viernes, febrero 28, 2014

El cine llega a Cali –segunda parte-

A mediados del siglo XX encontramos otra información  sobre el cine, en 1907 llegó a Cali una empresa que con electricidad producida por un dínamo portátil, exhibió las primeras películas móviles, además:

[…] La sorpresa de nuestra ciudad al darse cuenta del cine, de que las figuras humanas caminaban y adoptaban posturas diferentes; de que los animales corrían con toda naturalidad, sobre el telón, fue extraordinaria, decimos, y no puede olvidarse. Es recordable el grito de admiración de una mujer al ver, en el Teatro Borrero, la aparición de un caballo que movía orejas y cola y obedecía el cabestro con toda naturalidad. Esta empresa de cine fue traída aquí por un cubano. La ciudad no cesaba de comentar el propio espectáculo.
Después en los años siguientes, hasta 1913, pasaban por aquí diversos empresarios, con sus proyectores que inicialmente atraían a las gentes. Pero las películas se exhibían sin ofrecer  las empresas a los asistentes ninguna comodidad. Parados veían éstos todo, especialmente en el patio de la casa Municipal, ubicada en el lugar donde se erigió el palacio para oficinas nacionales, los films cinematográficos. Las películas se contraían a cosas en verdad ingenuas. La vista del mar causaba perplejidad al público. Nada adquiere mayor belleza y relieve como el agua sobre el lienzo cinematográfico.
Fue 1913 el año en que apareció aquí el cine y fue organizado como empresa permanente, con asientos para el público asistente, es decir, con las mayores comodidades antes desconocidas. La empresa logro resonante y feliz suceso, en su etapa inicial, pero vino después la competencia que arruinó a los dos contendores, y los obligó ya debilitados, a unirse, con lo que los iniciadores resultaron lesionados gravemente y sacados del negocio.
Entonces en aquellos días lejanos, empezó la confección de las películas, digamos con temarios, en las que aparecían obras de mundial celebridad, como “Los Miserables” de Víctor Hugo, y otras de gran importancia que provocaban el delirio de las gentes. Había alguna imperfección en los mecanismos de entonces, pero siempre brindaban al público una diversión amena y colmada de interés.
No olvidamos el slogan empleado, desde luego sin necesidad, por las empresas cinematográficas de esa época: El teatro es mera parodia de la vida. El cine es la vida misma. (Relator, 1956).

El anónimo escritor del texto periodístico parece haber sido testigo de algunos asuntos narrados, aportando para el presente particularidades de ese proceso de consolidación del cine como negocio y espectáculo: primero, el asombro del público asistente ante ciertas imágenes que los dejaban perplejos, claro indicio de una novedad de divertimento que aportaba al monótono vivir de Cali, además de indicarnos que dicha empresa cinematográfica era de propiedad de un cubano que la vinculaba a las actividades del Teatro Borrero como añadidura a otros espectáculos; segundo, la llegada de otras personas con proyectores fílmicos que aunque atraían a los espectadores la comodidad no era apropiada, de pie soportaban la exhibición; tercero, ubicar 1913 como el año en que se instituyó el cine como una empresa permanente y de comodidades para este tipo de distracción; cuarto, el factor de la competencia que parece causó un detrimento en la cual no salieron favorecidas dos empresas cinematográficas, en este punto hay una referencia que ayuda identificarlas, según Hernando Martínez Pardo al narrarnos las primeras empresas distribuidoras de cine en Colombia, en Cali funcionaron en 1913 Cine Universal y Cine Olympia[i] explicando una controversia a partir de una referencia por medio de un documento publicado el 26 de noviembre de 1913 en su número 28 titulado El Defensor:

[…]El Cine Universal daba sus funciones en el Palacio Municipal por determinada suma. Más tarde vino el cine Olympia y, como era natural, el Municipio sacó el teatro a licitación, luego que hubo terminado el plazo del contrato del cine Universal. Iban estos dos empresarios a entrar en licitación en franca lid, quedándose con el teatro la empresa que aportara mayor suma para el arrendamiento del mismo. Se pensaba que los dos iban a competir sanamente, peo al abrir la licitación entró en discordia un tercer Cine, elevando tanto los valores del arrendamiento, que las dos empresas iníciales tuvieron que retirarse.
Al día siguiente de la adjudicación, este tercer cine se declaró en quiebra, quedando lógicamente con el teatro el Cine Universal, y pagando la primitiva suma de arrendamiento, burlando claro está, al Concejo Municipal, a los habitantes y a los empresarios del Cine Olympia. El Concejo al saber la tramoya resolvió no alquilar más el teatro, ni al Cine Universal, ni al Cine Olympia ni a ningún otro. Por todo esto, el Cine Universal resultó perdiendo, ya que no puede volver a presentar proyecciones, hasta que no terminen el salón de su propiedad (Martínez, 1978, pp.26-27).  

Regresando a las crónicas sobre esos primeros años de la exhibición cinematográfica en Cali, relacionando la remota época del cine silente, Alirio Piedrahita Camacho nos entrega un interesante texto (El País, 2 de febrero 1964), inicialmente referenciando nuevamente al Teatro Borrero como pionero de diversos espectáculos donde el cine entró como novedad en las diversas variedades –el teatro, la comedia, la velada lírica, la opereta, la zarzuela-; al Teatro Variedades que pertenecía al ciudadano P.P Jambrina y que pasaría a nuestra historia cinematográfica como director de Garras de oro en 1926; y el Salón Edén. Según el cronista, el primer teatro de cine mudo estuvo en manos del italiano Donato Di Doménico, quien aprovecho la inauguración de la luz eléctrica en 1910 para empezar su negocio privado con un proyector Pathe, en un espacio ubicado  hacia la esquina del costado sur de la plazoleta de Santa Rosa en el centro de la población, sin un nombre característico, simplemente reconocido como “el cine de Don Donato”, y bajo un telón de fondo blanco pequeño templado sobre un marco grande de guadua, los asistentes novicios se acercaron con cierto fervor al cine de aventuras y suspenso.


Piedrahita afirma que Di Doménico construiría luego –donde actualmente se encuentra el Teatro Isaacs- un nuevo sitio de esparcimiento denominado Salón Moderno,  edificación de madera y guadua que constaba de tres plantas divididas en platea, palco y galería –gallinero-. También se reseña otro pionero de la exhibición que no contó con la suerte suficiente para soportar su negocio, el dominicano Ramón Silva, que  en 1911 fundó lo que llamó Nuevo Circo “este coliseo fue destruido en cierta ocasión por una chusma enfurecida de gamines y adultos que, disgustados por el fracaso de una película de las llamadas “latas”, procedieron sin contemplaciones a derribar la rústica ramada del Teatro de don Ramón” (El País, 1964). Otra referencia está dirigida al Teatro Colombia –propiedad del circuito Cine Colombia-, cuya existencia empezó en 1929, y para la época en que se pública la crónica, todavía permanecía activo, teniendo el honor de ser el primer teatro donde se exhibió una película parlante titulada Alas en el año 1937. Un aporte de esta reseña periodística nos ayuda a identificar las características de esos viejos teatros pioneros de la exhibición cinematográfica como empresa en el entorno social de la ciudad: 

 […]El empresario alquilaba un solar grande o una casa que tuviera un patio extenso. En la parte frontal el empresario construía la llamada “casilla” destinada a la máquina y laboreo de proyección. Allí se guardaban las películas y demás implementos relativos a la industria. En los corredores (si era en casas) se instalaban los escaños (no había butacas) para comodidad de los espectadores de “primera”, como se les solía llamar a los del “palco”. En el patio, es decir, en puro “aire libre”, se distribuían unas bancas rústicas para los del pueblo y la muchachada. En el fondo del patio o solar se instalaba el telón o pantalla, una faja de lienzo fino o de percal blanco, templado en forma de cuadro sobre un marco de tarugos de guadua. En un tramo del corredor o ramada, el empresario ubicaba la sección del palco o referencia. Sobre las paredes de madera o guadua esterillada, se pegaban los afiches correspondientes a las películas de próximo estreno lo cual servía de adorno a manera de paisajes. La máquina o “proyector” era de distintas marcas y calidades. El comúnmente usado en la época a que se refiere esta crónica, era el PATHE, de manubrio o manivela, de tipo pequeño y liviano, el cual se instalaba sobre cualquier mesa o cajón grande. En la parte de enfrente de estos aparatos iban dos carretes grandes de hojadelata para envolver y desenvolver la cinta a medida que la proyección funcionaba. Para este ejercicio mecánico había necesidad de darle vueltas al manubrio como si se tratase de un molino de maíz. El “operador”, que era el mismo empresario, permanecía de pie durante todo el tiempo que duraba la película (unas dos horas y media, más o menos, según la cantidad de rollos que había que pasar). La maquina tenía un lente grande adicional y aislado para la proyección de “avisos” y propaganda.          
MUSICA MAESTRO
Para amenizar las funciones durante la proyección y al final del espectáculo, el empresario contrataba previamente la banda de músicos o una “orquesta de cuerdas”, en último caso, amenizaba sus películas con música al final..., las entradas eran muy concurridas, especialmente cuando se trataba de películas de aventuras. La propaganda para atraer el público consistía en repartir programas timbrados en papel ordinario de colores y también por medio  de “bocinas” parladas en las esquinas…
LOS INTERMEDIOS
En la mitad del espectáculo, los empresarios hacían una pausa (habrían un compás de espera) destinada al descanso de las recalentadas máquinas, preparación de los demás rollos y también para que el respetable consumiera sus golosinas (mecato), se tomará sus frescolas, saboreará los ricos cholados y demás comestibles que vendían dentro y fuera del teatro.  
ENTRADAS
Durante el desarrollo de esta nueva diversión científica, extranjera, privada y colectiva del CINE MUDO en nuestro añejo ambiente de comienzos del siglo XX, los precios de las boletas de entrada al espectáculo era de DIEZ CENTAVOS para el palco y de CINCO CENTAVOS para los de galería. Cuando se trataba de “salas” al aire libre (solares, patios) entonces valía cinco centavos la entrada general.
   
 Los teatros pioneros en la industria cinematográfica caleña hicieron parte de un circuito muy importante que involucró a la sociedad en un espacio de diversión único que avanzaba conforme al crecimiento urbanístico de la ciudad, promoviendo una serie de espacios que con el tiempo identificamos como Teatros de Barrio, fortalecidos en la década del cincuenta, sesenta, setenta y ochenta del siglo XX, pero venidos en detrimento con los cambios efectuados en la exhibición cinematográfica de la empresa Cine Colombia[i], que en mayoría las administraba, instalando sus salas en los llamados Cineplex ubicados en centros comerciales. Pero también existieron casos donde particulares eran dueños de sus salas y entraban en el negocio de la exhibición, contratando con las casas distribuidoras existentes en el país, con sucursales en las principales ciudades, algo que en la actualidad está centralizado en la ciudad de Bogotá.

Con seguridad los recuerdos de muchas personas en su asistencia a cine, le rememoran un teatro particular ubicado en su barrio, con función doble, y la posibilidad de seguir allí para repetirlas. La cultura cinematográfica por lo tanto fue cimentada en estos espacios y tal vez con la niñez y juventud vieron en el séptimo arte la posibilidad de seguir una carrera profesional, como directores de cine o académicos investiga[1]dores; críticos de lo observado  bajo la oscuridad, que reflejaba en un telón imágenes en movimiento, fundaron cineclubes, grupos de estudio, revistas especializadas e hicieron cine.
     

[i]La empresa fue fundada en 1927 por industriales antioqueños para a la explotación de espectáculos públicos y cinematográficos, dentro de sus negocios estuvo el de la adquisición de la empresa Di Doménico hermanos en 1928, lo que significaba en cierta medida entrar en el monopolio cinematográfico de las principales ciudades del país, con dedicación exclusiva al exhibición, más no a la producción.  Ver  Martínez Pardo, Hernando (1978). Historia del Cine Colombiano, Librería y Editorial América Latina, Bogotá, pp. 28-30.
[i]Ramiro Arbeláez afirma: “Las empresas Cine Olympia y Cine Universal editaban en Cali sendas revistas para promocionar sus películas y dar información general concerniente al cine. Ellas fueron: El Olympia, órgano del teatro Olympia, editada en Cali a partir del 19 de noviembre de 1.913 por la Compañía Nacional de Cinematógrafos, que trae en su primer número una referencia velada al pleito de la licitación y un planteamiento en favor de la libre competencia; la segunda revista es El Cine Universal, de la que no quedan ejemplares ni se conocen fechas de publicación, sólo la reproducción que hace la revista El Kine de Sincelejo, en 1.914, de un artículo escrito en la revista caleña por Tulio Hermil con el título "¿Qué es el cine?", donde plantea que "La misión del cinematógrafo, como la de la prensa, es esencialmente civilizadora. Hacer obra de verdad, obra de belleza, hacer obra de progreso: he ahí su fin". En Arbeláez, Ramiro (1999). El Cine en el Valle del Cauca, En Historia de la Cultura del Valle del Cauca en el Siglo XX, Proartes 20 años, Editorial Feriva, Cali.  
-La imagen corresponde al blog: http://conversacionesdecine.blogspot.com/  
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