miércoles, julio 04, 2012

Curiosidad, Cinema, Inquietud


En sus páginas, la revista Universidad dirigida por Germán Arciniegas en el decenio de los años veinte del Siglo XX, dedicaba una parte al séptimo arte con el título de Cinematógrafo, exponiendo notas sueltas informando sobre las estrellas de Hollywood, la cartelera fílmica de Bogotá -Salón Olympia, Teatro Faenza, Teatro Caldas-, y aquellas que analizaban el cine desde aspectos sociológicos, educativos y culturales en tono al sentido humanístico que ofrecía la publicación capitalina. Por lo tanto, Historias en Cine-y-Filo presenta un documento titulado Curiosidad, Cinema, Inquietud, escrito por Felipe Centeno en el número 145 de Universidad el 3 de agosto de 1929, texto interesante que analiza el cine en torno a su uso como espectáculo, a el sentir de sus asistentes, a su fortaleza económica, y finalmente a su proceso dirigido a convertirse en arte.
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1895. Después de largos años de investigaciones, pruebas, ensayos -¡quimeras!-, en las ocultas retortas de los brujos modernos –los sabios- un descubrimiento más que se logra… ¡La imagen que se mueve! ¡El movimiento que se aprisiona, capta y reproduce!... Un gran paso, si, pero… Que, como tantos otros, no parece, en principio, tener otra finalidad práctica que la de dar variación, novedad, a los programas de las barracas de feria. Los brujos, los sabios son los primeros que, ilusionados con la pura abstracción del viento, no ahondan toda su trascendencia. El industrialismo lo avizora, no obstante, y en torno a la cámara y al lienzo, al blanco y al negro, comienza a tragar inacabable redada de cifras. El concurrente a la barraca, ante los primeros balbuceos del invento metido o arte, se encoge de hombros sin entusiasmarse demasiado: por mucho tiempo aún han de considerar más dignas de su aplauso las contorsiones de la “bailaora” que en el tablado se muestra en todas sus dimensiones, que no las metamorfosis de su sombra en el lienzo: la cándida y ya prehistórica mariposa en colores… Y, sin embargo, ésta es y no aquélla, la que abre mil rutas hacia mil horizontes.      

Así, en principio, el cine no cambia nada, ni trae consigo revolución alguna, ni parece ir a ninguna parte. Los públicos más selectos se asoman alguna vez a la barraca, y salen molestos, arrepentidos, jurando no volver (todavía hay intelectuales que conservan y proclaman este juicio que del cinematógrafo formaron en el 1900. Desde entonces no han visto un metro de cinta…) Pero el industrialismo sigue haciendo números y viendo que las cifras crecen, se redondean, reinventan de opulencia, se adentra con ímpetu por el camino emprendido. Todavía no se sabe si la escena muda será un bello espectáculo, pero sí  puede asegurarse que la cinta de celuloide es un buen negocio. Basta esto para que los más fuertes capitalistas la prohíjen en todas las partes del mundo: la ayuden a entrar en sociedad, debidamente ataviada e instalada. La buena presentación y el buen crédito de sus padrinos, abre el cine, como a cualquier nuevo rico, de par en para todas las puertas. Y la barraca, en torno a todo el ancho mundo, se transforma en palacio. Claro que esto no basta…


No basta,  porque…, (¿1925?). He aquí que, de pronto, sin que aquellos que lo inventaron, que lo descubrieron, ni aquellos otros que lo prohijaron, que lo dotaron y enriquecieron, pudieran advertirlo a tiempo, el cine se ha transfigurado. Ha adquirido vida propia, relieve, contorno, hondura, vibración, realidad, sentido espiritual… Donde se puso únicamente un frío invento científico y unos cuantos millones de dólares, ha surgido la gran maravilla: ha surgido un arte. Un arte insospechado, nuevecito, inédito; un arte inquieto, loco, obsesionante, torturador para quien pretende hacerlo suyo, para quien quiere conocerlo y amarlo. Veinticinco, treinta años de barraca o palacio, de sumisión absoluta a la redonda del sabio y a la bolsa del capitalista, no han bastado a matar, a destruir el germen fecundo, la chispita divina, que –acaso un poquitín de contrabando- debió de colocarse en la originaria retorta. No sabemos qué hada burlona o qué geniecillo irónico la sumaría a la mezcla; el caso es que está dando mucho que hacer. ¡Y el que tiene que dar todavía!

Porque la chispa alcanza ya proporciones de hoguera. La hoguera de esta inquietud que hoy teje sus redes –como antaño los financieros sus mallas de números- en torno al arte nuevo, que es, esencialmente, arte de torbellinos, arte de curiosidad, arte de inquietud.

Referencia
-Felipe Centeno, Curiosidad, Cinema, Inquietud,  Revista Universidad, N° 145, Bogotá, 3 de agosto de 1929.
-Imagen de la película “La Bestia del Mar” de Lloyd Bacon, EE.UU, 1926, exhibida en los días de la publicación del artículo en los teatros de cine bogotanos.                  
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