domingo, diciembre 02, 2012

El cine por primera vez –corte final-


Qué es pues el cine entonces?
Pues bien, el cine es simplemente “normal”, como la vida.
Roland Barthes.

Asdrúbal González quedo frustrado ante el espectáculo ofrecido por la comunidad al sentirse en plena oscuridad por arte de magia a causa del cinematógrafo, la penumbra, aliada fiel de las imágenes en el rito de encuentro entre el público y las escenas del rollo que nunca supimos de que se trataban, suscito  escándalo, y dio al traste ante la experiencia de “el cine por primera vez” en un pueblo que ansioso asistió el encuentro, pero no asimiló el acto primario de la atmosfera indicada para integrarse al pasatiempo fílmico.

Tal vez el primer camino productivo del cine como espectáculo, fue el ofrecido por González, ganancias que fueron sumando a un ahorro propicio para instalarse en alguna ciudad, y con otros socios, construir un teatro para seguir proyectando películas, además de otras actividades artísticas. Cines que fueron apareciendo ubicados estratégicamente en el espacio urbano, salones generadores de cultura que fueron adquiriendo las principales obras del circuito cinematográfico mundial, teatros que arquitectónicamente marcaban pautas estilísticas ante el escenario de la pantalla gigante, y sus asistentes estratificados que también empezaban a exigir calidad por el precio de una entrada.


Nuestras principales ciudades guardan en su memoria arquitectónica esos palacios de divertimento social que exhibieron lo mejor del séptimo arte, algunos ya destruidos, otros restaurados, y algunos convertidos para otros oficios: iglesias cristianas, parqueaderos o ventas de chucherías. En Bogotá tendríamos el ejemplo del restaurado Teatro Faenza -1924-; en Medellín el Teatro Junín -1924-, destruido en 1967 para construir el edificio Coltejer; Cali y el Teatro San Fernando, sitio de las exhibiciones del Cine club de Cali en los setentas, convertido en iglesia cristiana; en Barranquilla el Teatro Apolo -1930- luego reconstruido con el nombre de Teatro Metro.

Un caso especial, para el objetivo del texto en su última parte, es el Teatro Egipto -1950-, ubicado en la capital colombiana en la calle décima, a mitad de una efímera y empinada cuadra que comunica el centro histórico del barrio La Candelaria con la circunvalar y la tradicional Iglesia de Nuestra Señora de Egipto. Espacio público de exhibición cinematográfica convertido en “taller de reciclaje” como informa su aviso, allí cada semana, un camión descarga variados objetos que a otros no le sirven, también opera como pulguero de ropa usada, en su interior puede usted encontrar un gran lote dividido en piezas que resguardan diversos artículos: muebles viejos, cartón, pupitres escolares en desuso, estantes, neveras, televisores, lámparas, vidrios partidos, ataúdes –si se les ofrece-, entre otros elementos.


Según la investigación de Ávila y López sobre las Salas de Cine, el Teatro Egipto hace parte de la Fase IV: (1940-1969) La edad de oro,  etapa donde aparecen y proliferan en la ciudad los cines de barrio en medio de los diversos procesos de crecimiento que sufría Bogotá, dándose una descentralización del cine como entretenimiento en espacios residenciales populares consolidados o en pleno crecimiento, bajos rasgos no ajenos a la situación sociopolítica del país como  la migración del campo a la ciudad o por el contrario a los planes urbanísticos implementados: “Las salas de cine de escala barrial acompañaron los procesos de estructuración y fortalecimiento de comunidades obreras principalmente, por cuanto enriquecieron  el espacio cotidiano al conformar plazas y parques centrales, como el Teatro Junín en el barrio Santa Sofía, el Santa Cecilia en el Olaya Herrera, el Unión en la Perseverancia, y los teatros Las Cruces y Quiroga en los barrios  del mismo nombre” (pg. 30). También se sumaron grandes empresas de producción internacional que adaptaron sus propios teatros con exclusividad en sus cintas, tal es el caso del M.G.M, sumándole el doblaje en las películas norteamericanas que entraban en franca lid con el cine mexicano, lo que además de sumar variedad en la oferta, trajo consigo una clasificación en los rangos de precios por entrada en tres categorías definidas como teatros de primera, teatros de segunda, y teatros de barrio, estos últimos con un precio menor en su boleta.

En conclusión, “el cine por primera vez” en sus tres partes, trató de ubicar reflexiones diversas sobre el encuentro con el cinematógrafo: primero, invitando a un ejercicio de memoria que nos llevara a esa primera vez con las imágenes hechas movimiento, cruzando experiencias personales con acciones concretas de la historia del cine; segundo, transcribiendo un caso literario del espectáculo de feria ofrecido en una población que se asombró y censuro “la insoportable oscuridad del espacio fílmico”; tercero, al presentar nuestros palacios de exhibición con un ejemplo concreto.          

Fuentes
Jairo Andrés Ávila G., Fabio López S., Las Salas de Cine, Alcaldía Mayor de Bogotá, Archivo de Bogotá, 2006.   
http://yamidencine-y-filo.blogspot.com/2011/08/salas-de-cine.html                          


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