sábado, julio 07, 2012

El Cine en Nuestra Ciudad


El texto que presento hace parte –igual que el anterior- de la revista Universidad, artículo de José Roldán Castello en el número 23 con fecha 2 de marzo de 1929. Documento escrito por un asiduo visitante al cine que se exhibía en la capital colombiana antes y durante el período que se publica la crónica, retratando brevemente el entorno social de la ciudad, haciendo mención a dos de sus teatros, reflexionando sobre algunas actrices y actores del espectáculo fílmico –el cielo de estrellas- e inclusive animándose en un párrafo, a buscarle usos acertados al cine como método de enseñanza a “nuestro pueblo”, y a censurarlo en la exhibición local. Los documentos encontrados, revisados, transcritos y publicados en el blog, cuya fuente es la revista Universidad publicada en Bogotá a inicios del siglo pasado, se convierten en una fuente importante para descubrir “un ´poco” las formas y modos de afrontar el hecho cinematográfico a través de lo observado en el lienzo, y lo analizado como referencia critica en torno al cine; un arte, que todavía en el período, se descubría con asombro.  
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Entonces… Bogotá era una ciudad vieja, escéptica, sentimental. Vivía de complicados convencionalismos, de absurdos prejuicios, orgullosa de sus cincuenta campanarios, satisfecha con sus calles desniveladas y sin asfaltar, de sus edificios sin alares y sin cemento, del andar lento de coches y tranvías… y satisfecha y orgullosa al mismo tiempo, de sus moradores que a imagen y semejanza de la ciudad, eran sentimentales, escépticos y viejos, con la vejez en las ideas, no en los años: ciudadanos aplacibles, de imaginación escasa, de hipócrita bondad! Entonces… Bogotá estaba muy distante del mar…

Alguna vez se supo de una palabra larga, de complejo significado: Civilización! Esa fue creando otras, también largas, difíciles: electricidad… cinematógrafo!

Una noche en el Teatro Colón, la curiosidad bogotana fue a cine: una película de cuarenta y cinco metros, en colores, que copiaba la “Danza de la mariposa” bailada por Loie Fuller, artista de gran nombre en los escenarios europeos. Después se vieron corridas de toros y trozos de óperas –Carmen. Tosca, El Barbero?...- cantados en francés. Era una especie de cine-ortofónico (“proyecciones parlantes presentadas en la casa Gaumont”)  precursor del cine hablado  que los grandes productores ensayarían más tarde… entonces, el cinematógrafo era una ingenua y poco afortunada imitación.

Fig.1 Loie Fuller.

Nuestro recuerdo se acerca, se contemporiza: en la pantalla del Olympia, Pina Menichelli, Francisca Bertini, Italia Almirante! Las bellas mujeres italianas –sus cuerpos bellos- orgullosas, fingidas, interpretando pasiones de un sabor fuerte y trágico, el eterno drama de los tres: “Fuego”, “Fedora”, “La estatus de carne”… Ya era una realidad, había gesto, acción, vida… a pesar del fingimiento, a pesar de las escenas incontables en las cuales el personaje principal era la luna!

Fig.2 Pina Menichelli.

Y “Judex”? No es imposible olvidarlo. De tántos rostros confundidos, remotos, el de René Cresté, queda todavía en nuestra memoria, amable, misterioso, con algo de esos “héroes” de las novelas de aventuras, que persisten en algún rincón del recuerdo y de pronto los vemos con el mismo asombro que en la época lejana cuando soñamos imitarlos.

Fig. 3 Judex.

Otro día, la invasión americana: Perla White, Juanita Hansen, Ruth Roland. La película en serie, fastidiosamente igual, enseñadora de pillerías y malas costumbres, intrascendente e inverosímil que es tanto como decir inútil….  Y sin embargo, nuestro público creyó que por eso era civilizado, y la preferencia, la admiración, todo lo que no tuvo la Bertini, por ejemplo, fue logrado por Ruth Roland. La multitud –gusto pervertido- prefirió y todavía prefiere, la maroma –sería esplendido un circo con Ruth Roland de “estrella”- al arte, la mentira a la verdad, el puñetazo canalla a la reverencia galante, el cowboy –muñeco falso- al hombre.

Ahora… Bogotá es una ciudad joven, alegre, frívola. Sus convencionalismos son menos egoístas, sus prejuicios más amplios, tiene orgullos mayores que el lucir cincuenta campanarios… sus moradores son frívolos, alegres, jóvenes. Ahora, Bogotá no queda tan distante del mar.

Fig. 4 Carrera séptima en Bogotá, los años veinte.


El cinematógrafo ya es una copia cierta algunas veces, y otras hechos posibles en la vida. Por lo general, aquello que se ve se asimila con mayor prontitud que lo que oye o se lee. Que formidable labor de enseñanza se puede obtener del cinematógrafo, y con él, qué sencillo inculcarle a nuestro pueblo la imaginación y la cultura que no tiene, que no conoce… En todas las películas? En la seleccionadas a conciencia, con suficiente criterio artístico y moral, en aquellas que llegan aquí de tarde en tarde, sin acaso media docena al año, por la falta de competencia y por la extraña despreocupación del público que soporta arbitrariedades que en otro país serían sancionadas por el mismo público, que tiene todo el derecho de exigir porque va a pagar. Somos demasiado confiados, demasiado tolerantes. Estados conformes con dos (?…) salones de cine, mirando películas de hace tres años.

En fin: menos mal que ya no es Perla White (que deliciosa hacer un elogio de los cabellos postizos de Perla White!) que ya no es Eddie Polo… Ya nos son los maromeros.
Ahora, es la mujer: Greta Garbo! Armoniosa, frágil, humana. La mujer que tiene una mirada extraña, indecible, tal vez la mirada que obsesionó los sentidos de Monsieur de Phocas! La mujer maravillosamente bella y cruel, que hace sentir y lleva dentro de ella la angustiosa existencia de los seres que tienen un destino fatal! En la mujer que es Greta Garbo –en su armoniosa feminidad, en su mirada que siendo perversa, también se humilla, y es triste y es casta!- están todas las mujeres… de todas las razas, de todos los tiempos… algo como una infinita prolongación de cuerpos, de almas, de rostros, de secretos…    

Fig. 5 Greta Garbo.

Y Adolfo Menjou, es el hombre! “Con su cinismo, con sus infamias, con sus generosidades. Como cualquier hombre. A sí en la mayoría de las comedias que él interpreta, Menjou vive como la mayoría de los hombres: sin tener conciencia de su vida. (De la vida que está representando). El día que la tenga morirá de fastidio…” porque sus generosidades y hasta sus infamias están en al sonrisa –dibujo cínico que hacen los labios bajo la cínica sombra del bigote- una sonrisa que es todo el misterio, la careta mentirosa que los hombres se ponen para engañarse a ellos mismos y para satisfacer la curiosidad de los demás, engañándola también!

Fig. 6 Alfredo Menjou.


La creación del cinematógrafo, no fue la comedia graciosa en un rollo –Max Linder… visión suicida!- tampoco la “serie” inverosímil, ni posiblemente “la voz” de ahora…

Ha sido algo, más sencillo: una mujer y un hombre!

Tal vez porque la vida comenzó con un hombre y una mujer…

Referencia
-José Roldán Castello, El Cine en Nuestra Ciudad,  Revista Universidad, N° 123, Bogotá, 2 de marzo de 1929.


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