15.12.12

La vida, la muerte y el cementerio


No eras tú, muerte grave, ave de plumas férreas,
la que el pobre heredero de las habitaciones
llevaba entre alimentos apresurados, bajo la piel vacía;
era algo, un pobre pétalo de cuerda exterminada:
un átomo del pecho que vino al combate
o el áspero rocío que no cayó en la frente. 
Era lo que no pudo renacer, un pedazo
de la pequeña muerte sin paz ni territorio:
un hueso, una campana que morían en él.
Yo levanté las vendas del yodo, hundí las manos
en los pobres dolores que mataban la muerte,
y no encontré en la herida sino una racha fría
que entraba por los vagos intersticios del alma.

Pablo Neruda.

Sombra y Luz de un Callejón Mortuorio
                
Philippe Ariès en su libro El Hombre Ante la Muerte, y en el capítulo “la visita al cementerio”, parte de la importancia de estos espacios para tener una visión de los mundos antiguos por medio de las tumbas y los objetos que allí se han encontrado. Con respecto a la topografía, afirma que esa importancia se redujo y desapareció en la Edad Media “cuando las tumbas se acurrucaron  contra las iglesias o las invadieron”:

[…] En las topografías urbanas, el cementerio ya no está visible o ya no tiene identidad; se confunde con las dependencias  de la iglesia, con los espacios públicos. Esas largas alineaciones  de monumentos que se alejaban de las villas romanas como los rayos de una estrella han desparecido. Se podrá esculpir  o pintar transidos en el suelo o los muros de las iglesias  o en las galerías de los claustros: los signos de la muerte  no son ya aparentes, pese a la frecuencia de la mortalidad  y la presencia de los muertos. Éstos no hacen más que aflorar en el polvo o en el barro. Están ocultos. Reaparecen sólo, y además bastante tarde, en raras tumbas visibles. La parte que constituyen los documentos funerarios en nuestros conocimientos y nuestras interpretaciones de historiador se ha vuelto muy débil. Las civilizaciones de la Edad media  y de la época moderna, hasta el siglo XVIII por lo menos, no concedieron a los muertos ni espacio ni mobiliario. Ya no son civilizaciones de cementerio (Ariès, p. 395).               


          
Civilizaciones de cementerio que tenían en la muerte un camino al más allá que cortejaban constantemente en el orden de sus actividades comunes expresadas en el simple acto de vivir con pestes, enfermedades y guerras; sociedades que inclusive se preparaban para ese momento especial donde el cuerpo terrenal se transfiguraba a un mundo desconocido. Contrario al presente, percibiendo la muerte como un punto de llegada doloroso, sin preparación alguna en la angustia constante del momento inesperado en que la luz de la vida se apague en sus diversas formas.

Bajo el foco de La Piedad
La reflexión de Ariès sobre el cementerio para el caso europeo, prosigue, explicando su regreso a principios del Siglo XIX, transformación que siguió su curso hasta el presente:

[…] Sin duda el cementerio de la actualidad no es ya la reproducción subterránea del mundo de los vivos que era en la Antigüedad, pero observamos perfectamente que tiene un sentido. El paisaje medieval y moderno ha sido organizado alrededor de los campanarios. El paisaje más urbanizado del siglo XIX y de principios del siglo XX ha tratado de dar al cementerio o a los monumentos funerarios el papel cumplido antes por el campanario. El cementerio ha sido (¿lo es todavía?) el signo de una cultura (p. 396).

Una de las respuestas a la pregunta, es que el cementerio si es un signo de la actual cultura, la que vivimos y afrontamos en el desarrollo de nuestra sociedad con particularidades expresadas en acciones manifiestas a la forma de despedir al ser querido, en el diseño de su lapida, y el epitafio recordatorio de esa memoria ausente que al leerla retorna en el dolor o la alegría de esa persona que asiste y personifica la puesta en escena de entrar, buscar el lote o corredor continuo de descanso de ese ser conocido, y el particular encuentro que se hace frente al lecho de muerte, y la sacralidad que conlleva con la parafernalia católica. 

El ángel del Dr. Pedro V. Martínez Cabal
Signo de una cultura que usa elementos populares en el trayecto de la línea divisoria entre la vida y la muerte: la música, la fotografía, un poema de inspiración propia o quitada, entre otros, suman al contacto que se busca con ese humano ausente. Un recorrido desprevenido en algunos de nuestros cementerios locales, posibilita observar y sentir esa estrategia de la memoria, que también hace parte del engranaje comercial de la oferta mortuoria de las empresas dedicadas al negocio, desde la iglesia católica como principal administradora de los “campos santos” -aunque sean pocos los santos que allí se entierran-, los artesanos de la lapida, las vendedoras de flores, las serenatas de duelo, y el etc., que se imaginen.   

Mausoleo Rengifo Ospina y descendientes 
Al cementerio se le ha denominado última morada, “ahí todos somos iguales”, dice el proverbio popular, sin embargo en algunos cementerios no se da al pie de la frase, espacios de la muerte que se convirtieron en mausoleos familiares adecuados a la importancia generacional –próceres, presidentes, literatos, patricios, señoras-, muy adecuados a nuestra sociedad republicana en el Siglo XIX, y a las nuevas clases sociales en ascenso durante el Siglo XX. Sitios que en algunas capitales pasaron a ser museo por la majestuosidad de sus panteones, o por la sencilla razón de albergar algún famoso de la literatura universal –tal vez un poeta-, un político que marcó la historia del país, una actriz del sistema estrella hollywoodense, un empresario que al pedirle un deseo lo concede, etc. Ejemplos como el Cementerio de la Recoleta en Buenos Aíres, el Cementerio del Père-Lachaise en París, el  Cementerio de La Almudena en Madrid, el Panteón de San Fernando en Ciudad de México, o el Cementerio Central de Bogotá, muestran particularmente otra cara distinta al del recogimiento de la visita privada por “la memoria de nuestros muertos”, convirtiéndose en sitios de peregrinación para observar las versiones de vivir después de la muerte en pomposas o sencillas tumbas, con la marca registrada de un nombre importante para la vida nacional o mundial.     

Volante Alado
Sin pretender ser un especialista en el tema de la muerte y sus espacios de destino, algo que otros historiadores, antropólogos o sociólogos han trabajado, la reflexión se me antoja interesante por ser natural, obligatoria y con un destino fijo, por eso me arriesgué a visitar el Cementerio Diocesano de Buga, caminarlo, y registrar algunas imágenes mientras se me cruzaban recuerdos diversos. Entré una mañana calurosa de domingo, con la discreción del caso di vueltas por los corredores que alguna vez visite, columbarios o pequeñas bodegas donde estaban los restos de los abuelos que no conocí, visita obligada en ciertas fechas del año de la mano de mamá para ese acto especial de comprar flores, buscar una escalera, limpiar la lapida que contenía el nombre de Mercedes y Rafael, y el de Ruperta en otro lado, para luego de una pequeña oración, abandonar ese sitio frío  silencioso, triste y desolador en el encuentro constante con otros mortales que en igual de condiciones, visitaban sus seres queridos, o los lloraban en pleno duelo para la última despedida.

Columbarios Abandonados
En su monografía sobre algunas poblaciones del país realizada en 1921 por Rufino Gutiérrez, y en su capitulo dedicado a Buga, brevemente comenta que es un cementerio del Siglo XIX, abandonado y a la mano de piadosos benefactores que reconstruyen bóvedas, con monumentos de poco merito, y un dato interesante al afirmar la existencia de un “cementerio civil” de propiedad del municipio al lado extremo de la ciudad e igualmente abandonado, tema de investigadores más avezados.
El Ángel Cabizbajo 
Así en una brevísima presentación, debemos indicar que el Cementerio Diocesano de Buga se encuentra ubicado en una manzana completa entre las calles novenas y décima  con carreras dieciocho y diecinueve cerca a la carretera Panamericana en un sector céntrico de la ciudad. Las imágenes registradas contienen algunos espacios especiales desde mi punto de vista, escogidos por su “belleza mortuoria” y “sátira a la vida”, sus títulos hacen parte del título original otorgado, y de mi inspiración, en tal caso “no arrebatada”.  

Recuerde, Aquí los Esperamos
Bibliografía
-Cees Nooteboom, Tumbas de Poetas y Pensadores, Ediciones Siruela, Barcelona, 2009. 
 -Philippe Ariès, El Hombre Ante la Muerte, Taurus, Santafé de Bogotá, Colombia, 1999.
 -Rufino Gutiérrez, Monografías,  Tomo II,  Imprenta Nacional, Bogotá 1921.
 -Las imágenes del Cementerio de Buga fueron realizadas por el autor del blog.  
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