miércoles, abril 25, 2012

Jesús Abad Colorado, el fotógrafo del conflicto colombiano

Asistí el sábado 21 de abril a la Feria del libro en Bogotá, el motivo, la conferencia del fotógrafo Jesús Abad Colorado -Medellín, 1967- en el marco de la programación del Centro de Memoria Histórica. El comunicador se ha distinguido por rescatar las imágenes del conflicto colombiano: desgarradoras, fuertes, inhumanas y hasta bellas cuando se tratan de entregar un poco de esperanza. Todas las victimas, la mayoría desprotegidas por el Estado, y casi siempre campesinas, han quedado en su foco interpretativo de la maraña con o sin sentido de nuestra guerra, donde los victimarios se definen en tres actores: Paramilitares, Guerrilla –FARC y  ELN- y Ejercito Nacional, en el teatro de poblaciones abandonadas por los gobiernos, y con mezclas grandilocuentes de narcotráfico, grupos económicos, políticos locales, regionales y nacionales, algunos vinculados al Senado y alto gobierno.

Ya las había visto en algunas exposiciones celebradas en el país, en catálogos y libros de los informes del grupo de la Memoria Histórica, siempre con la misma impresión desalentadora atiborrada de realismo –no mágico-, que llega a los sentidos y provoca desgano, rabia y dolor ajeno desde la comodidad de un habitante citadino. En medio de la proyección de sus fotos, la mayoría en blanco y negro -una especie de luto grafico-, el autor narra, explica, se emociona, hace pausas, se entristece, se dirige al público, vuelve a la imagen y nos entrega una historia del país en los últimos veinte años donde las masacres y desplazamientos sirven de fondo al dolor humano de centenares de colombianos desde diversos puntos de nuestra quebrada geografía.   


Foto: Comuna 13 Medellín, Colombia, 2002.

¿Cómo empecé a documentar la guerra? –dice Jesús Abad Colorado- “En el periódico El Colombiano, en el año 1992, frente a la escuela de Alto Bonito donde cayeron 14 militares regulares, retratando la última clase expuesta en el tablero donde se  contaba la historia de Caín y Abel”. Después, cuando ya hemos visto parte de su colección, nos dice: “a los campesinos nunca les creímos, nos acostumbramos a ver desaparecidos a asumir el conflicto como algo regular”. Sobre el caso particular de Puente Salamita narra: “Colombia está lleno de lugares que necesitan que se cuente la historia, contar el espejo roto de la guerra y la construcción de la paz en Colombia”, allí en ese sitio “sólo se encuentran pedazos de cemento, con personas como la inspectora María Hernández que asustada, fue obligada a salir del pueblo”.           

Sobre la relación con los actores del conflicto -sus víctimas-, cuenta que lo primero con lo que se encuentran es el llanto, señalando sus victimarios, narrando lo que sucedió, con una particularidad, nadie los había escuchado, ni la iglesia y sus prelados, “¿por qué no hicieron algo? Porque el obispo dijo no meterse, seguir ahí para poder permanecer”; por eso la importancia de los “talleres de escuchar” dice el fotógrafo. ¿Pero donde están las imágenes de Salamita?, en la izada de bandera, en las procesiones, en los grados de las escuelas, en las reinas populares y escolares, los borrachos en sus cantinas, allí donde la fotografía fue importante para señalar que hubo un espacio y unas personas que hicieron parte de ese conglomerado, por lo tanto cobra relevancia el álbum familiar como benefactor de la memoria. ¿Qué queda de Salamita? “vías pavimentadas para fincas privadas, cercas eléctricas, y buen pasto para ganado”.


Foto: Vigía del Fuerte, Antioquia, 2002.

Pero si al álbum familiar sirve para en algunos casos, rescatar de la inopia una historia de vida inmiscuida en el conflicto, en otros casos no existe esta opción, “mucha gente en este país solo cuenta con la imagen de su cédula, lo único para mostrar, inclusive con su rostro borroso”, síntoma preocupante que borra la posibilidad de identificarse, por eso -cuenta el fotógrafo-, “yo les realizo su primera foto, para que la conserven y puedan identificarse, en algunos casos con todo lo que significa su entorno, la casa, los animales domésticos etc”.

Interesante la reflexión encaminada sobre los periódicos populares, aquellos que se atreven a publicar fotos macabras de “nuestros muertos”, imágenes que los principales diarios del país ya no ubican en sus portadas o secciones de orden público, con salvedades especificas determinadas con el orden gubernamental expresado por ejemplo, en los trofeos de guerra: Alfonso Cano, el mono jojoy, Pablo Escobar, etc. Por lo tanto allí, en esos semanarios o diarios, las posibilidades de encontrar noticias de desaparecidos o la cuestión de nuestra guerra, se convierten en una fuente de importancia básica, y muy usada en las regiones.           

¿Qué tiene de singular Ciénaga Grande, San Pedro de la Sierra, Bojaya, Machuca, San Luís, la Operación Génesis y Orión, Mapiripan, Trujillo, La Habana? El dolor humano expresado en la muerte de ciudadanos caídos bajo diversas formas de llevar la muerte en un acto violatorio del derecho más fundamental, la vida. El resultado, muchos problemas concernientes al entorno social y familiar, expresados en la descomposición de un país que escasamente conoce la realidad de nuestro conflicto en los últimos 20 años, solución apenas digna con los informes realizados por la comisión de la Memoria Histórica, las indemnizaciones económicas a algunas victimas, la judicialización de victimarios –faltan muchos desde diversos grupos económicos y políticos-, y ante todo la salida de ese espacio invisible en el que muchos nacionales se encontraban. Para culminar, parafraseando a Jesús Abad Colorado, “la guerra no sólo es la de las armas, es la del olvido, la indiferencia,  la falta de educación y salud, en un grueso de la población colombiana”.


Foto: Bosque quemado, Machuca Segovia Antioquia. 

Anexo
Desplazados Forzados y Humillados
Por: Jesús Abad Colorado L. –Enero 2007- 
No es fácil escribir cuando se habla con los ojos, mucho menos cuando se aprende a ver con el corazón. No es fácil presentar esta exposición fotográfica sobre el drama de la guerra y el desplazamiento forzado en Colombia, máxime cuando el rostro que allí se ve, es quizás el rostro de nosotros mismos, pero desconocido, ignorado y lejano. También, porque no queremos levantar la irada frente a ese espejo que nos refleja un pedazo de culpa y donde el rostro, es el de nuestros niños y el de hombres y mujeres humildes que han sido humillados hasta la saciedad, cuya riqueza y tragedia ha sido vivir en el campo y en el olvido. Su dignidad ha sido pisoteada por casi todos los llamados actores armados y políticos.

Mientras tanto, esta guerra contra los civiles, no cesa. Como un monstruo de mil cabezas continúa devorándose con prisa la piel de los jóvenes, a quienes en bandos opuestos les reparten monedas y migajas para salir a destrozar las ideas y sueños de campesinos y ciudadanos que anhelan un país con oportunidades y justicia social. Sobreviven los fusiles, también como siempre, los financiadores, los instigadores de la guerra, del dolor y del atraso. Sobreviven también, los corruptos e interesados en megaproyectos y en lavar el dinero del narcotráfico con la tierra de los despojados. Ellos, los señores de la guerra, se han convertido en los amos y dueños de la tierra.

Las víctimas deambulan marcadas con el titulo de desplazados y desterrados; excluidos y refugiados. Ellos son banalizados en informes y números estadísticos de distintos gobiernos que minimizan las cifras en disputas con las organizaciones no gubernamentales, a través de los medios de información.

Hombres y mujeres de comunidades mestizas, negras e indígenas de todo el país, no son seres anónimos. Tienen rostro y nombre y hacen parte de una patria donde armados y gobernantes juran con banderas o cristos defender. Ellos esperan aún, ansían aún, desean aún, que esta guerra termine. Quieren que se monstruo llamado violencia no continué arrebatándoles sus tierras, sus vidas y dignidad. Quieren vivir tranquilos. Están cansados y ofendidos hace años, hace siglos.

En, Memoria, lugar y desplazamiento: Un trayecto visual por Jesús Abad Colorado, Museo de Antropología, Universidad de la Columbia Británica, 2007.                   
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