sábado, junio 04, 2011

Conociendo, sintiendo y viviendo a Bogotá

[…] A partir, pues, de la caída de la tarde, la vida de Bogotá desaparecía de las calles para el resto del día ya que no había en la ciudad ni un café ni un restaurante, ni establecimientos de recreo o pasatiempo que pudieran atraer a la gente fuera de sus casas como en las grandes ciudades de Europa; pero en muchas casas había reuniones de familia y de amigos, que se caracterizaban por su absoluta sencillez; mientras la gente joven, a la luz de una o dos velas, improvisaba algún baile con acompañamiento de guitarra o de harpa, las personas de edad, hombres y mujeres charlaban y fumaban o jugaban a las cartas, juegos de azar en los que los aficionados arriesgaban a veces sumas enormes. Durante la velada se tomaba chocolate, lo mismo que en Francia se tomaría café o en oriente té.
-Augusto le Moyne, El Bogotá de 1830, pintado por un diplomático francés
Las Maravillas de Colombia, p.119-.

Finalizando la década de los ochenta, viví el influjo de los noticieros televisivos, particularmente centralizados en sus hechos noticiosos sobre la ciudad de Bogotá, por lo tanto lo que observaba y escuchaba me acercaba a la distante ciudad de servicios. Sumado a lo anterior, la suscripción a los periódicos capitalinos que llegaban a la casa como un espectador en medio del tiempo que disfrutaba entre juegos y estudio, informándome y viendo nuevamente, como Bogotá llegaba a mi espacio regional. Hasta que llegó el momento de visitar la ciudad, a un familiar ya instalado, lo hice acompañado y por vía terrestre, lo que me involucraba con unas vías que poco recuerdo pero que al día de hoy al realizar nuevamente esos recorridos, denoto lo difícil que debieron haber sido. La impresión al arribar, fue la de cualquier persona que se asombra ante lo grande de este espacio, su “desorden” vial, tal vez el primer rasgo que distingo cuando asumí la ciudad, llamándome la atención los Trolebuses que ya a inicios de los noventa comenzaban a salir de circulación, así que, dirigidos algunos por medio de electricidad y otros por gasolina me hacían sentir lo diferente que era el sistema de transporte comparado con mi pequeña ciudad en el Valle del río Cauca; por lo tanto, en medio de un asombro infantil, llegué al barrio La Española, cerca al Minuto de Dios, y en esos días que estuve en la capital colombiana, mis salidas fueron pocas pero trascendentales, conocí la Plaza de Bolívar, el Jardín Botánico, el parque Simón Bolívar, La Candelaria, y otros espacios como el Centro Comercial Bulevar Niza, y la famosa, deliciosa e inexistente –en el presente- Pizza Nostra, entre otros. Recuerdo que de regreso a Buga sentí la extrañeza de una ciudad congestionada al ver la apacible, calurosa y descongestionada “ciudad señora”.

Unos años después volví a Bogotá, y las salidas fueron remedo de la primera vez, frío reconocimiento de lo que significaba la capital de mi país, que tan insistente, entre mis profesores de Ciencias Sociales del Colegio Académico, presentaban en sus discursos sobre los eventos que se sucedían en Bogotá, y la historia transcurrida, que patrióticamente algunos comentaban y otros criticaban desde su lado político claramente a la izquierda de su organización nacional. Pero aclarando que cada ida y venida traía nuevos reconocimientos de una gran ciudad ajena, que observaba en la cotidianidad de los noticiosos e inclusive de las conversaciones familiares, porque el acontecer nacional político tiene su meridiano en la capital.

Pasaron los años, y vinculado a la Universidad del Valle, la capital vuelve a entrar en los diálogos escritos y verbales en medio de algunos cursos. La ciudad se vuelve satélite de eventos académicos a los que asistí, vislumbrando otro espacio bajo la premisa de una individualidad ya ganada con mi edad, lo que posibilita acercarme a ella bajo otras perspectivas, caminándola y abordando su sistema de transporte masivo Transmilenio, que ya traía su apodo de “transmilleno”, síntoma del crecimiento poblacional de Bogotá. Visitando otros lugares que de niño no visité, reconociendo aquellos ya conocidos, y teniendo la fortuna de hospedarme en las Torres del Parque, símbolo arquitectónico ubicado en el centro internacional construido por Rogelio Salmona, lo que te da otra perspectiva de la ciudad cuando en el día o la noche, observas desde uno de sus ventanales el paisaje, con el fondo de una plaza de toros que parece un cartel para “tiro al blanco”, y los cerros bogotanos que de espaldas, envían sus aires a medio contaminar.

La costumbre de mirar hacia la capital como horizonte para continuar las actividades académicas y laborales, ha sido y seguirá siendo una primera intención para un gran porcentaje de la población colombiana, hace parte de un proceso que podríamos definir por pasos: primero, desde el terruño de nacimiento; segundo, desde la capital regional; tercero, desde la gran urbe nacional, en este caso Bogotá. En ese orden de ideas, hice mi proceso, naciendo en Buga, teniendo mi etapa de escolaridad inicial junto a mi niñez y juventud allí, pasando a Cali, ubicándome en el barrio San Antonio, encontrando un trabajo en el Museo la Tertulia, y logrando la admisión a la universidad; para luego, “buscando mi destino” como la famosa película de los setentas de Dennis Hopper –pero sin moto y aventuras sicodélicas-, arribar a Bogotá para establecerme en el año 2007. Y vaya coincidencia, vivía en Cali en la carrera diez, y acá llegué a la calle decima; en la sultana del valle, vivía en una casa ubicada luego de una gran pendiente, acá vivo sobre la pendiente de una calle que se llama “la del calvario” que colinda con la “del fantasma” y “del farol”, a una cuadra de la circunvalar y a pocos metros de la Iglesia de Egipto, ejemplo colonial de los nombres que otrora caracterizaban estos espacios habitacionales de indios.


Ubicado habitacionalmente en Bogotá, comencé a identificar las cuadras y los sitios más trascendentales de mi interés: la tienda, las universidades colíndales, las calles peligrosas, la hora de recoger los desechos por parte de la empresa que presta este servicio, las rutas de buses que me acercan desde la calle diecinueve, los horarios de las bibliotecas, los museos, las salas de cine independientes –Cinemateca Distrital, Sala Fundadores de la Universidad Central-, y la privada llamada Cine Colombia en la calle veinticuatro, los bares caros y baratos, la librería Lerner, el eje ambiental –que de ambiental no tiene nada-, los sitios lumpen, y así sucesivamente, el espacio público con todas sus características y lugares se me fue convirtiendo familiar, algo que al día de hoy, lo asumo como propio con sus encantos y desilusiones.

Viviendo en La Candelaria –centro histórico-, aprecias algunas características que hace de está pequeña ciudad en medio de otra ciudad, un espacio particular. Calles que no son uniformes, casas de todos los estilos, desde las diseñadas con gusto arquitectónico, hasta las que se están cayendo por su vejez. Hostales por doquier, inclusive con nacionalidades definidas, como el caso de una casa para judíos –no errantes-, u otras que habitan a extranjeros mochileros que llegan en busca de aventuras diversas, donde el consumo de alucinógenos es una de ellas. Restaurantes gourmet o tradicionales. Fotógrafos extranjeros o nacionales buscando los mejores ángulos en la mañana, la tarde o la noche, bajo el vigilante resguardo de un conductor ajustado por un hotel Bogotano. Seres humanos que pasan recogiendo lo que a otros no sirve y dejan a su deriva en al calle, aquellos que mal llaman “desechables” y otros recicladores. Policías motorizados o en patrullas que pasan lentamente vigilantes en busca de “roedores” humanoides, pero que no capturan nada o aparecen luego de la faena. Jóvenes dueños de lo ajeno que suben y bajan las calles en busca de su víctima más propicia para asaltarlos en su buena voluntad. Mujeres adolescentes que bajan muñequeando a muñecos de verdad bajo los destinos de una ciudad difícil. Feligreses que acuden al llamado de las campanas de la iglesia barrial, que sagradamente suena un fin de semana a las 9:30, 11:30 y 5:30 para que acudan allí a sus pedidos sacros coordinados por el cura de turno.

Bogotá me acogió con sus diversos servicios, aquellos que fui descubriendo al pasar de los días, desde los más simples como el ubicar la tienda de barrio más acogedora, hasta la más compleja; sostenibilidad por medio de las opciones laborales, que satisfactoriamente han estado vinculadas a referencias académicas, ya sea como asistente de investigación o como ganador de una pasantía o beca del Ministerio de Cultura. Allí, en esos espacios individuales de investigación, conocí y vislumbré el tipo de ciudad en la que estaba inmerso, como asiduo visitante de ambientes culturales que entraron a formar parte de la cotidianidad, algunos más que otros, entregando un conocimiento único que ha servido para instaurar en mi proceso formativo un camino definido que recorro con cierta in-tranquilidad.



La vida cotidiana en Bogotá se enmarca, en mi caso, en actividades regulares que normalmente se vuelvan mecanizadas, por ejemplo en mi ida y venida a la Universidad Nacional tengo cuatro opciones para abordar el sistema de transporte: primero, saliendo a la avenida circunvalar al frente la Universidad Externado de Colombia, tengo una ruta que me lleva por el camino de los cerros que recoge “la media torta”, la entrada al funicular para subir a Monserrate, la Quinta de Bolívar, la Universidad de los Andes, y busca su encuentro con la calle 19, una vez a cogido el breve trancón de autos que puede convertirse en exasperada espera, baja en busca de la carrera decima, para ubicar la destruida calle 26 por las obras de un trazado del Transmilenio, y ¡ahí si fue Troya!, porque puedes contar con la suerte de un avance efectivo que te ubique al frente de “la nacho”, o por el contrario soportar un “nudo de botella” en las inmediaciones del Concejo de Bogotá que te hará llegar tarde. Segundo, salir de mi casa llamada “la pila del agua”, y bajar por la calle decima a la carrera 6, y allí esperar una de las rutas, casi siempre con el cupo lleno, y este ciudadano por ende parado, vehículo que buscará la calle once al frente del Centro Cultural Gabriel García Márquez -construido en ladrillo limpio por el mismo arquitecto de las ya citadas “torres del parque” y de nuestro frío edificio de postgrados en Ciencias Humanas-, para cruzar en la carrera séptima medio congestionada hasta la calle 26 en un cruce no muy vial, y allí vivir la misma “odisea” relatada en líneas anteriores. Tercero, atravesarme La Candelaria vía “chorro de Quevedo” ojalá aseado para llegar al “parque de los periodistas” o culebrear entre calles hasta la 19 para abordar una ruta que tendrá las mismas características de las otras opciones, pero seguro con otra sintonía de tiempo y paciencia. Cuarto, ir a la estación de “las aguas” o “el oro” y abordar un Transmilenio que me lleve a la estación de Ricaurte para atravesarme su largo túnel, y abordar nuevamente una ruta que me llevé por la carrera treinta a la estación de las inmediaciones de la universidad, para salir y pasarme el puente peatonal, entrar a la “ciudadela blanca” y caminar unos minutos en medio de los vendedores estudiantiles ambulantes -de mecato o galguería, programas de computación piratas, y claro está el cinema clásico, independiente, arte o de cartelera como según la oferta se ofrece ahora-, viendo de reojo al Che que observa a Camilo sigo mi camino hasta llegar al edifico Manuel Ancizar y así disponerme a recibir conocimiento; comparando, me queda mejor llegar por la calle 26.

Igualmente, para el divertimento, se vuelven costumbre ciertos sitios de encuentro: “doña Cecilia o Cesi” en la calle cuarta, cerca al cruce del eje ambiental, un espacio digno de observación en modas, y personajes particulares medio “lumpescos”. “El Viejo Almacén” de Mariela, renovado actualmente, con menos espacio, nos acerca a los buenos aíres del tango gardeliano, y de otros cantautores del arrabal, en la calle contraria a la librería Lerner. Y si de salsa, bolero, montuno, y timba cubana se trata, el “goce pagano” cerca a Uniandes o “quiebracanto” sobre la carrera quinta vía a la Biblioteca Luís ángel Arango, nos recibe con la rumba.

Don José María Vergara y Vergara estaría sorprendido al ver que una de sus tres tazas manda la parada en su céntrica ciudad, el café bebida nacional por excelencia –dice la publicidad nacionalista de Colombia es pasión- esta ubicada estratégicamente para que sus visitantes en la capital se adentren con el aroma que los seduce, bajo el sabor de un café que lleva nombre de campesino cafetero. Pero no es el único negocio del café que atrae, espacios por doquier encontramos en las calles céntricas, algunas con sus propias marcas y maquinas instantáneas, otros todavía con la greca que en estas “alturas” quedan por fuera ante la posibilidad del “recalentamiento” de un tinto, recordando que la publicidad dice “tomémonos un tinto, seamos amigos”. Pero las dos tazas que quedan de Vergara y Vergara, el chocolate y el té, tienen su cabida y sobreviven en la carta, el cacao como acompañante del tamal santafereño, y el té bajo la reunión social que algunas damas todavía asumen como en antaño bajo el estilo ingles en la tarde, y a las cinco y treinta.

Finalmente, Bogotá en su movilidad urbana, seguirá teniendo características particulares que la diferenciarán del resto del país: Centro de encuentro con la realidad política nacional que excluye el resto del país, con gentes raizales y adoptadas que caracterizan rasgos diversos de nuestra geografía nacional, ciudad con espacios públicos donde confluyen “la carne y la piedra” en medio de lo sacro y lo profano. Con ese luto en el vestir que observamos en medio de su clima nubloso y frío, poco deja al ojo voyerista de las ciudades calientes; acogiéndonos, nos recogemos para calentar nuestros cuerpos y adentros, ante la posibilidad de “la nostalgia por el lugar autóctono” que nos puede dar cuando somos ajenos a su espacio, sin embargo, la asumimos, y en últimas la entendemos, porque día a día la llegamos a querer y odiar en un sólo suspiro.

Imágenes
-Chorro de Quevedo -www.elespectador.com-
-Cerro de Monserrate -Colección particular-
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