lunes, noviembre 05, 2012

Cali, la ciudad del domingo


Escrito por el poeta Eduardo Carranza (1913-1985), el texto titulado “Cali, la ciudad del domingo” es una apuesta clásica del sentir y descubrir una ciudad en el entorno de la provincia colombiana en 1939. Reflexión poética que nos transporta en el tiempo a ese “Cali que se fue” o al denominado “Cali viejo”, tan constantemente traído al presente cuando en conversaciones con los adultos sabios de la vida, nos ponen en el telón de los recuerdos y las palabras, los espacios, las gentes, y los modos de vivir de la capital vallecaucana.  
   
1
Ya para llegar a Cali se nos enreda en el alma una vaga ansiedad de víspera. Esa amabilísima zozobra que nos invade las venas cuando se acercan aquellos días que, presentimos, serán domingos eternos del corazón. Parece que la ciudad avanzara un brazo de aroma, de tibia felicidad, de lánguida música, un envolvente abrazo de inexplicable hechizo, para atraernos, desde lejos. Parece que la ciudad nos mostrara, allá, unos maduros labios de fruta, que nos llamara, suave y urgida con una caliente vocecita.

La luz se filtra por el aire con un dorado rumor de flotantes trigales: cae “como un agua seca” este férvido sol del Valle, dulcísimo arquitecto de las frutas: dos mariposas, satélites del arco-iris, ensayan su dichosa telegrafía de reflejos. Parecen los guaduales sedosamente desmayados bajo una invisible caricia. Yo no sé por qué me ha parecido siempre que los guaduales son las esponjadas palomas en el reino de los árboles.

El paisaje del Valle se alarga tan perezoso y voluptuoso, tan de hamaca y olvido, que nos olvidaríamos del cielo si no estuvieran allí las palmeras para recordádnoslo. Vibra, de repente, un pitazo trémulo y altísimo que parece enarbolar toda la claridad del mediodía. Y estamos en Cali, ya en plena fiesta, en cabal domingo, sin azules brumas de víspera, con segura luz de presente. Estamos en Cali, la sirena disfrazada de ciudad.

2
Hay algo embriagador en el aíre de esta ciudad habitadas por figuras de moreno cuerpo flexible. Llevan floreados trajes de olán que, entre la brisa, son como jardines volando. Nos miran con nocturnos ojos venidnos de no sé qué ensueño árabe. Las voces ondulan, alegres y salinas como delgadas olas. Avanzan con una delicada violencia, con una firme dulzura, desenvolviendo en la luz un móvil friso palpitante. Sus brazos abren melodiosos surcos, lentos, en el día de claro semblante. Se diría que pequeñas olas levantadas, andarinas y cantarinas, han invadido las calles, viendo cruzar a nuestro lado a estas niñas que tienen las voces y los ojos más jóvenes que el cuerpo. Por la tarde es dulce vagar mientras la diurna claridad se avapora sobre los jardines.

En el fondo de un vago salón unas manos que no sabemos ascienden y descienden por esa escala del piano en donde reside toda la música. En la cima de aquella escala, ingenuamente bella, nuestro sueño sitúa a una colegiala de pestañas onduladas por la costumbre de poner a vagar las miradas y los pensamientos por otro cielo de amorosas nubes. La tarde se va, insensiblemente, como una música que se aleja. Y parece que momentáneamente quisiera eternizarse en el perfil de los modernos edificios cortado a pico por el diamante del último sol.


3
Hay un sitio cercano a Cali que parece haber nacido en el habla de aquellos poetas de oriente que loaban las rosas y el vino en baladas de lánguida estructura. Ascienden las palmeras que tienen en al cima de verde lucero desflecado. Las horas se deslizan blandamente entre guaduales que, antes, en el tiempo del vuelo, debieron tener plumas y volar. Zumba la luz como una abeja ebria. Allí mis ojos vieron a esa muchacha que, nadando, era igual a una espada de música en el corazón de la piscina. Era como un vivo jazmín de largo talle, blanco no, moreno, dorado, inexpresable. Su perfil se diría cincelado en una estrella: tan delicadamente puro. Tiene un rítmico nombre octosílabo en donde podrían apoyarse todos los romances de la galantería. Por sus labios hablaba y sonreía esa sirena disfrazada de ciudad que es Cali, mientras una garza volaba sola, semejante a una blanca tilde extraviada.

4
Cali. Tatuaje azul en la memoria. Aire sembrado de canciones. Tras el bordado hierro gongorino de las rejas se desdibujan morunos rostros de almendros ojos que fulguran sombríamente. Sobre algunos patios flotan los fantasmas de voces ya idas entre el encantado balbuceo de un agua que nos refresca el alma. Un río de curvo rumor le ciñe orlas de espuma y la abraza con un nocturno abrazo de serenata. En la mañana vemos unas lejanas, azúleas, casi diáfanas montañas. 

Pensamos que de un momento a otro van a disolverse en una columna de celeste humo. Más allá está el mar tejiendo su eterno madrigal de espuma o su ronca oda de tifones. Y nos parece que las montañas son una remota armada de cristal con desplegadas velas de tremulante y azul gasa, lista para zarpar hacia una playa del sur en donde pasean, morenas, las muchachas, entre un viento de oro, entre doradas palmeras y bajo el vuelo maravilloso de los pájaros multicolores.    

Fuente e imágenes
-Eduardo Carranza, Cali, la ciudad del domingo, Revista Estampa, Bogotá, abril de 1939.   
                   
                                                   
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