martes, julio 02, 2013

Parodia y animación hitleriana –1° parte-

Cuando el dictador aparece, la caricatura lo persigue. Se convierte en punto de crítica inquebrantable de aquellos que entienden la disposición a sus anchas de un arma que dispara sin violentar, con trazos que ridiculizan, agregan, quitan, y enuncian un mensaje que pone a pensar a quien la observa con el ojo clínico del lector interesado. Mostrada en pasquines, revistas, y periódicos, el pequeño cuadro representativo de una sociedad o un personaje, sumó al entramado de la información al lado de otros textos con letra menuda, y a veces en concordancia  con la imagen intervenida. Trascendiendo en el tiempo, encontró en otras artes la transformación necesaria –y más popular- para seguir vigente, tal es el caso del cinematógrafo que la adecuó a sus intereses de producción y exhibición en el circuito de los espacios públicos construidos para tan extremada tarea.

El personaje histórico que más ha despertado pasiones caricaturescas, tal vez por su crueldad e histrionismo, es Adolfo Hitler. Razón por la cual le dedicaremos tres partes en Historias en Cine-y-Filo, presentando algunos títulos y sus particularidades en el escenario fílmico. Quedan invitados a la función, como invitaba Mel Brooks al final de la cinta La Loca Historia del Mundo -1981-, a la segunda parte con “Hitler on Ice” en primer plano, solitario y en plena danza con patines.   


Adenoid Hynkel
La parodia más reconocida a Hitler en la historia del cine la realizó Chaplin con  El Gran Dictador, película que empezó a rodar el 9 de septiembre de 1939, culminando en su estreno el 15 de octubre de 1940 en New York, superando en su estreno los demás éxitos del actor, y sosteniéndose quince semanas en dos teatros de Broadway. Adenoid Hynkel es la confusión perfecta entre el original dictador y el ficticio personaje en ademanes, gritos, amigos, y hasta su popular mostacho; razón del título “imitación perfecta o nada por un bigote” del capítulo de André Bazin y Eric Rohmer sobre el cómico, enunciando de manera categórica que desde los inicios Charlot tuvo numerosos imitadores de lo cuales poco conocemos, pero que fueron referenciados en algunas obras sobre el séptimo arte, existiendo uno que no apareció en el índice alfabético de esas obras:

[…] Lo sorprendente es que nadie se dio cuenta de la impostura, o por lo menos, nadie la tomó en serio. Charlot sin embargo, no se equivocó al respecto. Debió experimentar enseguida una extraña sensación en el labio superior…, No pretendo afirmar en absoluto que Hitler obrara intencionadamente. Podría muy bien ser que hubiese cometido esta imprudencia bajo el efecto de influencias sociológicas inconscientes y sin ninguna segunda intención personal. Pero cuando uno se llama Adolfo Hitler debe prestar un poco de atención a sus cabellos y a su bigote. La distracción no es más excusable en mitología que en política. El ex-pintor de brocha gorda cometió ahí una de sus faltas más graves. Al imitar a Charlot había iniciado una estafa existencia que éste no olvidó. Algunos años más tarde tendría que pagarlo caro. Al haberle robado a su bigote, Hitler se había entregado a Charlot atado de pies a manos. El pequeño judío iba a recobrar mucho más que el pedacito de existencia arrancado de sus labios, iba a vaciar por completo a Hitler de su biografía en provecho, no exactamente de Charlot, sino de un ser intermedio, un ser hecho precisamente de pura nada. La dialéctica es sutil pero irrefutable, la estrategia invencible. Primer asalto: Hitler le quita a Charlot su bigote. Segundo asalto: Charlot recupera su bigote, pero este bigote no es ya sólo un bigote a lo Charlot, con el tiempo se ha convertido en un bigote a lo Hitler. Recobrándolo Charlot consigue una hipoteca sobre la misma existencia de Hitler. Y con ella arrastrar ese existencia de la que dispone a su antojo (Bazin, pp. 38-39).          

Esa sensación extraña, que intuye Bazin debió experimentar el actor, se acerca a una acción interpretativa desde el espectáculo al cual se entregaba Charlot con un papel establecido en modales, y fisionomía, reconocida por lo tanto en ese espacio de la parodia hecha imagen en movimiento. Contraria a la de su punto de foco crítico que se encuentra en el entramado de la cruel realidad del momento, con rasgos definidos y parecidos en un solo toque, la forma de llevar el bozo. Por eso la confrontación propuesta en dos asaltos tiene un ganador, el autor de la historia de  Adenoid Hynkel que entrega un mensaje básico y directo en momentos de una guerra de ribetes mundiales, que trascendió en los tiempos como obra de revisión indispensable, y que sigue fresca para los nuevos espectadores.

A propósito de esa semejanza entre Charlot -el vagabundo- y Hitler, el actor afirmaría: 

[…]Mi dictador tiene cierto parecido con Hitler. Es una coincidencia que use bigote como el mío, pero yo lo usé primero. No remedo a ese individuo, no me presento con un rizo sobre el ojo. He tratado de hacer un resumen de todos los dictadores. No hay actor que no haya soñado con interpretar a Napoleón. Yo interpreto a la vez a Napoleón y a Hitler, al loco zar Pablo, a todos en uno. Sólo lucho contra la persecución de los pequeños y los débiles. He representado en mi fecha a ese hombrecito que ha sido pisoteando durante veinticinco años y que puede ser un individuo o puede ser una minoría compuesta de numerosos hombrecillos (Matji, p. 132).


La categoría de “hombrecillo” corresponde a una metáfora sobre la humanidad lastimada en el contexto histórico de los dictadores que él representa en uno sólo, aclarando que ese bigote que los caracteriza, fue usado y patentado con su estampa mucho antes que Hitler se posicionara en el espacio de la política mundial. El Gran Dictador es una obra militante que sirvió en su momento para mostrar irónicamente la personalidad del líder alemán, burlonamente enfatizada en el pasado bélico del antagonista en “la gran guerra” y aclarando en su inicio que “cualquier parecido entre Hynkel el dictador y el barbero judío es pura coincidencia. Los hechos transcurren entre dos guerras mundiales, un período en el que la locura se desató, la libertad bajo en picado, y la humanidad fue tratada a patadas”.        

La película de Chaplin es un recurso didáctico para explicar el contexto en el que nace la Segunda Guerra Mundial, mostrando ciertos elementos desconocidos para algunos sectores del orbe que no se imaginaban las acciones y medios que se usaban para posicionar las ideas del nacionalsocialismo: el nacimiento del nazismo, el antisemitismo, y la exaltación de la raza aria. La película es mezcla de drama, guerra y comedia, tres géneros fílmicos y una sola razón interpretativa, aún vigente, y engrandecida con la figura cómica de un ser humano no tan común y corriente.       

Bibliografía
-Bazin André, Rohmer Eric (1974), Charlie Chaplin, Fernando Torres Editor, Valencia.
-Matji Manuel (1985), Charles Chaplin, Grandes Protagonistas de la Humanidad, Editora Cinco S.A, Bogotá.    




          
            
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