viernes, junio 17, 2011

El séptimazo de Uribe

El séptimazo fue una jornada creada por el ex alcalde de Bogotá Luís Eduardo Garzón los días viernes después de las cinco de la tarde entre las calles 10 y 26 sobre la carrera séptima, espacio público para vendedores ambulantes, cirqueros, payasos, comidas rápidas baratas insalubres, músicos de la calle, eventos institucionales, y ladrones acomodados. Precisamente estos últimos, más las quejas de la ciudadanía por diversos aspectos, y los trancones vehiculares por la obras de la calle 26, sumaron como motivo en la cancelación del espacio por parte del sancionado alcalde Samuel Moreno. Parece que esta arteria vial esta destinada a diversos eventos por su neurálgica posición en vía del poder estatal, sitio de contiendas políticas, desfiles militares, acciones cívicas, y claro está, la que me lleva a este escrito, el factor mediático en la persona del hombre de los ocho años que peligrosamente divide a este país.

Lo anuncié en otro blog, Álvaro Uribe Vélez es un ex presidente de caricatura. Mala suerte la mía el caminar por la otrora calle real y encontrarme con el tumulto de peatones, lo que me obligó a buscar la cera de enfrente y cambiar mi rumbo, además de detenerme para acomodarme entre desconocidos, candentes, y vociferantes pobladores, para chismosamente informarme que pasaba, imaginándome muchas cosas: vendedores peleando con la policía porque el “lobo” –el camión con rejas- se les llevaba su material de trabajo; un ladrón en desgracia en manos de los peatones; una pelea de esas que uno de vez en cuando vislumbra entre mujeres; la filmación de una nueva película colombiana, etc. Conjeturas equivocadas al detallar levemente la figura mediana de un patriota que repartía manos y sonrisas escuetas en medio de ¡vivas! que decían “arriba presidente”, “Uribe, amigo, el pueblo está contigo”, más aplausos por allá y por acá. Al frente, otro grupo que gritaba “asesino, asesino, asesino”, “Uribe, paraco asesino”, síntoma de división total que despierta el caminante voraz que buscó la séptima capitalina para bañarse un poco o más de popularidad en medio de un amplio anillo de escoltas que con cara de asustados veían como este hombre despertaba los sentimientos más diversos; hasta que la congestión colapso, y los ánimos de los sectores en contienda parecían cambiar de tono, decidiendo nuestro personaje renunciar al circuito, y abordar su vehículo.



En diferido presencié que había pasado y lo que los noticieros no pasan, cuando la caminata del señor de los ocho años creo divisiones. Sin embargo, en el programa que le siguió, la acuciosa periodista logró que el ex presidente hablará –a él no le gusta mucho-, y entre las respuestas que entregó, Uribe afirmó que decidió caminar las calles bogotanas para hablar con la gente, saludarla, cierto síntoma de queja ante el mediático evento de la tarde donde su versión libre quedo un poco truncada ante las recusaciones de la contraparte. Igualmente, afirmó don Álvaro que le falto un megáfono, que seguro con sus “pilas corporales” hubiera puesto en funcionamiento para contarle a la sociedad capitalina su versión, es decir, un consejo comunal en procesión con sus sequitos –los delfines Tom y Jerry, Valencia Cossío, Juan Lozano, Oscar Iván Zuluaga, María del Rosario, y resto de lagartos- en medio del trafico, el bullicio y los caminantes del congestionado sector. Afirmó que encontró mucho cariño de la gente, al igual que detractores -enviados por Piedad Córdoba- que le gritaban improperios. También, que realizará reuniones en algunos sectores de la capital colombiana para informarle a la gente su versión sobre los hechos en los cuales se les cito, en este caso las chuzadas del DAS, sin embargo debería de sumarle falsos positivos, “hago ingreso seguro” –AIS-, el caso de las EPS, etc., nimiedades uribistas.

Lo narrado es un síntoma que explica el porque todavía la sombra de del ex presidente se siente en las acciones del actual gobierno, por ejemplo cuando algo sucede en los diversos estamentos o en las leyes que se aprueban, salta algún defensor desde una columna de opinión o programa televisivo –porque lo tienen- a enredar la pita y defender los ocho años de gobierno, y anunciar que se esta haciendo mal, y así dirigir la opinión publica en pos de lo que ellos creen se hizo bien, en este caso la cacareada seguridad democrática, la confianza inversionista, y la cohesión social, en resumen, los tres huevos de Uribe. Ahora, si la posición crítica está dirigida a un gobierno que se supone es la continuidad de sus políticas, que podemos decir de los movimientos políticos que siguen el camino de la oposición o de las personas que desde diversos espacios siguen críticamente alertando sobre la corrupción, la violación a los derechos humanos e informando sobre lo que se hizo en ocho años de mal gobierno.


En medio de las conjeturas, esa caminata de AUV, más su iniciativa de realizar reuniones para informarle a la sociedad bogotana sobre sus “problemas”, podrían considerarse un tanteo político que podría vislumbrar una candidatura a la alcaldía de Bogotá, amanecerá y veremos; o fue una decisión de pasearse -pavonearse, dirán otros- para aprovechar la bella tarde capitalina y así crear otro bogotazo, no como el de Gaitán. Por ahora me quedo con un día cualquiera de junio del año 2011 donde me hicieron cambiar el rumbo, detener, y observar como una población se divide ante la figura mediana de un hombre mediáticamente activo.

Imágenes
-Caricatura tomada del articulo “Con Uribe no se meta”: mensaje a investigador de las chuzadas, en http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article25377.
-Foto de Germán Enciso –Colprensa-, tomada de El Universal, Cartagena.

viernes, junio 10, 2011

Agarrando Pueblo: entre falso/verdadero, Blanco y negro/color

Todo hombre de hoy tiene derecho a ser filmado.
Walter Benjamin.

1. Agarrando Pueblo
El documental fue filmado en 1978, crítica aquellos trabajos realizados en latinoamerica que sobre-filmaban la miseria de las ciudades y sus ciudadanos, pasando a circutos internacionales -sobretodo Europa-, donde tenian cierto éxito logrando premios y aplauzos, para regresar laureados a su entorno primario. Particularmente el éxito internacional de Agarrando Pueblo constrastaba con su mensaje, pareciera que esa “piedra en el zapato” que instauro en la cinematografía latinoamericana con su mordaz y certera reflexión, hubiera entrado en su “propio zapato” de intención.

La historia de este documental tiene como espacios la ciudad de Cali y Bogotá, sobretodo la Sultana del Valle. La idea es filmar, como aparece en los dialogos del acucioso director y su camaragrafo: locos, gamines, mendigos, dementes, putas, etc. La cinta inicia con la claqueta, simbolo de la primera escena, lo que nos lleva a otra película que observamos bajo el lente de alguien que está detrás de dos personas que dirigen a un anciano sentado y pidiendo una limosna en la entrada de una iglesia- le indican que mueva su recipiente, agarran su mano y se la mueven-, fin de la primera escena. Luego, en un taxi, el conductor les pregunta a los cineastas:

P/ ¿Para qué estan tomando esas películas?
R/ Para enviar a Europa –Alemania-
P/ Para saber cómo vive la gente en Cali
R/ Es para filmar escenas de la miseria


El objetivo del director ficticio, el que está en la película, “es filmar con cuidado, con respeto, para que la gente no se vaya asustar”, en resumen, agarrar el pueblo sin que se de cuenta, pero en todos los casos la idea es contraria, sus filmados son abordados directamente, sin tapujos, ni vergüenza. El recorrido del taxi sigue su camino para buscar personas socialmente desanparadas y que ya hemos definido en lineas anteriores según los rasgos que busca el afanado director: niños, ancianos etc., que sintiéndose intimidados, responden ante los descarados documentalistas; sin embargo, una de sus filmadas, una mujer afrocolombiana, con claros sintomas de demencia, accede, se detiene, los observa, y ellos congraciándose con su “actriz” le hacen un registro de pies a cabeza. Siguiendo el recorrido como en una road movie, el taxi regresa a su busqueda incesante de actores naturales para la película, el director por lo tanto decide que su última imagen en movimiento tendrá que ser un “loco”, el cual ubican en una de las esquinas en plena acción circense en tres actos: el hombre traga fuegos –la lengua que habla demasiado merece su castigo, yo pasaré a castigar la mía-, el hombre que lava su rostro con los vidrios picados y pone su espalda sobre ellos, finalmente el hombre que salta sobre el arco de cuchillos, fin de la escena, pasamos a Bogotá.


En la capital colombiana, el director como si estuviera pidiendo varios deseos en el pozo de la fortuna, tira monedas en la pileta de “La Rebeca” para que los niños gamines entren desnudos a recogerlas –mientras son filmados-, algunos le piden moneditas al director, concediéndoles el deseo. Sin embargo, entra en contraposición de la acción alguien del público que critica la acción del director -voz en off-, para luego mostranos al personaje en mención: “aquí vienen los gringos a sacar fotos, sacar libros y nunca los ayudan, ¿por qué siempre miseria, por qué siempre pobreza?”. Entrando en escena el director e increpando: “¿Qué es lo que pasa?, hay que filmarlos para que se de cuenta la gente…, usted no sabe que documental estamos haciendo”, inmediatamente alguien salta detrás del “camaragrafo real” y lanza la frase lapidaria ¡claro, un documental para llevar para afuera!

La escena que sigue se desarrolla en un hotel, el director espera a uno de lo actores que hará el papel de periódista, quien a su llegada le presenta parte del discurso con el que culminará la entrevista falsa, a una familia falsa, y en una casa miserable. Llega igualmente a este espacio una mujer con dos niños -la encargada del papel de madre-, a quien le indican parte de su actuación, además de invitarla para que cambie sus vestidos por unos más acordes a la ocasión, y aprenda su parlamento dirigido. Regresamos de nuevo al road movie, la camara muestra una serie de casas que desembocaran en una que particularmente se presta para la parodia, el grupo de producción entra y organiza a los actores mientras que el director y su camaraografo registran ciertas imágenes para mostar en un plano general la cuestión de los detalles, lo que ellos llaman “la cultura de la miseria”, volviendo al punto de encuentro para dar inicio a la escena final, donde el periódista con microfono en mano, les pregunta a los residentes: “Sus niños han padecido alguna enfermedad, estan vacunados contra la viruela, usted sabe leer y escribir, piensan tener más hijos”, ante preguntas directas, respuestas escuetas; seguidamente, el periódista lanza lo que podriamos considerar el discurso politico con mensaje directo a los receptores del film:

[…] El corolario es casi inevitable, proliferan los casos de abandono de la familia, vagancia infantil, delincuencia precoz, demencia, mendicidad y analfabetismo, y en un plano más amplio, se trata de una gigantesca masa humana que no participa, ni en los beneficios de su nación, ni en las desiciones políticas y sociales. Víctima de un conjunto de circunstancias de un sistema, no puede hacer nada significativo para alterar las condiciones, su decidia a vecés, a vecés su estado de ignorancia forzozo, a vecés la urgencia dramatica de ganar el sustento, a vecés todos estos factores juntos y otros, impiden al hombre, a la mujer, al jovén marginal, hacer unir su voz…, y ¿qué paso?


Entra el dueño de la casa, aquel que no había sido informado del uso de su predio, y ofendido decide culminar con la filmación, observando la cámara, lanza una retahila monumental que pone en alerta al grupo de producción: “Ahh, con que agarrando pueblo no, solo vienen a filmar aquí para hacer reir a los demás por allá lejos”, entra el director con su palabra ¡corten!, y el productor a calmarlo diciéndole que se quite, y este a responderle: “quién yo, cómo así que me quite, a donde creen que han llegado ustedes”, señor le estamos pidiendo el favor –dice el productor-, “favor de qué”, entra en escena un policia que desea mediar, pero es sacado por el ofuscado residente e inmediatamente con gesticulaciones, y movimientos de manos saca al agente; siguiendo en el protocolo el productor, quien lo invita a participar del proyecto, e informándole que su casa ha sido escogida entre muchas para la filmación, además de sacar dinero y ofrecerselo como forma de pago:

[…] Sabe que puede hacer con su dinero…., esto vea, vea –baja sus pantalones coge el dinero y se limpia el culo-, agaurdensen y verán, -corre se dirigé hacía su habitación, saca la cabeza por un pequeño espacio, les dice- cojan sus cámaras, vayanse de aquí y no jodan más, esperen y verán –regresa con dos machetes-, a ver sigan filmando…, ah, les da miedo –saca al grupo de producción, quedando solamente el actor ficticio que hizo de papá, diciéndole-, y vos qué, Charles Bronson –yo no tengo nada que ver, dice el actor- como que no tengo nada que ver, abrí los ojos que te estan filmando, disfrazado de pobre, vendido –pero ni siquiera me pagaron, dice el actor-, vení cogela -referencia al dinero que está en el suelo- vení…, -luego recoge el rollo de película que dejaron tirada los productores de la cinta, y comienza a desenredarla, diciendo en medio de su risa-, los sabios que todo se lo saben, vea, usted vive aquí, usted tiene niños, estan vacunados contra la viruela, saben leer y escribir, no le digo, vea, vea –mientras desenreda la cinta filmica y la enreda en su cuerpo- vea, vea, vea, -salta, rie, da vueltas, como delirando- para culminar con un corten, mirar hacia un lado y decir ¡quedo bien!

Ese ¡quedo bien! nos regresa a la realidad, porque inmediatamente los directores de Agarrando Pueblo entrevistan a su estrella, Luís Alfonso Londoño, sobre lo que más le gusto de la cinta, anunciandoles que lo osbceno, el restregarse –ya sabemos esa parte- con dinero limpio, recien salido del banco, fue lo que más le gusto, además de otras apreciaciones que dejo al observador oculto que no ha visto está película.

Finalmente, el uso de blanco/negro para las escenas donde el director y camarografo arman su cinta, pone al observador como testigo de lo que se trama, del engaño y abuso al que seran sometidos aquellos seres humanos, por eso la frase de “quedamos como unos hijueputas vampiros”, dicha por el director, luego de “chuparles un poco de sangre” a sus actores anonimos, resulta más que verdadera en el objetivo que busca este falso documental. Con las escenas a color, que en su totalidad podrian ser 18, entramos en el producto que desean los realizadores para exponer a la comunidad internacional, en este caso Europa, allí entramos en la realidad de unos seres humanos explotados, oprimidos y decadentes, con dos ciudades a fondo, en resumen, otro film.



2. Pornomiseria

El concepto de pornomiseria nace a partir de un artículo sobre cine colombiano que Carlos Mayolo y Ramiro Arbeláez habían escrito para a revista Ojo al Cine en su primer número a propósito del ciclo sobre cine colombiano programado en la Cinemateca Distrital de Bogotá en 1973. Para esa época los autores detectaron que el documental colombiano se estaba basando en la miseria como argumento de sus creaciones y lucubraciones:

[…] La miseria era una lacra, como una enfermedad de la sociedad latinoamericana; y no se hacia cine explicando sus orígenes y viendo sus resultados, sino que solamente se explayaban en su aspecto abyecto, enfermizo, débil, por circunstancias que más bien había que descubrir. En películas como Chircales, donde la miseria se evidenciaba, se entendían sus orígenes. El documental se centraba en un pequeño chircal de ladrillo, donde las relaciones de producción estaban basadas en el abuso de los supuestos trabajadores. La película se concentraba en su tragedia y no se veían los explotadores. Los objetos eran irrisorios y los niños trabajaban al unísono, transportando con sus piernitas delgadas el peso de los ladrillos. Se veía la explotación.

La miseria se mostraba como el desarrollo de una explotación y no solamente como un efecto de una sociedad desigual que deformaba y exageraba la explotación, hasta volverla pornomiseria. Otra cosa descubierta en la teoría de la pornomiseria fue la relación entre filmador y filmado donde, en un cine consecuente como en Chircales, la relación era íntima y lo que se hacía del lado de los filmados repercutía en el filmador. Mientras que en otras películas esa relación era distante. Se filmaba la miseria como apropiándose de ella, por el simple hecho de ser filmador (Mayolo, 2008, p. 89).

En su explicación Mayolo parte de que la miseria era una realidad de nuestro continente, y que su cine no era el que correspondia ante tal situación, anunciando que Chircales era una obra donde se entendian los origenes de la miseria, con una marcada reflexión sobre la explotación infantil. Este punto de partida nos muestra las dificultades de un cine latinoamericano que se debatia en la polemica de retratar nuestra realidad o recrear historias de ficción, dos formas diferentes de afrontar el hecho cienematografico y una sola menera de llegar a los circuitos de exhibición internacional, teniendo en cuenta que filmar en formato de 16 mm. o super 8, se convirtió en una opción subalterna y en cierta medida eficaz de llegar a cierto público vinculante políticamente. Compartiendo la reflexión de Mayolo con respecto al concepto, Juana Suárez afirma que “esta parodia y sátira a los diversos procedimientos de producciones sobre la marginalidad, establece lineas claras sobre la frágil frontera que separa la denuncia social y el canibalismo cultural. En este sentido, el término es novedoso pero no la discusión”(Suárez, 2009, p.94). La discusión tal vez estaría en el fenomeno y extensión del concepto pornomiseria, identificables en las realizaciónes posteriores a la aparición de Agarrando Pueblo; inclusive, aportaria a la discusión el uso del término en su etimología y aplicación.

3. Agarrando Pueblo: ¿Derecho a ser filmado?
El derecho a ser filmado es una opción que presenta Walter Benjamin a propósito de los noticieros semanales que se presentaban en las funciones cinematograficas, con la posibilidad de que cualquier persona pudiera estar inmersa en el hecho noticioso, llevado a la pantalla, y en gancho con el filme programado. El derecho que menciona Benjamin esta ligado a la situación histórica de la literatura en el momento que escribe el texto, afirmando que durante siglos un reducido número de escritores se hallaba frente a un número mayor de lectores, cambiando esos posicionamientos a finales del Siglo XIX con el auge de la prensa en diversos organos con igual dispersión de temas, y una novedad, el buzon del lector, entregando la posibilidad de una dinámica escrita de aquellos que enviaban una queja, un reportaje o un calsificado laboral, lo que significó en términos de la relación texto-lector la posibilidad de la autoria, que según Benjamin, derivó en un bien común (Benjamin, 2003, pp. 75-75). Por lo tanto, el autor conecta su idea con el séptimo arte, partiendo del ejemplo cinematografico de la Unión Soviética:

[…] Porque en la praxis del cine –sobretodo del ruso- este desplazamiento se ha realizado ya parcialmente. Un aparte de los intérpretes que encontramos en el cine ruso no son intérpretes en el sentido en que nosotros lo entendemos, sino gente que se auto-exhibe y en primer lugar, por cierto, en su proceso de trabajo. En Europa occidental la explotación capitalista del cine prohibe teenr en cuenta el derecho legitimo que tiene el hombre de hoy a ser objeto de una reproducción. Por lo demás, también la desocupación lo vuelve prohibitivo puesto que excluye de la producción a grandes masas que tendrían derecho a ser reproducidas ante todo en su proceso de trabajo. En estas condiciones, la industria cinematográfica tiene interés en acicatear la participación de las masas mediante representaciones ilusorias y especulaciones dudosas. Para logar este efecto ha puesto en movimiento un enorme aparato publicitario: ha puesto a su servicio la carrera y la vida amorosa de las estrellas, ha organizado consultas populares, ha convocado concursos de belleza (Benjamin, p. 78).

La referencia al cine ruso que efectua Benjamin, podria ser al filme de Dizga Vertov El Hombre de la Cámara -1929-, obra que recoge la cotidianidad en San Petersburgo, fílme que hace parte del principio básico del cine documental con el llamado movimiento Cine-Ojo. La gente que se auto-exhibe como describe el autor, hace parte de la historia “tomada” sin miramiento alguno con personajes cotidianos en medio de las labores diarias; siguiendo con la crítica con respecto a ese derecho que en Europa occidental es prohibido, el hombre como objeto reproductible, a través en este caso, de la imagen fílmica. Anunciando, inmediatamente su mensaje político: primero, al mencionar aquellas masas que se quedan por fuera de la reproductividad en su proceso de trabajo por estar desocupadas; segundo, mediante la participación de las masas por medio de la ficción y especulación dudosa por medio del llamado Star System, este último, tal vez el mayor logro trasladado de la industria cinematogarfica americana a la europea, y que con éxito se vinculaba al espacio que el autor deseaba aprovechar para sus pocicionamientos políticos, pero que le jugaban en contra.

Ahora, con base en la reflexión propuesta por Walter Benjamin, podriamos anunciar que en Agarrando Pueblo existe el derecho a no ser filmado, el cual constantemente es violado con el cine-ojo del falso director y su hombre de la cámara. Las personas en algunos casos son atrapadas con el lente sin su consentimiento, sintoma “verdadero” del hecho fíilmico y su mensaje dentro del contexto general de la obra, inclusive con los trazos coloridos; otros personajes, inmersos en la ciudad, quedan en el plano general, y pasan como agentes secundarios. También bajo el lente que nos muestra el plano falso/verdadero, como en las escenas de los niños que se “tiran al agua” en la pileta de “La Rebeca”, o el plano final donde algunos espectadores con sus ojos vigilantes, clavan las miradas en los espacios que dejan a la vista algunas tablas que sirven de pared a la vieja casa donde realizan el cuestionario a la falasa familia.

Finalmente, si contraponemos la idea del derecho a ser filmado entre los dos trabajos documentales que se trabajan en el des-montaje, encontramos posibilidades diferentes, Chircales trasciende en su elaboración como obra de denuncia con claros sesgos políticos, y una metodología aplicada desde las Ciencias Sociales, donde una familia es filmada y traspasa los limites de las posibilidades de elaboración cinematografica que nos propone Walter Benjamin; la obra Chircales se inscribe en ese derecho porque muestra un sector poblacional marginal inscrito en la realidad nacional con techo en la capital colombiana, en resumen, una verdad que incomoda al establecimiento. Mientras que Agarrando Pueblo ridiculiza ese derecho bajo los preceptos de una realidad que palpamos, pero que a vecés identificamos como falsa/verdadera

4. Epilogo: ¿Un falso documental?
En sus apuntes para un falso documental, Luís Ospina nos presenta ciertas claves a propósito de su obra Un Tigre de Papel, exponemos sus apartes más importantes:

[…]En tiempos de confusión los falsos documentales ayudan a desarrollar estrategias reflexivas, que los convierten ya no en distintivos de la ficción sino en marcadores de la realidad; forman parte de una dialéctica histórica nutrida por lo verdadero y lo falso.
Entendemos el falso documental…, como un subgénero del documental, que se caracteriza por presentarse como una interacción entre lo documental y lo argumental, entre lo real y/o lo imaginado.
Todos los documentales manipulan sus materiales hasta cierto punto. Nuestro falso documental dependerá de la manipulación de la verdad.
Los falsos documentales estimulan el sentido crítico porque preguntan de quién es la realidad y por qué debemos suponer que alguien nos al narra.
Un falso documental aporta una conciencia sobre la política y sus instrumentos, cuestiona lo político utilizando la política y sus instrumentos; cuestiona lo político utilizando las mismas técnicas de manipulación de la imagen características del aparato político.
Todo falso documental depende de la capacidad del espectador de creer su premisa (Ospina, 2007).

Agarrando Pueblo desarrolla estrategias reflexivas constantes sobre la explotación de los seres humanos en ámbitos artísticos, en este caso desde la cinematografía; nos marca ficción constante con realidad altisonante, más si a través de los usos de blanco/negro y color, ayudan a ubicarnos con los espacios que nos marcan los cineastas, entrada constante de la realidad y lo irreal. La manipulación es evidente y sugestiva, sin pensarlo, muchos se ven inmiscuidos en la historia, bajo los espacios filmados y reconocidos, así como las individualidades espejo. Los cuestionamientos políticos son directos, y tal cual como un principio de replica, son los mismos que usan en los aparatajes institucionales.

Finalmente, la cinta logra su objetivo, los espectadores creemos en su historia, entramos en el engranaje y sufrimos las imágenes que nos muestran, entramos en el juego de lo real y lo falso -en medio de los que son agarrados- con nuestros propios criterios de reflexión, ajenos a los cineastas reales, y al grupo de producción ficticio, que en últimas salé derrotado en su propuesta cinematográfica de retratar la miseria de dos ciudades con sus actores principales.

Ficha de Agarrando Pueblo
Es una sátira a los documentales que convertían la pobreza latinoamericana una mercancía para explotar en festivales europeos. Película “vacuna”, en la cual se ven todos los defectos de acercarse a la miseria, volviéndola pornomiseria. Éxito en Europa, pues era una cachetada a ellos mismos. Muchos premios. Mucha distribución. - Carlos Mayolo, La Vida de mi cine y mi televisión, Villegas editores, Colombia, 2008-.
Dirección: Carlos Mayolo, Luís Ospina.
Producción: Carlos Mayolo, Luís Ospina.
Fotografía: Fernando Vélez (blanco y negro), Eduardo Carvajal (color), enrique Forero (fotografía adicional)
Dirección de Arte: Luís Ospina y Carlos Mayolo.
Guión: Luís Ospina y Carlos Mayolo.
Sonido y montaje: Luís Ospina.
Asistente: Elsa Vásquez.
Script: Elsa Vásquez.
Reparto: luís Alfonso Londoño, Carlos Mayolo, Eduardo Carvajal, Ramiro Arbeláez, Javier Villa, Fabián Ramírez, Astrid Orozco.
28 minutos, 16 mm., blanco y negro, color.

Bibliografía
Carlos Mayolo (2008), La Vida de mi cine y mi televisión, Villegas editores, Colombia.
Juana Suárez (2009), Cinembargo Colombia, Programa Editorial Universidad del Valle, Cali.
Luís Ospina (2007), Palabras al Viento, mis Sobras Completas, Aguilar, Colombia.
Walter Benjamin (2003), La Obra de Arte en la Época de la Reproductividad Técnica, Editorial Itaca, México.

Fuente de las imágenes
-Films Luís Ospina - http://www.flickr.com/photos/
-Jaramillo, Eugenio (1990). Caliwood, Publicación de Colcultura 7 Festival de Cine de Bogotá.

sábado, junio 04, 2011

Conociendo, sintiendo y viviendo a Bogotá

[…] A partir, pues, de la caída de la tarde, la vida de Bogotá desaparecía de las calles para el resto del día ya que no había en la ciudad ni un café ni un restaurante, ni establecimientos de recreo o pasatiempo que pudieran atraer a la gente fuera de sus casas como en las grandes ciudades de Europa; pero en muchas casas había reuniones de familia y de amigos, que se caracterizaban por su absoluta sencillez; mientras la gente joven, a la luz de una o dos velas, improvisaba algún baile con acompañamiento de guitarra o de harpa, las personas de edad, hombres y mujeres charlaban y fumaban o jugaban a las cartas, juegos de azar en los que los aficionados arriesgaban a veces sumas enormes. Durante la velada se tomaba chocolate, lo mismo que en Francia se tomaría café o en oriente té.
-Augusto le Moyne, El Bogotá de 1830, pintado por un diplomático francés
Las Maravillas de Colombia, p.119-.

Finalizando la década de los ochenta, viví el influjo de los noticieros televisivos, particularmente centralizados en sus hechos noticiosos sobre la ciudad de Bogotá, por lo tanto lo que observaba y escuchaba me acercaba a la distante ciudad de servicios. Sumado a lo anterior, la suscripción a los periódicos capitalinos que llegaban a la casa como un espectador en medio del tiempo que disfrutaba entre juegos y estudio, informándome y viendo nuevamente, como Bogotá llegaba a mi espacio regional. Hasta que llegó el momento de visitar la ciudad, a un familiar ya instalado, lo hice acompañado y por vía terrestre, lo que me involucraba con unas vías que poco recuerdo pero que al día de hoy al realizar nuevamente esos recorridos, denoto lo difícil que debieron haber sido. La impresión al arribar, fue la de cualquier persona que se asombra ante lo grande de este espacio, su “desorden” vial, tal vez el primer rasgo que distingo cuando asumí la ciudad, llamándome la atención los Trolebuses que ya a inicios de los noventa comenzaban a salir de circulación, así que, dirigidos algunos por medio de electricidad y otros por gasolina me hacían sentir lo diferente que era el sistema de transporte comparado con mi pequeña ciudad en el Valle del río Cauca; por lo tanto, en medio de un asombro infantil, llegué al barrio La Española, cerca al Minuto de Dios, y en esos días que estuve en la capital colombiana, mis salidas fueron pocas pero trascendentales, conocí la Plaza de Bolívar, el Jardín Botánico, el parque Simón Bolívar, La Candelaria, y otros espacios como el Centro Comercial Bulevar Niza, y la famosa, deliciosa e inexistente –en el presente- Pizza Nostra, entre otros. Recuerdo que de regreso a Buga sentí la extrañeza de una ciudad congestionada al ver la apacible, calurosa y descongestionada “ciudad señora”.

Unos años después volví a Bogotá, y las salidas fueron remedo de la primera vez, frío reconocimiento de lo que significaba la capital de mi país, que tan insistente, entre mis profesores de Ciencias Sociales del Colegio Académico, presentaban en sus discursos sobre los eventos que se sucedían en Bogotá, y la historia transcurrida, que patrióticamente algunos comentaban y otros criticaban desde su lado político claramente a la izquierda de su organización nacional. Pero aclarando que cada ida y venida traía nuevos reconocimientos de una gran ciudad ajena, que observaba en la cotidianidad de los noticiosos e inclusive de las conversaciones familiares, porque el acontecer nacional político tiene su meridiano en la capital.

Pasaron los años, y vinculado a la Universidad del Valle, la capital vuelve a entrar en los diálogos escritos y verbales en medio de algunos cursos. La ciudad se vuelve satélite de eventos académicos a los que asistí, vislumbrando otro espacio bajo la premisa de una individualidad ya ganada con mi edad, lo que posibilita acercarme a ella bajo otras perspectivas, caminándola y abordando su sistema de transporte masivo Transmilenio, que ya traía su apodo de “transmilleno”, síntoma del crecimiento poblacional de Bogotá. Visitando otros lugares que de niño no visité, reconociendo aquellos ya conocidos, y teniendo la fortuna de hospedarme en las Torres del Parque, símbolo arquitectónico ubicado en el centro internacional construido por Rogelio Salmona, lo que te da otra perspectiva de la ciudad cuando en el día o la noche, observas desde uno de sus ventanales el paisaje, con el fondo de una plaza de toros que parece un cartel para “tiro al blanco”, y los cerros bogotanos que de espaldas, envían sus aires a medio contaminar.

La costumbre de mirar hacia la capital como horizonte para continuar las actividades académicas y laborales, ha sido y seguirá siendo una primera intención para un gran porcentaje de la población colombiana, hace parte de un proceso que podríamos definir por pasos: primero, desde el terruño de nacimiento; segundo, desde la capital regional; tercero, desde la gran urbe nacional, en este caso Bogotá. En ese orden de ideas, hice mi proceso, naciendo en Buga, teniendo mi etapa de escolaridad inicial junto a mi niñez y juventud allí, pasando a Cali, ubicándome en el barrio San Antonio, encontrando un trabajo en el Museo la Tertulia, y logrando la admisión a la universidad; para luego, “buscando mi destino” como la famosa película de los setentas de Dennis Hopper –pero sin moto y aventuras sicodélicas-, arribar a Bogotá para establecerme en el año 2007. Y vaya coincidencia, vivía en Cali en la carrera diez, y acá llegué a la calle decima; en la sultana del valle, vivía en una casa ubicada luego de una gran pendiente, acá vivo sobre la pendiente de una calle que se llama “la del calvario” que colinda con la “del fantasma” y “del farol”, a una cuadra de la circunvalar y a pocos metros de la Iglesia de Egipto, ejemplo colonial de los nombres que otrora caracterizaban estos espacios habitacionales de indios.


Ubicado habitacionalmente en Bogotá, comencé a identificar las cuadras y los sitios más trascendentales de mi interés: la tienda, las universidades colíndales, las calles peligrosas, la hora de recoger los desechos por parte de la empresa que presta este servicio, las rutas de buses que me acercan desde la calle diecinueve, los horarios de las bibliotecas, los museos, las salas de cine independientes –Cinemateca Distrital, Sala Fundadores de la Universidad Central-, y la privada llamada Cine Colombia en la calle veinticuatro, los bares caros y baratos, la librería Lerner, el eje ambiental –que de ambiental no tiene nada-, los sitios lumpen, y así sucesivamente, el espacio público con todas sus características y lugares se me fue convirtiendo familiar, algo que al día de hoy, lo asumo como propio con sus encantos y desilusiones.

Viviendo en La Candelaria –centro histórico-, aprecias algunas características que hace de está pequeña ciudad en medio de otra ciudad, un espacio particular. Calles que no son uniformes, casas de todos los estilos, desde las diseñadas con gusto arquitectónico, hasta las que se están cayendo por su vejez. Hostales por doquier, inclusive con nacionalidades definidas, como el caso de una casa para judíos –no errantes-, u otras que habitan a extranjeros mochileros que llegan en busca de aventuras diversas, donde el consumo de alucinógenos es una de ellas. Restaurantes gourmet o tradicionales. Fotógrafos extranjeros o nacionales buscando los mejores ángulos en la mañana, la tarde o la noche, bajo el vigilante resguardo de un conductor ajustado por un hotel Bogotano. Seres humanos que pasan recogiendo lo que a otros no sirve y dejan a su deriva en al calle, aquellos que mal llaman “desechables” y otros recicladores. Policías motorizados o en patrullas que pasan lentamente vigilantes en busca de “roedores” humanoides, pero que no capturan nada o aparecen luego de la faena. Jóvenes dueños de lo ajeno que suben y bajan las calles en busca de su víctima más propicia para asaltarlos en su buena voluntad. Mujeres adolescentes que bajan muñequeando a muñecos de verdad bajo los destinos de una ciudad difícil. Feligreses que acuden al llamado de las campanas de la iglesia barrial, que sagradamente suena un fin de semana a las 9:30, 11:30 y 5:30 para que acudan allí a sus pedidos sacros coordinados por el cura de turno.

Bogotá me acogió con sus diversos servicios, aquellos que fui descubriendo al pasar de los días, desde los más simples como el ubicar la tienda de barrio más acogedora, hasta la más compleja; sostenibilidad por medio de las opciones laborales, que satisfactoriamente han estado vinculadas a referencias académicas, ya sea como asistente de investigación o como ganador de una pasantía o beca del Ministerio de Cultura. Allí, en esos espacios individuales de investigación, conocí y vislumbré el tipo de ciudad en la que estaba inmerso, como asiduo visitante de ambientes culturales que entraron a formar parte de la cotidianidad, algunos más que otros, entregando un conocimiento único que ha servido para instaurar en mi proceso formativo un camino definido que recorro con cierta in-tranquilidad.



La vida cotidiana en Bogotá se enmarca, en mi caso, en actividades regulares que normalmente se vuelvan mecanizadas, por ejemplo en mi ida y venida a la Universidad Nacional tengo cuatro opciones para abordar el sistema de transporte: primero, saliendo a la avenida circunvalar al frente la Universidad Externado de Colombia, tengo una ruta que me lleva por el camino de los cerros que recoge “la media torta”, la entrada al funicular para subir a Monserrate, la Quinta de Bolívar, la Universidad de los Andes, y busca su encuentro con la calle 19, una vez a cogido el breve trancón de autos que puede convertirse en exasperada espera, baja en busca de la carrera decima, para ubicar la destruida calle 26 por las obras de un trazado del Transmilenio, y ¡ahí si fue Troya!, porque puedes contar con la suerte de un avance efectivo que te ubique al frente de “la nacho”, o por el contrario soportar un “nudo de botella” en las inmediaciones del Concejo de Bogotá que te hará llegar tarde. Segundo, salir de mi casa llamada “la pila del agua”, y bajar por la calle decima a la carrera 6, y allí esperar una de las rutas, casi siempre con el cupo lleno, y este ciudadano por ende parado, vehículo que buscará la calle once al frente del Centro Cultural Gabriel García Márquez -construido en ladrillo limpio por el mismo arquitecto de las ya citadas “torres del parque” y de nuestro frío edificio de postgrados en Ciencias Humanas-, para cruzar en la carrera séptima medio congestionada hasta la calle 26 en un cruce no muy vial, y allí vivir la misma “odisea” relatada en líneas anteriores. Tercero, atravesarme La Candelaria vía “chorro de Quevedo” ojalá aseado para llegar al “parque de los periodistas” o culebrear entre calles hasta la 19 para abordar una ruta que tendrá las mismas características de las otras opciones, pero seguro con otra sintonía de tiempo y paciencia. Cuarto, ir a la estación de “las aguas” o “el oro” y abordar un Transmilenio que me lleve a la estación de Ricaurte para atravesarme su largo túnel, y abordar nuevamente una ruta que me llevé por la carrera treinta a la estación de las inmediaciones de la universidad, para salir y pasarme el puente peatonal, entrar a la “ciudadela blanca” y caminar unos minutos en medio de los vendedores estudiantiles ambulantes -de mecato o galguería, programas de computación piratas, y claro está el cinema clásico, independiente, arte o de cartelera como según la oferta se ofrece ahora-, viendo de reojo al Che que observa a Camilo sigo mi camino hasta llegar al edifico Manuel Ancizar y así disponerme a recibir conocimiento; comparando, me queda mejor llegar por la calle 26.

Igualmente, para el divertimento, se vuelven costumbre ciertos sitios de encuentro: “doña Cecilia o Cesi” en la calle cuarta, cerca al cruce del eje ambiental, un espacio digno de observación en modas, y personajes particulares medio “lumpescos”. “El Viejo Almacén” de Mariela, renovado actualmente, con menos espacio, nos acerca a los buenos aíres del tango gardeliano, y de otros cantautores del arrabal, en la calle contraria a la librería Lerner. Y si de salsa, bolero, montuno, y timba cubana se trata, el “goce pagano” cerca a Uniandes o “quiebracanto” sobre la carrera quinta vía a la Biblioteca Luís ángel Arango, nos recibe con la rumba.

Don José María Vergara y Vergara estaría sorprendido al ver que una de sus tres tazas manda la parada en su céntrica ciudad, el café bebida nacional por excelencia –dice la publicidad nacionalista de Colombia es pasión- esta ubicada estratégicamente para que sus visitantes en la capital se adentren con el aroma que los seduce, bajo el sabor de un café que lleva nombre de campesino cafetero. Pero no es el único negocio del café que atrae, espacios por doquier encontramos en las calles céntricas, algunas con sus propias marcas y maquinas instantáneas, otros todavía con la greca que en estas “alturas” quedan por fuera ante la posibilidad del “recalentamiento” de un tinto, recordando que la publicidad dice “tomémonos un tinto, seamos amigos”. Pero las dos tazas que quedan de Vergara y Vergara, el chocolate y el té, tienen su cabida y sobreviven en la carta, el cacao como acompañante del tamal santafereño, y el té bajo la reunión social que algunas damas todavía asumen como en antaño bajo el estilo ingles en la tarde, y a las cinco y treinta.

Finalmente, Bogotá en su movilidad urbana, seguirá teniendo características particulares que la diferenciarán del resto del país: Centro de encuentro con la realidad política nacional que excluye el resto del país, con gentes raizales y adoptadas que caracterizan rasgos diversos de nuestra geografía nacional, ciudad con espacios públicos donde confluyen “la carne y la piedra” en medio de lo sacro y lo profano. Con ese luto en el vestir que observamos en medio de su clima nubloso y frío, poco deja al ojo voyerista de las ciudades calientes; acogiéndonos, nos recogemos para calentar nuestros cuerpos y adentros, ante la posibilidad de “la nostalgia por el lugar autóctono” que nos puede dar cuando somos ajenos a su espacio, sin embargo, la asumimos, y en últimas la entendemos, porque día a día la llegamos a querer y odiar en un sólo suspiro.

Imágenes
-Chorro de Quevedo -www.elespectador.com-
-Cerro de Monserrate -Colección particular-