afrontar esa lucha.

Dos elementos de elevada importancia, y que son reflejo del tipo de historia narrada, son la imagen de la bandera de Estados Unidos en el pedestal de una victoria a medias, la cual es usada mediáticamente para recoger fondos económicos, seguir soportando la guerra, y elevar el nacionalismo norteamericano; en el frente contrario, las cartas constantes que escriben algunos soldados y oficiales japoneses en el campo de guerra -a pocos metros de esa bandera izada- de una isla que protegen, significan la soledad a la que están destinados sin ayuda de su estado mayor, y sólo, bajo la memoria familiar y afectiva plasmada en un papel, parecen enaltecer los criterios del valor, y la necesidad de resguardar ese último bastión del imperio al que se inscriben. En conclusión, esos dos elementos representados en la bandera nacionalista y la carta de la memoria individual que involucra un colectivo, nos ubica en un presente donde estas dos formas de abrazar un estado y la familia, hacen parte de la necesidad de preservar un establecimiento, en este caso, un país empecinado a fortalecerse en el mapa mundial, y unos hombres que soportan su soledad bajo las memorias de “una sin salida” que involucra sus círculos afectivos.

Clint Eastwood entrega dos obras desgarradoras desde el punto de vista de los hombres que interactúan en una guerra, no es una coincidencia que hayan aparecido precisamente al recordar cincuenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, por lo tanto operan como una crítica a la irracionalidad de la solución por vía armada de las discrepancias acaecidas por el control de un territorio, y las ansias de posicionamientos geopolíticos que dieron cierta ventaja en la postguerra. Su importancia en la actualidad está mediada por lo que conocemos en cuanto a vencedores y vencidos, en una larga lista de hechos que son tema constante en diversas obras, desde las Ciencias Sociales hasta las manifestaciones artísticas, donde el cine particularmente ha sido un firme recreador. Los oprobios del conflicto son reprochables en uno y otro, una visión que explota el director sin encasillarse en un bando, punto a favor de las películas que hace posible una identificación objetiva del tema tratado, sin vanagloriar esa “bandera de los padres” colocada en la punta de una montaña rocosa por soldados avalentonados que nos puede llegar como “un helado con crema de fresa derretida”, en escultura o puesta en la escena de un circo deportivo. En el caso japonés encontramos en el símbolo de las cartas una posición de honor que permea a esos hombres, donde pareciese que estuvieran tocados por la capacidad de sobrevivir al enfrentar la muerte estoicamente, pero que al pasar de los minutos encontramos tan natural bajo los aspectos más comunes representados en el miedo, la desconfianza, la alegría, el hambre, la sed, la enfermedad, etc., acciones tan mundanas que posibilitan encontrarnos e identificarnos con los personajes.

Partiendo del análisis de Jung sobre los arquetipos, identificamos algunos casos constantes que se ejemplifican en las historias narradas, permeando las sociedades que en este caso se encuentran en conflicto. Primero, el arquetipo de la bandera como sinónimo de unidad que involucra el inconsciente colectivo de la sociedad norteamericana, símbolo patriótico que se nos ejemplifica en la película y en cada una de las escenas donde es usada, como el trono sagrado donde los valores más marcados de los objetivos del estado en pro de ganar el conflicto, se ejemplifican por los honores que se le brindan. Igual acontece con la bandera japonesa, la cual debe ser izada fervientemente por los pobladores en detrimento de ser sancionados por no hacerlo, ya que simboliza una constante pleitesía al imperio y el apoyo incondicional a aquellos que los representan en el frente de batalla. Segundo, el arquetipo del héroe que lucha sin esperar nada a cambio, solo por el honor de su patria, es uno de los ejes transversales más significativos en el guión de las dos versiones, en el caso norteamericano menos sobresaliente que el japonés, inclusive con visos de crítica ante aquellos que verdaderamente lo han sido por quedarse en el terreno de la contienda y por morir allí, síntoma expresado por uno de los soldados de la pantomima gubernamental expresada en la foto de la bandera ubicada en Iwo Jima por parte de los soldados norteamericanos; o en el caso del soldado japonés que se aleja de la honorabilidad del suicidio ejecutado por sus compañeros de compañía, para buscar sobrevivir al conflicto. Tercero, el arquetipo de la patria, un estado de ánimo que es notorio en los discursos dirigidos a los soldados por parte de sus oficiales para enfrentar la contienda en el terreno del espacio geográfico que quieren ganar por un lado y preservar por otro; en las diversas cartas que escriben para soportar los días, que si bien en algunos casos no son explicitas en cuanto a la mención del concepto, indirectamente la asumen en el ejercicio de la actividad que desarrollan en camino de la muerte. Cuarto, el arquetipo de la muerte, asumida de diversas formas en los mensajes a los que son sujetos los soldados: en lo que oyen, leen u observan en algunas imágenes, como la foto donde decapitan un soldado a manos de un oficial japonés, trayendo en el grupo de soldados norteamericanos que la observan cierto silencio sepulcral que pareciera su propia muerte, y que más adelante ya en el frente de batalla, aquel soldado que sacó la foto, mira como un compañero “pierde la cabeza” ante el estallido de una bomba; pero en el bando contrario la práctica se nos expone dos veces, primero cuando dos soldados van a ser decapitados por un oficial por abandonar uno de los fuertes de la isla y no morir con los honores del guerrero, siendo protegidos por otro oficial de mayor rango; luego, cuando este oficial que los resguardó decide morir de está forma a manos de un subalterno, y no logra su cometido al ser ejecutado su verdugo por un soldado norteamericano, en pocas palabras, la muerte atravesada para proteger la misma muerte, una paradoja simbólica en la que caen vencidos y vencedores, al capturar oponentes, curar heridos, y recoger abatidos.

Desde el punto de vista de ser estas obras fílmicas reconstrucciones históricas, los anacronismos que podamos identificar deben ser sustentados a partir de la búsqueda de información con respecto a las bases en las cuales fueron elaborados los guiones, a la puesta en escena utilizada, que en este caso es monumental, logrando ubicar sobre la pantalla lo que pudo haber sido la intensa batalla en la isla de Iwo Jima con las representaciones simbólicas ya enunciadas; igualmente, con los personajes caracterizados en ambas partes, identificando en algunos casos el aspecto biográfico como punto de partida para desenmarañar la historia, es decir, desde historias particulares, nos inmiscuimos en historias generales en un contexto político e histórico único, pero con dos formas diferentes de afrontarlo en sus diversos espacios.

En Banderas de Nuestros Padres y Cartas desde Iwo Jima, vemos claves donde los seres humanos afrontan las dificultades de una sociedad en guerra, ejemplo visual bien elaborado que posibilita analizar dos visiones de un mismo hecho sin caer en la exaltación triunfalista y chauvinista de otros filmes de esta misma característica. Oportunidad eficaz para ubicarla en nuestro contexto, y así ver similitudes, puntos de encuentro y desencuentro, y sobretodo, examinar nuestras posiciones frente a hechos tan comunes de nuestro diario acontecer enmarcados en la muerte, la patria, y el conflicto interno en medio de dos slogans que dicen: “EP: Ejercito del Pueblo” y “Los Héroes en Colombia si Existen”.

Bibliografía
-Carl G. Jung, Arquetipos e inconsciente colectivo, Editorial Paidós, Buenos Aíres, 1970.
-Erwin Panofsky, Estudios sobre iconología, Alianza Editorial, Madrid, 1980.
-Georges Didi-Huberman, Ante el tiempo, Historia del arte y anacronismo de las imágenes, Adrian Hidalgo editora, Buenos Aires, 2006.
-J. Berger, Modos de Ver, editorial Gustavo Gili, S.A, Barcelona, 1975.

Banderas de Nuestros Padres (Flags of our fathers)
Dirección: Clint Eastwood.
País: USA.
Año: 2006.
Duración: 132 min.
Género: Drama, bélico.
Interpretación: Ryan Phillippe (John 'Doc' Bradley), Jesse Bradford (Rene Gagnon), Adam Beach (Ira Hayes), Barry Pepper (Mike Strank), John Benjamin Hickey (Keyes Beech), John Slattery (Bud Gerber), Paul Walker (Hank Hansen), Jamie Bell (Ralph Ignatowski), Robert Patrick (coronel Chandler Johnson), Neal McDonough (capitán Severance), Melanie Lynskey (Pauline Harnois).
Guión: William Broyles Jr. y Paul Haggis; basado en el libro de James Bradley y Ron Powers.
Producción: Clint Eastwood, Steven Spielberg y Robert Lorenz.
Música: Clint Eastwood.
Fotografía: Tom Stern.
Montaje: Joel Cox.
Diseño de producción: Henry Bumstead.
Vestuario: Deborah Hopper.

Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima)
Dirección: Clint Eastwood.
País: USA.
Año: 2006.
Duración: 140 min.
Género: Drama bélico.
Interpretación: Ken Watanabe (general Tadamichi Kuribayashi), Kazunari Ninomiya (Saigo), Tsuyoshi Ihara (barón Nishi), Ryo Kase (Shimizu), Shidou Nakamura (teniente Ito), Nae (Hanako), Hiroshi Watanabe (teniente Fujita), Takumi Bando (capitán Tanida), Yuki Matsuzaki (Nozaki).
Guión: Iris Yamashita y Paul Haggis; basado en el libro "Picture letters from commander in chief" de Tadamichi Kuribayashi.
Producción: Clint Eastwood, Steven Spielberg y Robert Lorenz.
Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens.
Fotografía: Tom Stern.
Montaje: Joel Cox y Gary D. Roach.
Diseño de producción: Henry Bumstead y James J. Murakami.
Vestuario: Deborah Hopper.







Ficha de películas -http://www.labutaca.net-
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