miércoles, noviembre 21, 2012

El Cine por primera vez –segundo corte-


Cada ciudad o población tuvo su primera vez con el cinematógrafo, y en ellas sus ciudadanos que sorprendidos o ansiosos del encuentro, se acercaron a ese invento insólito, sorprendente, peligroso, oscuro, mágico y soñador. Sin importar clase o condición social, convergían al espectáculo de feria que exhibía esas sobras luminosas del retrato de un mundo desconocido, y que se ponía al alcance del ojo y el oído. Así, a lomo de mula, en Colombia llegó el cine por primera vez a muchas plazas, entrando en una dinámica de recorrido y riesgo de algunos pequeños empresarios que veían en el negocio del cine una fuente económica de grandes réditos, tal cual como acontece con el texto que publicamos a continuación  sobre “el cinematógrafo” -por primera vez- en un sitio cualquiera de nuestra geografía nacional en 1939, acción que involucra las autoridades civiles del sitio, sus pobladores, y al arriesgado Asdrúbal, operador y exhibidor fílmico que recorre con ilusiones sitios inesperados para virar los rollos de historias desconocidas, a públicos ansiosos en el teatro de la vida cotidiana.                

El cinematógrafo
En el corrillo del martes por la tarde, en la plaza, frente a la casa parroquial, el barbero dio la noticia. El cura, el jefe civil, el médico, el juez de municipio, el procurador, el bachiller secretario de la jefatura civil, el boticario, el hacendado, y Anselmo Pérez, que no era nada pero cuyas opiniones se respetaban como las del que más, hallábanse sentados en sendas sillas de cuero cuyos espaldares apoyaban en los árboles.

-         ¿No lo saben ustedes, señores?  Un mozo de la capital, un tal Asdrúbal González, va a traer la semana que viene un cinematógrafo, y va a dar unas funciones.
-         ¡Al fin! –exclamó el bachiller, secretario de la jefatura civil-. Ya no era posible tolerar más este aislamiento en que vivimos: es necesario que la civilización llegue a nuestro pueblo, que nos abramos a las grandes corrientes culturales que circulan por el mundo. Nos estamos idiotizando.
-    Más nos valiera que llegaran perlas de quinina y vacuna contra la viruela, y no cinematógrafo –replicó el médico.
-         ¿Cinematógrafo? ¿Y qué llaman eso? –inquirió el hacendado.
-        Pero, ¿cómo? ¿Es posible que no lo haya oído mentar? –le preguntó Anselmo Pérez-. El cinematógrafo es un aparato modernísimo, la última palabra de la ciencia, por medio del cual se ven muñecos, con sus brazos y sus piernas y todo, tal cual una fotografía,  que se mueven sobre una sábana tendida que se llama pantalla.
-        Dicen que sale una vieja embozaleada que hace morisquetas para quitarse el bozal, lo mismo que si estuviera viva, y es divertidísimo –informó el boticario.
-         También aseguran que hay una pata que pasa caminando, con sus siete paticos detrás, y se echa a nadar en una laguna –dijo el procurador.
-         ¿Muñecos moviéndose solos sobre una sabana?
-         ¡Qué va! A otro perro con otro hueso –murmuró el juez de municipio-. De seguro que detrás de la susodicha sábana se pone alguno que mueve los muñecos con cordoncitos.  
-       ¿Y ese tal cinematógrafo no será medio subversivo? ¡Cuidado pues! –recelo el jefe civil.
-       Por lo menos es inmoral –anatematizó el cura-
Nada edificante debe ser eso de que aparezcan viejas embozaleadas haciendo morisquetas delante de un público formado por personas decentes y piadosas.

 Su opinión fue compartida por todo el sector conservador de la población
-         Ese fulano cinematógrafo tiene que ser invención del demonio –repetían las devotas.

En cambio, entre las muchachas casaderas, el entusiasmo era grande.
-         Ay, papá: no nos podemos perder del cinematógrafo nos tienes que llevar.

Alma de pionero o de conquistador, audacia de navegante por mares inexplorados o de sabio aventurándose en incógnitas regiones del misterio de la vida, tenía, ciertamente, Asdrúbal, aquella mañana en que tomó, con sus máquinas, sus aparatos, sus lámparas y sus reflectores, el plácido sendero de la aldea. Los cajones que se balanceaban, conteniéndolos, sobre el lomo de sus mulas, eran en apariencia de sobria y de sencilla madera: pero de ellos dimanaba un prestigio satánico. Las gentes los veían pasar como si fuesen sarcófagos.     

El joven tuvo que explicarle varias veces, y muy prolijamente, al jefe civil, en qué consistía su propósito, antes de obtener el permiso para la función.

El día anunciado, la población estaba sobre ascuas. Desde temprano las muchachas comenzaron a emperifollarse, y las mismas reacias de días antes, dulcificando sus escrúpulos, buscaban un pretexto para satisfacer su curiosidad.

-         San Jerónimo dice que es bueno enterarse del peligro para mejor precaverse de sus asechanzas.  

La turba de los chicos mosconeaba alrededor del solar que Asdrúbal había improvisado en teatro. A la hora fijada, el local estaba repleto, y el señor jefe civil hizo acto de comparecencia: grave el continente, taimada la expresión, examinó con suspicacia la casilla donde estaban las máquinas infernales, no quiso sentarse ni muy cerca ni muy lejos de ellas, e hizo que con cierto disimulo algunos agentes de policía se colocasen en su jurisdicción.


La tensión espiritual iba subiendo. Hacía calor, y la gente se revolvía en sus asientos, mirando con inquietud a Asdrúbal, quien, en mangas de camisa y después de haber contado las entradas, manipulaba sus artefactos.

Una obertura por la orquesta no hizo sino caldear aún más los nervios, poniéndolos al rojo vivo. Cuando la música terminó era el silencio tan profundo como una catalepsia. Ni los perros ni los lejanos gallos se atrevían a aullar en las calles o a cacarear en la burguesa holgura de sus corrales. Asdrúbal ultimó sus preparativos: todo el mundo se dio cuenta de ello, y todo el mundo palideció. Entonces metió algo en una máquina, giró sobre sus talones y apagó la luz.

El público quedo anheloso. Pasó un instante, un segundo instante: apenas un par de milésimas de instante. Entonces comenzó un ligero murmullo, que subió de tono con vertiginosa rapidez. Alguien se paraba de sus asientos. Varias sillas caían.
-        ¡Eso sí que no! ¡Aquí no me viene usted con vagabunderías! ¡Préndame esa luz, porque hay familias!
-         Gritó de repente, con su poderosa, tonante voz, el señor jefe civil. Sacó su revolver:
-         ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!

Lo descargó tres veces al aire. Los policías que estaban en su turno también produjeron los suyos, y comenzaron a disparar.  Había otras varias armas en el local: se supo porque todos se dejaron oír. Los que todavía no se habían puesto de pies, lo hicieron. Las sillas que no habían caído al suelo, cayeron. Una mujer principió a chillar:
-   ¡Socorro! ¡Socorro!
Otra le contestó enseguida:
-   ¡Ave María Purísima!
Los hombres se arremolinaban. Los chicos corrían.  

Las madres agarraban a sus hijos. Las novias se abrazaban de sus novios. Las esposas buscaban a sus maridos:
-   ¡Sinforoso! ¡Sinforosito Mío! ¿qué te has hecho?
Los cuerpos se tropezaban en la sombra. La gente se desbandaba hacia la entrada del solar. Algunos tropezaron con la casilla y al derribaron:
-   ¡Cuidado, que va a estallar! –gritó alguien.

Un señor obeso, que corría a cuatro patas, sintió que un pesado zapato de gruesos clavos se le asentaba con toda fuerza sobre la mano: dando un berrido de dolor se enderezó de golpe, y lanzó un puñetazo al frente. Sin decir palabra el vecino se revolvió contra él, le contestó con el mismo entusiasmo, y ambos se liaron a trompicones. Algunos que estaban cerca, alcanzados por los puñetazos, terciaron en la refriega. Varias señoras de edad fueron pisoteadas. Muchas muchachas sufrían magullones y sentían contactos nada delicados en diferentes localidades de sus cuerpos. Varios niños plañían a punto de perecer sofocados. De este modo ardían en el solar, hasta hace un minuto pacifico, numerosas guazábaras singulares, a la sombra del negro firmamento donde sonreían benévolamente las estrellas.

Fuente: Revista de las Indias, El Cinematógrafo, Época 2ª, N° 9, Septiembre de 1939.   
Imagen: Película Cinema Splendor, de Ettore Scola, 1988.   

jueves, noviembre 08, 2012

El cine por primera vez –Corte 1-


Un ejercicio de memoria sería recordar cómo fue nuestra primera vez ante la pantalla gigante, que película vimos, y cuáles fueron las sensaciones que sentimos de ahí en adelante ante la emoción de asistir a la función del teatro de barrio local, con quién fuimos, si fue entre semana o el denominado matiné para niños y jóvenes. Para algunos su visita a la sala oscura pudo haber sido en la escuela, en la campaña educativa que una reconocida empresa de aseo bucal entregaba cada año escolar con el famoso doctor muelitas y su frase “los dientes de arriba se cepillan hacía abajo, los dientes de abajo se cepillan hacia arriba”, filme institucional en 16 mm., y dibujos animados, acompañado del kit respectivo que cada escolar llevaba a su casa en el proceso comercial preciso que la empresa deseaba para ofertar su producto.

También en el colegio el cine se atravesaba de vez en cuando, nuevamente en 16 mm., con los famosos documentales educativos de la BBC de Londres en temas científicos o de ciencias naturales o una ficción religiosa para complementar la clase, Moisés o Los Diez Mandamientos. Pero la opción más concurrida que mezclaba diversas edades, y otros colegios, eran aquellos contratos que hacían los directivos escolares con empresarios externos que ofrecían alguna función en el principal teatro de la ciudad, con una cinta de moda o “adecuada” para la edad, hora y media de silbidos, disputas colegiales con grotescas palabras, besos fortuitos de parejas clandestinas, saboteo constante al vecino de al frente –chicles, escupitajos, jalones de pelo, etc.-, finalmente, el descanso para algunos –sobretodo los profesores- al denotar en la pantalla los créditos de tan in-sufrible experiencia.

Si devolvemos el rollo del tiempo a la exhibición primitiva del cine, encontramos que es un dispositivo envuelto en el espectáculo de feria, novedad científica que refleja el mundo real en la irreal sombra de un espacio adecuado para su efecto, la caverna de Platón con la cámara oscura descrita como una habitación con un minúsculo agujero en una de las paredes (Aumont, Marie, 2006:41). Con emisarios puestos en puntos estratégicos y universos diversos, precursores del cine que ofrecieron su invento proyectando cintas cortas de hechos cotidianos o por el contrario filmando el día a día para imprimir y proyectar en la noche, donde algunos espectadores sorprendidos veían reflejada su estampa y terruño en el cotidiano acontecer de su vida pública, sorprendidos asentían el impacto de verse, aplaudiendo, riendo o abrazándose con el público acompañante; por el contrario, violentados en su imagen, censuraban la desfachatez que sin autorización, había cometido el comerciante al ponerlos en evidencia ante los demás por el efecto de la imagen hecha movimiento.

Contrario a lo que se cree, el cine casero también fue tradicional en los primeros momentos del cine, refiriéndome a espacios pequeños con pocos asistentes al disfrute de la exhibición, inclusive con el cinematógrafo de Auguste y Louis Lumière entre las  sombras y las luces aquel 28 de diciembre de 1895 en el Salón Indio del Grand Café en el número 14 del Bulevar de los Capuchinos, cuando puso su artefacto a disposición de un público asombrado ante la salida de los obreros de la fabrica o el regador regado. Más adelante, con los usos emergidos en los avances técnicos, los pequeños proyectores aparecieron en la industrialización del arte para medios educativos y divertimento familiar, un ejemplo concreto fueron los denominados Pathé Baby que se comercializaron al espacio de la enseñanza escolar con películas de ese orden, y al ámbito privado de la sala con obras de Chaplin, Félix el Gato, o documentales del mundo –vistas en movimiento-.


El proyector fílmico, económico, sencillo y acomodado a las necesidades del público, se fue instaurando en las acciones de divertimento creadas por un sector de la población, sobretodo la de las altas esferas que podía acceder por su situación económica, al entramado completo: equipo, películas y pantalla. Forma de mostrar a los invitados cierto status cultural de acceso a un divertimento de moda en los ambientes sociales de las principales ciudades en las primeras décadas del Siglo XX, donde el cine en toda su extensión, podía ser observado sin mediar la censura.

Dos dimensiones de ver el cine fueron puestas al mercado por Eastman Kodak, la primera en  1923 con la película de 16 mm., oposición al ya tradicional cine en 35 mm.,  posibilidad para algunos países que veían en el formato un elemento económico y  sencillo de realización cinematográfica extensiva a diversos empleos, desde la educación hasta la diversión en privado. En 1932 apareció el Súper 8 –Cine Kodak Eight, u 8 Estándar- sistema casero que con el tiempo cobró relevancia entre cineastas, y que al día de hoy se recupera –igual que el 16 mm.- de archivos caseros para realizar obras fílmicas que ponen sobre el presente memorias opuestas o escondidas de un hecho familiar común.

Por su parte las cámaras de video en su evolución científica y técnica, aportaron al entorno cultural, económico y social  de los países en desarrollo, en el entramado de la creación artística, la aparición del medio televisivo, y su apuesta al uso casero para registrar los hechos más relevantes del hábitat familiar: cumpleaños, paseos, navidad, fin de año, etc., hacen parte del espectáculo privado puesto público al ser exhibido en momentos trascendentales cuando el hecho social lo ameritaba. Teniendo luego otros artefactos de la “reproductividad técnica” como dirá Walter Benjamín para las obras de arte, pero desde video y el cine, con el betamax creado por Sony en 1975, el VHS –Video Home System-  aparecido en el mercado en 1973 por JVC, los dos, casetes de cinta magnética en algunos casos regrabables, y que sirvieron para comercializar el cine y ponerlo al alcance del hogar, surgiendo un nuevo mercado de producción y exhibición con las video tiendas.

Con la aparición del DVD -Digital Versatile Disc- en 1995, nuevamente se transforma el mercado audiovisual, y con este la metamorfosis más efectiva de la conservación cinematográfica, algo insospechado en otros momentos en el ámbito del patrimonio, lo que puso en el mercado, elegante y ordinariamente, las películas más connotadas de la historia del cine, socializando el séptimo arte, convirtiéndolo más asequible en sus obras maestras, y creando cierta especialidad ficticia donde todos opinan y asumen el hecho fílmico en sus cineclubes domésticos, con tres características: como capital cultural -acorde a los diversos gustos-, vulgarización eficaz y generalización traumática.

El recorrido que he realizado pone de manifiesto algunas formas y medios de ver cine por primera vez, agregando que algunos como los de la telefonía móvil, y la internet con su plataforma, suman al hecho del encuentro con “el mundo puesto al alcance de la mano” como decía el mago George Méliès. Seguimos inmersos al mundo, más cercanos y con mayor intensidad, compartiendo, pegando, copiando, borrando, en medio de la infinita obra del ser humano que con los pasos del día a día sobrepone un nuevo invento.                         
              

lunes, noviembre 05, 2012

Cali, la ciudad del domingo


Escrito por el poeta Eduardo Carranza (1913-1985), el texto titulado “Cali, la ciudad del domingo” es una apuesta clásica del sentir y descubrir una ciudad en el entorno de la provincia colombiana en 1939. Reflexión poética que nos transporta en el tiempo a ese “Cali que se fue” o al denominado “Cali viejo”, tan constantemente traído al presente cuando en conversaciones con los adultos sabios de la vida, nos ponen en el telón de los recuerdos y las palabras, los espacios, las gentes, y los modos de vivir de la capital vallecaucana.  
   
1
Ya para llegar a Cali se nos enreda en el alma una vaga ansiedad de víspera. Esa amabilísima zozobra que nos invade las venas cuando se acercan aquellos días que, presentimos, serán domingos eternos del corazón. Parece que la ciudad avanzara un brazo de aroma, de tibia felicidad, de lánguida música, un envolvente abrazo de inexplicable hechizo, para atraernos, desde lejos. Parece que la ciudad nos mostrara, allá, unos maduros labios de fruta, que nos llamara, suave y urgida con una caliente vocecita.

La luz se filtra por el aire con un dorado rumor de flotantes trigales: cae “como un agua seca” este férvido sol del Valle, dulcísimo arquitecto de las frutas: dos mariposas, satélites del arco-iris, ensayan su dichosa telegrafía de reflejos. Parecen los guaduales sedosamente desmayados bajo una invisible caricia. Yo no sé por qué me ha parecido siempre que los guaduales son las esponjadas palomas en el reino de los árboles.

El paisaje del Valle se alarga tan perezoso y voluptuoso, tan de hamaca y olvido, que nos olvidaríamos del cielo si no estuvieran allí las palmeras para recordádnoslo. Vibra, de repente, un pitazo trémulo y altísimo que parece enarbolar toda la claridad del mediodía. Y estamos en Cali, ya en plena fiesta, en cabal domingo, sin azules brumas de víspera, con segura luz de presente. Estamos en Cali, la sirena disfrazada de ciudad.

2
Hay algo embriagador en el aíre de esta ciudad habitadas por figuras de moreno cuerpo flexible. Llevan floreados trajes de olán que, entre la brisa, son como jardines volando. Nos miran con nocturnos ojos venidnos de no sé qué ensueño árabe. Las voces ondulan, alegres y salinas como delgadas olas. Avanzan con una delicada violencia, con una firme dulzura, desenvolviendo en la luz un móvil friso palpitante. Sus brazos abren melodiosos surcos, lentos, en el día de claro semblante. Se diría que pequeñas olas levantadas, andarinas y cantarinas, han invadido las calles, viendo cruzar a nuestro lado a estas niñas que tienen las voces y los ojos más jóvenes que el cuerpo. Por la tarde es dulce vagar mientras la diurna claridad se avapora sobre los jardines.

En el fondo de un vago salón unas manos que no sabemos ascienden y descienden por esa escala del piano en donde reside toda la música. En la cima de aquella escala, ingenuamente bella, nuestro sueño sitúa a una colegiala de pestañas onduladas por la costumbre de poner a vagar las miradas y los pensamientos por otro cielo de amorosas nubes. La tarde se va, insensiblemente, como una música que se aleja. Y parece que momentáneamente quisiera eternizarse en el perfil de los modernos edificios cortado a pico por el diamante del último sol.


3
Hay un sitio cercano a Cali que parece haber nacido en el habla de aquellos poetas de oriente que loaban las rosas y el vino en baladas de lánguida estructura. Ascienden las palmeras que tienen en al cima de verde lucero desflecado. Las horas se deslizan blandamente entre guaduales que, antes, en el tiempo del vuelo, debieron tener plumas y volar. Zumba la luz como una abeja ebria. Allí mis ojos vieron a esa muchacha que, nadando, era igual a una espada de música en el corazón de la piscina. Era como un vivo jazmín de largo talle, blanco no, moreno, dorado, inexpresable. Su perfil se diría cincelado en una estrella: tan delicadamente puro. Tiene un rítmico nombre octosílabo en donde podrían apoyarse todos los romances de la galantería. Por sus labios hablaba y sonreía esa sirena disfrazada de ciudad que es Cali, mientras una garza volaba sola, semejante a una blanca tilde extraviada.

4
Cali. Tatuaje azul en la memoria. Aire sembrado de canciones. Tras el bordado hierro gongorino de las rejas se desdibujan morunos rostros de almendros ojos que fulguran sombríamente. Sobre algunos patios flotan los fantasmas de voces ya idas entre el encantado balbuceo de un agua que nos refresca el alma. Un río de curvo rumor le ciñe orlas de espuma y la abraza con un nocturno abrazo de serenata. En la mañana vemos unas lejanas, azúleas, casi diáfanas montañas. 

Pensamos que de un momento a otro van a disolverse en una columna de celeste humo. Más allá está el mar tejiendo su eterno madrigal de espuma o su ronca oda de tifones. Y nos parece que las montañas son una remota armada de cristal con desplegadas velas de tremulante y azul gasa, lista para zarpar hacia una playa del sur en donde pasean, morenas, las muchachas, entre un viento de oro, entre doradas palmeras y bajo el vuelo maravilloso de los pájaros multicolores.    

Fuente e imágenes
-Eduardo Carranza, Cali, la ciudad del domingo, Revista Estampa, Bogotá, abril de 1939.