domingo, febrero 05, 2012

La Puesta en Escena de los Dictadores –segunda parte-


Reseña: Cesar Sabater, Jaime Noguera, Kepa Sojo, Alberto González, Dictadores en el Cine –la muerte como espectáculo-, Centro de ediciones de la Diputación Provincial de Málaga (CEDMA), 2007, págs. 371.

Stalin
El texto de Kepa Sojo –Doctor en Historia del Arte, Universidad del País Vasco-, se titula Stalin el Dictador de Acero. Tras una breve reseña de Stalin, el autor analiza la relevancia del personaje histórico como personaje cinematográfico en cuatro  características: 1-Periodo estalinista, filmes propagandísticos sobre el dictador promovidos por su gobierno; 2-Cine norteamericano anti-nazi previo a al II Guerra Mundial; 3-La visión de Stalin y su época desde antes y después de la perestroika y el cine actual de los países del Este de Europa; 4-La representación del mito desde la óptica del cine occidental de las últimas décadas (pp. 237-238).

El culto a la personalidad de Stalin es abordado por el autor de una forma directa con respecto al uso de la cinematografía como medio de poder político:

[…] La presencia de Stalin como personaje cinematográfico en el cine de ficción soviético de la época viene marcada claramente por los acontecimientos políticos internacionales y por la propia situación socio-económica interior. Este tipo de cine hagiográfico, triunfalista, panfletario y propagandístico comienza a llevarse a cabo en 1937, y coincide con el desarrollo del tercer plan quinquenal de desarrollo promovido por el georgiano. Podemos establecer el año 1942  como limite de este primer momento de presencia del líder comunista  en películas del momento (pp. 240-241).

Las cintas de este periodo reseñadas por Sojo son: Lenin en octubre, Mijail Romm y Dimitri Vassiliev, 1937; El Hombre de la Pistola, Sergei Yutkevitch, 1938; El Gran Incendio, Mijail Ciaureli, 1938; Lenin en 1918, Mijail Romm, 1939; La Barriada de Vuiborg, Grigori Kozintsev y Leonid Trauberg, 1939; Siberianos, Lev Kulechov, 1940; Valeri Chkalov,  Mijail Kaltozov, 1941; La Defensa de Tsaritsin, Georgi y Sergei Vassiliev, 1942; El Juramento, Mijail Ciaureli, 1946;  El Tercer Golpe, Igor Savchenko, 1948; La Caída de Berlín, I y II, Mijail Ciaureli, 1949; La Batalla de Stalingrado I, Vladimir Petrov, El Primer Frente, 1949 y II Vencedores y Vencidos, 1950; El Inolvidable Año 1919, Mijail Ciaureli, 1952;  Torbellinos Hostiles, Mijail Kalatozov, 1953.


Con respecto al cine americano Pro-Soviético anterior al fin de la II Guerra Mundial, el autor nos presenta dos párrafos introductorios en donde se deja anotada la rareza de esta filmografía ante lo que posteriormente sucedería en la postguerra, referenciando dos filmes -Misión a Moscú, Michael Curtiz, 1944;  La Canción de Rusia, Gregory Ratoff, 1944-, igualmente anotando:      

[…] No obstante, es preciso recordar que la Unión Soviética y Estados Unidos fueron aliados frente al enemigo común nazi en la fase final del conflicto bélico. Es por ello por lo que, de manera tenue, se desarrolló en Hollywood un cine propagandístico  anti-nazi y curiosamente pro-soviético que se ve, desde el punto de vista actual, con  cierta sorpresa, ya que asombra ver al posterior enemigo número uno del bloque capitalista y a su cabeza visible, el temido Stalin, tratados con cierta simpatía y bonhomía frente al peligro alemán (p. 264).

Al analizar Stalin desde Rusia y los países del este antes y tras la perestroika, Sojo describe los cambios de un cine megalómano en torno al líder, y la desaparición de su figura luego de la denuncia política estalinista que desde el XX Congreso del PCUS llevó a cabo Nikita Kruschev, referenciando brevemente algunas películas (p. 270); también explica el giro suscitado con la llegada otro estilo de gobierno y las puestas en escena del personaje:

[…]Los años ochentas supusieron un período histórico de desgaste para el sistema soviético. De este modo, la llegada al poder de Mijail Gorbachov y sus propuestas aperturistas de perestroika y glasnost tuvieron su reflejo en un cine que iba a al deriva y lastrado por una situación socio-política que giraba éntrela nostalgia a los tiempos pretéritos y la denuncia a al época estalinista, que suponía una gran cruz a las espaldas de lo soviéticos. Era el momento de revisar un ay otra vez la historia por medio del cine para intentar eliminar el sentimiento de culpa que aún flotaba en el ambiente por lo sucedido años atrás. Stalin  y su época eran al cine soviético lo que era Vietnam para los norteamericanos o la Guerra Civil para los españoles (p. 271).    

Inclusive, se asume una nueva forma de abordar a Stalin en los años noventas, desde una mirada cómica y paródica para desmitificar su figura y estilo de gobierno, con cintas como El Camarada Stalin va a África, relacionado con el film español Espérame en el Cielo, el cual trata el tema sobre un supuesto doble de Franco; igualmente con cintas decididas a presentar otras miradas del georgiano como El Testamento de Stalin, además de otros trabajos fílmicos que fueron inclusive llevados a la pantalla chica (pp. 272-273). 

Para concluir este capitulo, Kepa Sojo reseña la visión occidental del mito desde la óptica actual, explicando cierto reposo que sobre la figura de Stalin se hizo después de su muerte en el lado occidental para representarlo cinematográficamente, sobretodo en el caso de las filmografías estadounidenses y británicas que buscaron en el personaje una opción de poner en escena su figura, en el caso hollywoodense con las caracterizaciones de conocidos actores como Robert Duvall, F. Murray Abraham, y Michael Caine; aclarando que muchas de las obras occidentales sobre Stalin, fueron películas para televisión e incluso teleseries por capítulos, pasando a referenciarlas brevemente  (pp. 274-275-276). Además de una breve conclusión, el autor nos regala la filmografía estalinista, y algunas referencias bibliográficas.

Otros dictadores   
Sobre otros dictadores recreados en el séptimo arte, Jaime Noguera hace una reflexión por espacios geográficos mundiales, sobre África sugiere que los dictadores de este continente no han sido llevados a la pantalla con la misma asiduidad que los surgidos de la cultura judeocristiana (p. 289); reseñando algunas obras donde aparecen dichos hombres, tal es el caso del dictador del Zaire Mobutu Sese Seko, el señor de Uganda Idi Amin –el más puesto en escena-, y Charles Taylor, jefe del Frente Patriótico Nacional de Liberia (pp. 290-291). Del continente Asiático, el más representado es Mao Zedong, desde la misma China hasta los casos occidentales de Hollywood en películas como Nixon de Oliver Stone, y Kundun de Martín Scorsese; igualmente, el militar golpista indonesio Suharto, el líder filipino Ferdinan Marcos, el camboyano Pol Pot, y finalmente el dictador norcoreano Kim Il Jong (pp. 295-296).  

Regresando al viejo continente, las referencias se dirigen a Lenin, Nikita Kruschev, Leonid Brezhnev, y Yuri V. Andropov desde el lado ruso.  Para el caso yugoslavo, la figura de Josip Broz Tito tuvo sus minutos fílmicos, en documentales informativos así como cintas de largometraje de ficción. El Francia, se suma el Mariscal Henri-Philippe Petain, además de listar algunos dictadores que todavía no han tenido la primicia de ser representados en el cine, y con cierta ironía obviar la cinematografía dedicada a los pontífices desde el Vaticano (pp. 297-302).

Las representaciones de dictadores en el mundo Arabo-Islámico, es poca, y según Noguera, su vertiente de ficción no ha tratado sus figuras de una forma seria. Entre sus puestas en escena se encuentra una parodia al Shah de Persia, interpretaciones de Ayatolá Jomeini, Muhammad Gadafi,  y Saddam Hussein (pp. 303-304). Finalmente, Latinoamérica, con la figura de Fidel Castro, primero como extra de algunos filmes –Escuelas de Sirenas, Holiday in México-, parodiado por Woody Allen en Bananas, así como otras referencias dedicadas a su figura. El panameño Noriega, el dictador chileno Pinochet, y dominicano Rafael Leónidas Trujillo, se suman a la celebridad cinematográfica con sus retratos en pantalla (pp. 305-306).


La muerte como espectáculo
El último artículo de este libro, escrito por Alberto González –Licenciado en Filología Hispánica-, es un ensayo mordazmente presentado que nos saca constantemente de la seriedad del tema, aunque para que ser serios a la hora de abordar los dictadores, mejor tomarlos en burla para aguantar sus desastres. Por lo tanto, el disfrute de su lectura nos lleva por cuatro muertes, la de Mussolini, Hitler, Franco y Stalin, cada una con una particularidad enredada en medio de análisis apropiados de disfrute único. La muerte, presente en cada uno de sus estilos de gobernar, no les fue ajena, cada uno tuvo lo que mereció en espacios diferentes, sucumbieron dependiendo de sus contextos históricos, por eso la descripción que nos presenta González se rige en sus formas y medios de utilizar sus figuras a favor de sus causas, políticas y guerreristas, cruzado con ejemplos vivos, literarios y  cinematográficos.

Cada dictador es retratado con sus entornos más cercanos, la fealdad de sus vidas posibilita entender un poco sus formas de raciocinio, valor agregado del autor, que con su conocimiento plasma un sinnúmero de hechos concernientes a la vida privada de estos personajes que igualmente fueron tan públicos. Por lo anterior, presento algunas citas, para ejemplificar la idea central de González:

[…]Muerte primera. Mussolini.
El 28 de abril de 1945 Mussolini muere de muerte doble. La suya propia, muerte fusilada en una cuneta, y la pública, muerte medieval y ejemplarizante (p. 311)
La muerte pública de Mussolini es, pues, una muerte de trofeo de caza, de pieza cobrada que  es puesta boca abajo para que se desangre y se oree. “Colgados boca abajo” subrayó Hitler en el parte que el entregaron el 29 de abril. (Boca abajo, piensas tú, para que se viera menos esa cabeza de Minotauro demoledora u desafiante. “Una muerte fea, innoble” pensaría posiblemente el Duce se si hubiera podido contemplar. Pero no se contempla, que está muerto y bien muerto de muerte colgada, apaleada y puesta del revés para que todo el mundo viera que siempre hay un castigo, una justicia y unos valores sólidos  sobre los que la sociedad se asienta etc.… (pp.320.321).      

[…] Muerte segunda. Hitler.
Hitler murió de muerte suicida de pistola, con acompañamiento de cianuro, el 30 de abril de 1945 (p. 322).
Ahí lo tenemos sentado en el sofá junto a su esposa. La cabeza apoyada contra el respaldo y la boca torcida en la que aún pueden verse restos de cristal de la ampolla que contenía el cianuro potásico. (Cuando se despidió de sus secretarias, ayudantes y mayordomos, les dio a cada uno de ellos una ampolla de veneno). En la  sien derecha, Günscher y Linge pudieron apreciar, como nosotros, un boquete negro del que manaba abundante sangre. Los pelos de alrededor estaban chamuscados por el fogonazo del disparo. La mano derecha inerte, después de haberse disparado con una pistola Walter 7,65. Eva Braun dispuso de otra pistola de menor calibre que no usó. Suicidada de muerte femenina acorde con la muerte suicidada de virilidad militar de su recién marido. (No es menester insistir sobre la estrechísima relación metafórica entre las armas y el falo) (p. 325).

[…] Muerte tercera. Franco.
Franco murió en su cama de muerte alargada. Empezó a morir a las once y cuarto de la noche del 19 de Noviembre de 1975. Su hija Carmen para que dejaran a su padre morir en paz, la que impuso a sangre y fuego a todos los españoles desde que el 18 de julio de 1936 se alzó en armas contra el legítimo gobierno de la República (p. 336).
Entonces Franco pudo morir por fin de shock endotóxico provocado por aguda peritonitis bacteriana, disfunción renal, bronconeumonía, úlcera de estómago, tromboflebitis, y enfermedad de Parkinson. Franco murió de viejo, en su cama y no de una gravísima herida en el vientre en acto de guerra. El gobierno de la República no le concedió la Laureada de San Fernando y Él, para reparar tamaña injusticia, se la concedió a sí mismo cuando estuvo bien derrotado y cautivo el pueblo español. Franco tuvo la suerte que no tuvieron Hitler ni Mussolini, que no pudieron saborear cuarenta años el poder. Franco fue muy  superior. Se sucedió a sí mismo en infinitas ocasiones y gobernó hasta casi cumplir los ochenta con el aplauso de todo el mundo, excepto Carrero Blanco, que desapareció por una calle de Madrid. España fue un inmenso coso taurino en aplauso unánime y entusiasta al único espada posible (p. 337)       

[…] Muerte cuarta. Stalin.
Por fin entran para recoger del suelo un cuerpo paralizado en su mitad, el habla perdida, respirando con dificultad hasta el día cinco de marzo que: “Abrió los ojos u dirigió una mirada extraña, furiosa, llena de temor ante la muerte, así como ante los rostros desconocidos de los médicos que se inclinaban ante él. Su mirada se posó en todos los presentes en una fracción de segundo y, entonces, en un gesto horroroso que aún hoy no puedo comprender ni olvidar, levantó la mano izquierda, la única que podía mover, y pareció como si señalara vagamente con ella hacia arriba o como si nos amenazara a todos. El gesto resultaba incomprensible, pero había en él algo amenazador, y no sabía a quién  ni a qué se refería…. Un momento después, el alma, en un último esfuerzo, abandonaba el cuerpo”. Svetlana (p. 362).

Posdata póstuma: El cuerpo de Stalin es entregado al momificador de Lenin. Volvió muy contento de sus vacaciones en el gulag siberiano para realizar el último trabajo. Piruetas de un destino justiciero y juguetón (p. 362).


En conclusión
El libro Dictadores en el Cine puede ser usado como una guía cinematográfica en los temas dedicados a los líderes políticos vinculados a la Segunda Guerra Mundial. Su organización aporta como catalogo de obras fílmicas con sus respectivas sinopsis y críticas, un valor agregado a los lectores que no conocen dichas películas, y que por medio de su lectura pueden acercarse para su uso en los espacios individuales o grupales, vinculados desde esta perspectiva, con la enseñanza escolar; lo anterior, es posible por las posibilidades actuales de consecución de algunas películas sobre las temáticas.

Cada uno de los autores, encargados de explicar la puesta en escena de los dictadores a través del séptimo arte o la televisión, conceden una reflexión acorde al objetivo planteado, el cual se hace implícito: describir un poco la vida de estos nefastos personajes, y ponerlos en el foco de sus representaciones más importantes en el uso del cine como medio político de exaltación pública de sus figuras, desde la “realidad” documental, hasta las formas ficcionales vinculantes con diversos aparatajes de producción cinematográfica expresados en la industria internacional, caso Hollywood.

La seriedad en algunos argumentos bajo una bibliografía apropiada, la anécdota que se atraviesa como estilo narrativo, el humor negro, la entrevista. y un apoyo en imágenes acertado, aportan al contenido general del libro. Para los que leemos el texto desde este lado del globo terráqueo, nos queda las ganas de haber leído un capitulo más completo sobre la representación de nuestros dictadores latinoamericanos del siglo pasado –de uniforme y de saco-, trabajo que seguro algún investigador acucioso del cine tratara de registrar con el pasar de los años, tal vez cuando los nuevos y viejos cineastas, se atrevan a retratarlos en sus más “sublimes” poses.          
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