viernes, septiembre 07, 2012

Cine en la arena, y no es del torero


Asistí a una función cinematográfica especial en la clausura de la Semana del Cine Colombiano, en un espacio que cambio su razón de espectáculo dirigido a los toros donde la sangre, la arena, y su especial público mezcla de farándula y estrato social se aliaban. El cambio se dio por las presentaciones culturales que atraen a otro público, presenta otros entornos, y experimenta otras sensaciones en lo que se ve y escucha, me refiero a la ya reconocida Plaza Cultural La Santamaría.    


En plena noche del viernes me acerque a la plaza y entre en la fila, que ya larga, avanzaba lentamente, no para apreciar el espectáculo de la muerte de un animal, sino al disfrute de las imágenes de un país por medio del arte cinematográfico, debo admitir que las emociones son extrañas, la ubicación para apreciar la cinta es incomoda, y el viento de los cerros fuerte y muy frío en el enredo del circulo arenoso que ya no ve movimientos con el capote, banderillas sangrientas en posición fastidiosa, muletas carmesí en idas y venidas, y estoques a la defensiva. La pantalla, elemento básico que recibe “el tragaluz del infinito”, es la anfitriona solitaria que tiene al frente a sus fanáticos, gran mezcla de edades que ríen, aplauden, se evaden, y satisfacen ante lo visto.  

La película exhibida fue la ganadora del premio del público quien voto su preferencia en El Tiempo y Vive.in., según los datos del Ministerio de Cultura y el Área de Cinematografía, la cinta ganadora Apaporis, en Busca del Río, de  Antonio Dorado ganó con 5.988 votos, trabajo documental cuya sinopsis es la siguiente:

[…] Siguiendo los pasos del etnobotánico Richard Evans Schultes, en un diario de viaje desde Mitú hasta el río Apaporis, documentando secretos del conocimiento indígena y vivencias únicas en este rincón inexplorado de la selva amazónica. Algunas experiencias son relatadas por su alumno Wade Davis, autor del best-seller One River y explorador en residencia de la National Geographic. Con imágenes únicas, se revelan secretos milenarios como la preparación del yagé, a coca en polvo y el curare, además de una reveladora práctica para revivir a los muertos. Un documental auto-reflexivo en el que se cuestiona el desplazamiento de la guerra hacia la selva, cómo pese a la lucha de los chamanes por combatir los espíritus malignos, las comunidades se ven asediadas por la desaparición de sus lenguas y culturas (Catalogo Semana del Cine Colombiano, p.10).  



En medio de la presentación de su director, y los créditos requeridos, se dio luz y foco a la noche fílmica nacional, que en medio del frio se fue calentando con el fondo de un documental colombiano con factura caleña.  

Una apuesta a la “Bogotá más Humana” fue el objetivo del alcalde Gustavo Petro con la medida de cambiar el sentido de divertirse en este espacio arquitectónico de la ciudad donde muchas faenas han pasado por su historia: las de tauromaquia, las teatrales, las musicales, y las políticas, todas bajo el escenario de la vida nacional en el centro de poder.  Pero ya en la Plaza Cultural La Santamaría existe un antecedente con respecto a la exhibición cinematográfica en este espacio, lo narra Hernando Martínez Pardo en su Historia del Cine Colombiano publicado en 1978, inicialmente comenta las labores de  Marco Tulio Lizarazo al utilizar parlantes móviles instalados en carros para publicitar películas, y luego ante el éxito, el de proyectar cintas populares y gratuitas en la Plaza de Toros de Bogotá en la década del cuarenta:

[…] No fue difícil convencer al Alcalde de la ciudad para que le prestara el lugar. La financiación vendría de la proyección de publicidades por medio de “vidrios”, además de la gran publicidad que consistía en presentar el espectáculo a nombre de una empresa. La película la alquilaba en una casa distribuidora y él personalmente se encargaba de anunciar la proyección por medio de hojas volantes y del altoparlante móvil. La primera sesión tuvo tal éxito que la plaza de toros se llenó, las empresas interesadas en pasar “vidrios” se multiplicaron y el Alcalde le mandó gente para que le ayudara a organizar al público. En las siguientes sesiones Marco Tulio Lizarazo incluyó grupos de danzas para completar el espectáculo. El resultado fue que los teatros vecinos (Olympia, Santa Fe y otros) se quedaron vacíos; sus propietarios se quejaron ante el alcalde y a los 15 días de haberse iniciado las proyecciones populares de la Plaza de Toros fueron suspendidas. La amenaza de los teatros de declarase en huelga y de no pagar impuesto surtió efecto ante el Alcalde (pp.173-174).      

Lizarazo fue un negociante del cine que vio una oportunidad de oro, y en un espacio particular, teniendo una experiencia a usanza de los pioneros que llevaban el cine como espectáculo de feria, con la diferencia de estar patrocinado por algunas empresas y el aval de un Alcalde que tal vez obtenía beneficios. He ahí un bello ejemplo histórico de la historia cinematográfica colombiana desde el ámbito de la exhibición, que traída al presente con el ejemplo comparativo de la proyección fílmica del viernes 7 de septiembre, nos demuestra como podemos apropiarnos de espacios que parecían no podían tener otras actividades –aunque esporádicamente las tuvieran- diferentes para las que fueron creadas, en este caso cambiando la lidia de los toros por sobrevivir, a la vida del público ante los sentimientos impregnados por el cinematógrafo.   

Finalmente, les recuerdo que “hay cine en la arena y no es del torero”, una opción de divertimento para compartir en familia, y gratis.  
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