8.11.12

El cine por primera vez –Corte 1-


Un ejercicio de memoria sería recordar cómo fue nuestra primera vez ante la pantalla gigante, que película vimos, y cuáles fueron las sensaciones que sentimos de ahí en adelante ante la emoción de asistir a la función del teatro de barrio local, con quién fuimos, si fue entre semana o el denominado matiné para niños y jóvenes. Para algunos su visita a la sala oscura pudo haber sido en la escuela, en la campaña educativa que una reconocida empresa de aseo bucal entregaba cada año escolar con el famoso doctor muelitas y su frase “los dientes de arriba se cepillan hacía abajo, los dientes de abajo se cepillan hacia arriba”, filme institucional en 16 mm., y dibujos animados, acompañado del kit respectivo que cada escolar llevaba a su casa en el proceso comercial preciso que la empresa deseaba para ofertar su producto.

También en el colegio el cine se atravesaba de vez en cuando, nuevamente en 16 mm., con los famosos documentales educativos de la BBC de Londres en temas científicos o de ciencias naturales o una ficción religiosa para complementar la clase, Moisés o Los Diez Mandamientos. Pero la opción más concurrida que mezclaba diversas edades, y otros colegios, eran aquellos contratos que hacían los directivos escolares con empresarios externos que ofrecían alguna función en el principal teatro de la ciudad, con una cinta de moda o “adecuada” para la edad, hora y media de silbidos, disputas colegiales con grotescas palabras, besos fortuitos de parejas clandestinas, saboteo constante al vecino de al frente –chicles, escupitajos, jalones de pelo, etc.-, finalmente, el descanso para algunos –sobretodo los profesores- al denotar en la pantalla los créditos de tan in-sufrible experiencia.

Si devolvemos el rollo del tiempo a la exhibición primitiva del cine, encontramos que es un dispositivo envuelto en el espectáculo de feria, novedad científica que refleja el mundo real en la irreal sombra de un espacio adecuado para su efecto, la caverna de Platón con la cámara oscura descrita como una habitación con un minúsculo agujero en una de las paredes (Aumont, Marie, 2006:41). Con emisarios puestos en puntos estratégicos y universos diversos, precursores del cine que ofrecieron su invento proyectando cintas cortas de hechos cotidianos o por el contrario filmando el día a día para imprimir y proyectar en la noche, donde algunos espectadores sorprendidos veían reflejada su estampa y terruño en el cotidiano acontecer de su vida pública, sorprendidos asentían el impacto de verse, aplaudiendo, riendo o abrazándose con el público acompañante; por el contrario, violentados en su imagen, censuraban la desfachatez que sin autorización, había cometido el comerciante al ponerlos en evidencia ante los demás por el efecto de la imagen hecha movimiento.

Contrario a lo que se cree, el cine casero también fue tradicional en los primeros momentos del cine, refiriéndome a espacios pequeños con pocos asistentes al disfrute de la exhibición, inclusive con el cinematógrafo de Auguste y Louis Lumière entre las  sombras y las luces aquel 28 de diciembre de 1895 en el Salón Indio del Grand Café en el número 14 del Bulevar de los Capuchinos, cuando puso su artefacto a disposición de un público asombrado ante la salida de los obreros de la fabrica o el regador regado. Más adelante, con los usos emergidos en los avances técnicos, los pequeños proyectores aparecieron en la industrialización del arte para medios educativos y divertimento familiar, un ejemplo concreto fueron los denominados Pathé Baby que se comercializaron al espacio de la enseñanza escolar con películas de ese orden, y al ámbito privado de la sala con obras de Chaplin, Félix el Gato, o documentales del mundo –vistas en movimiento-.


El proyector fílmico, económico, sencillo y acomodado a las necesidades del público, se fue instaurando en las acciones de divertimento creadas por un sector de la población, sobretodo la de las altas esferas que podía acceder por su situación económica, al entramado completo: equipo, películas y pantalla. Forma de mostrar a los invitados cierto status cultural de acceso a un divertimento de moda en los ambientes sociales de las principales ciudades en las primeras décadas del Siglo XX, donde el cine en toda su extensión, podía ser observado sin mediar la censura.

Dos dimensiones de ver el cine fueron puestas al mercado por Eastman Kodak, la primera en  1923 con la película de 16 mm., oposición al ya tradicional cine en 35 mm.,  posibilidad para algunos países que veían en el formato un elemento económico y  sencillo de realización cinematográfica extensiva a diversos empleos, desde la educación hasta la diversión en privado. En 1932 apareció el Súper 8 –Cine Kodak Eight, u 8 Estándar- sistema casero que con el tiempo cobró relevancia entre cineastas, y que al día de hoy se recupera –igual que el 16 mm.- de archivos caseros para realizar obras fílmicas que ponen sobre el presente memorias opuestas o escondidas de un hecho familiar común.

Por su parte las cámaras de video en su evolución científica y técnica, aportaron al entorno cultural, económico y social  de los países en desarrollo, en el entramado de la creación artística, la aparición del medio televisivo, y su apuesta al uso casero para registrar los hechos más relevantes del hábitat familiar: cumpleaños, paseos, navidad, fin de año, etc., hacen parte del espectáculo privado puesto público al ser exhibido en momentos trascendentales cuando el hecho social lo ameritaba. Teniendo luego otros artefactos de la “reproductividad técnica” como dirá Walter Benjamín para las obras de arte, pero desde video y el cine, con el betamax creado por Sony en 1975, el VHS –Video Home System-  aparecido en el mercado en 1973 por JVC, los dos, casetes de cinta magnética en algunos casos regrabables, y que sirvieron para comercializar el cine y ponerlo al alcance del hogar, surgiendo un nuevo mercado de producción y exhibición con las video tiendas.

Con la aparición del DVD -Digital Versatile Disc- en 1995, nuevamente se transforma el mercado audiovisual, y con este la metamorfosis más efectiva de la conservación cinematográfica, algo insospechado en otros momentos en el ámbito del patrimonio, lo que puso en el mercado, elegante y ordinariamente, las películas más connotadas de la historia del cine, socializando el séptimo arte, convirtiéndolo más asequible en sus obras maestras, y creando cierta especialidad ficticia donde todos opinan y asumen el hecho fílmico en sus cineclubes domésticos, con tres características: como capital cultural -acorde a los diversos gustos-, vulgarización eficaz y generalización traumática.

El recorrido que he realizado pone de manifiesto algunas formas y medios de ver cine por primera vez, agregando que algunos como los de la telefonía móvil, y la internet con su plataforma, suman al hecho del encuentro con “el mundo puesto al alcance de la mano” como decía el mago George Méliès. Seguimos inmersos al mundo, más cercanos y con mayor intensidad, compartiendo, pegando, copiando, borrando, en medio de la infinita obra del ser humano que con los pasos del día a día sobrepone un nuevo invento.                         
              
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