11.6.14

Al pueblo nunca le toca

En 1979 Álvaro Salom Becerra escribió Al pueblo nunca le toca, sátira política que recrea la vida de dos personajes antagonistas en las mieles políticas y partidistas durante gran parte del siglo XX. Asalariados de clase media, el uno, Baltazar Riveros, “era alto, magro, moreno, narigón, nervioso, extrovertido, optimista, franco y ateo”, liberal nacido en Une, Provincia de Cáqueza; el otro, Casiano Pardo, “era pequeño, obeso, blanco, chato, calculador, hipócrita, desconfiado, maliciosos, enamorado y beato”, conservador engendrado en Choachí.


Para distinguir el talante de nuestros personajes, el autor expone las características típicas de sus personalidades, aquellas que con detenimiento podemos asumir como ordinarias en el sentir de algunos colombianos que se movían al vaivén de sus gustos políticos, mediados por la cotidianidad en la que vivían con referencias directas a la herencia familiar, sus propias dificultades personales y colectivas, y en ellas el contexto del país con sus idas y venidas cada cuatro años cuando a la hora de votar por el candidato predilecto, entendían que poco o nada les correspondía ese voto de confianza.

El Cachiporro:
…Baltazar, como buen liberal, era intolerante, dogmático y arbitrario. Defendía la libertad, pero la que tenían, según él, sus copartidarios para apelar a los godos, y a estos les negaba el derecho al pan y al agua. La justicia, en su concepto, había sido hecha para favorecer a sus correligionarios y perseguir a sus enemigos políticos. Proclamaba la igualdad entre los hombres si los hombres eran liberales, porque los conservadores, en su opinión, pertenecían al reino animal. La fraternidad sólo podía existir, a su juicio, entre los miembros de su partido, porque los del contrario debían ser tratados como bestias feroces. Y en materia social consideraba que el gobierno estaba obligado a suministrarles pan, techo, educación, salud, vestuario y diversiones a los liberales –y sólo a ellos-, a cambio de sus votos. Solía decir que todos los males del país se remediarían y se solucionarían  todos los problemas el día en que el pueblo llegara al poder. Y vivía aferrado a esa esperanza. El ejercicio del sufragio era para él un rito sagrado; se henchía de orgullo y sentía un placer voluptuoso cuando depositaba su voto, porque creía invariablemente que éste significaba una contribución decisiva a la salvación de la República, o sea a la ascensión de las clases populares al gobierno. Conservaba en su casa una bandera roja y asistía, llevándola consigo, a todas las manifestaciones liberales. Y llegaba al orgasmo en el momento en que, haciéndola tremolar, gritaba con todas sus fuerzas: “¡Viva el gran partido liberal!”. “¡Abajo los godos!”.        

El Godo:
…Casiano, como buen conservador, amaba el orden aunque era profundamente desordenado y la tradición aunque nunca pudo saber exactamente en que consistía. Era un celoso defensor del sacrosanto derecho de propiedad (de la ajena porque él jamás tuvo ninguna) y un entusiasta partidario del principio de autoridad, pero aplicado por regímenes conservadores para sostenerse en el poder y alejar de este a los liberales. Su filosofía política estaba resumida en dos fórmulas: “El poder es para poder” y “Cada Alcalde manda en su año”. Abominaba la libertad y la democracia, porque la primera –según decía- degeneraba en el libertinaje y la segunda era una farsa. Calificaba de demagogos y rabacholistas a los políticos de izquierda que le prometían al pueblo mejorar sus condiciones. Votaba rutinariamente en todas las elecciones, pero contrariamente a su amigo Baltazar no se hacia ninguna ilusión de que las cosas cambaran favorablemente con el triunfo de uno, u otro partido. “Gane quien ganare, esto seguirá igual o peor” –decía cada vez que se realzaba un debate electoral-. Y se burlaba de la optimista fe que su amigo personal y enemigo político mantenía en la llegada del pueblo al poder. “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja” –aseguraba con la orgullosa suficiencia de haber pronunciado una frase original-. Escéptico en política, era u creyente convencido en materia religiosa. Cuantas veces sentía hambre y no la podía satisfacer, se consolaba diciendo: “No sólo de pan vive el hombre” y esperaba encontrar en el cielo todos los que el sistema capitalista le había negado en la tierra. Cumplía, a su manera, el precepto de: “Amaos los unos a los otros”, ya que amaba a los unos (que eran los conservadores) como a sí mismo y odiaba a los otros (que, naturalmente, eran los liberales) como el diablo a la cruz. Añoraba las hogueras de la Inquisición para “los rojos descreídos y masones” y su acendrado catolicismo no el impedía violar los Mandamientos de la Ley de Dios, con excepción del 5º y el 7º, ni cometer –con religiosa regularidad- los siete pecados capitales. Eso sí se arrepentía periódicamente de ellos, pues se confesaba y comulgaba todos los primeros viernes. Obviamente los primeros sábados reanudaba sus actividades pecaminosas con renovado entusiasmo, pues pensaba –como la inmensa mayoría de sus copartidarios- que: “El que reza y peca, empata”.        
              

Los personajes centrales de esta historia se encontraran en diversos espacios de la capital bogotana, registrando ciertos sitios representativos –Botella de Oro, El Faisán Dorado, Windsor, Jockey Club, El Automático- y personajes de la vida cultural que en mesas contrarias al calor de un tinto o trago de aguardiente, escuchaban el palique irreconciliable de dos amigos extremos en sus gustos políticos, pero al final de cuentas amigos en sus necesidades básicas. La historia de Colombia se cruza como telón de fondo desde el año 1917, en momentos donde terminaba el gobierno de José Vicente Concha, y la llegada al poder de Marco Fidel Suárez, “teólogo inminente, a quien la circunstancia de no ser hijo legitimo, le había impedido consagrarse exclusivamente al servicio de Dios”.

En cada etapa de la vida nacional representada por los candidatos de turno, y el presidente elegido, el libro nos lleva por algunos acontecimientos que mezclan realidad y ficción con el dato anecdótico del “animal político” que nos administraba. Por ejemplo, para el presidente Miguel Abadía Méndez (1926-1930), “era mucho más importante cazar 100 patos en la laguna de “La Herrera” o hacer una serie de 50 carambolas, que los problemas y las necesidades de sus compatriotas”. El caso del ascenso de los liberales en 1930, y la puya directa al nuevo líder Enrique Olaya Herrera (1930-1934): “Un burócrata de tiempo completo, que no ha soltado la teta del presupuesto en los últimos 20 años, un perrito de todas bodas que, aún desobedeciendo las órdenes del General Herrera y de la Convención de Ibagué, aceptó la Legación de Washington y permaneció en ella durante ocho años, un lacayo servil del imperialismo yanqui que –hace dos años- en la Conferencia de la Habana, defendió la intervención americana en Cuba y Centro América y un campesino boyacense, convertido en aristócrata bogotano, que siente por el pueblo de que tanto hablas un profundo desprecio”. 

El Bogotazo se nos presenta con el afán enfermizo de un liberal desconcertado que entra en el escenario capitalino de la carrera séptima, y su ingreso a la Clínica Central para ver al líder inmolado y empañar su pañuelo con sangre; además los posteriores acontecimientos al convertirse en reo por sospechas de ser uno de los instigadores del desastre urbano, y su desenvolvimiento judicial con ayuda de su patrono banquero.

 Pasan los años: “Las de Lleras y Gómez, en España, habían sido las de que el Frente Nacional se prolongara por espacio de dieciséis años y por ese lapso se prolongó, ya que cuatro millones de ciudadanos entre los que se contaban muchos que ya no lo eran por haber muerto o no lo eran aun por ser menores de edad, refrendaron lo resuelto ya omnímodamente por los dos propietarios del país”. Y entre esos años burocráticos de repartición partidista, tenía que llegar uno al que se le adeudaba el solio de Nariño, Guillermo León Valencia (1962-1966), quien tuvo su “paloma” y “no se tomó jamás la molestia de leer un libro y así lo confesó paladinamente; no poseyó ningún título universitario pero sí numerosos trofeos, escopetas y perros de cacería…; tiene todos nuestros defectos: perezoso, bohemio, mujeriego, irresponsable, fanfarrón”.

En 1970 Misael Pastrana llega para culminar el injerto de los jefes, y con dudas de fraude se posesiona; luego, divididos y enfrentados nuevamente como en otrora, en 1974 “tres casas reales reclamaron sus derechos a la corona: la Casa López, la Casa Gómez y la Casa Rojas, equivalentes a la de Borbón, la de Braganza y la de Habsburgo”; y coronó “el pollo”, quien simbólicamente despellejaron en 1982 cuando quiso repetir ante el candidato que ofreció “casa carro, y beca”.

 Finalmente el autor nos despide con un nuevo representante de la vida pública liberal, Julio Cesar Turbay Ayala, “doctor honoris causa de varias universidades, poseedor indiscutible pero discutible de 7.000 libros, Coronel Honorario de las Fuerzas Armadas; experto en convenciones, manifestaciones, elecciones, transacciones, contemporizaciones y manipulaciones; padrino de 50.000 niños heredo-liberales y compadre –por ende- de sus 100.000 progenitores; dispensador de becas a aquellos y de empleos a éstos; astuto, ladino, habilidoso. Y había llegado resuelto a destruir su fama de hombre débil con actos de autoridad, a “reducir la inmoralidad a sus justas proporciones” y a apuntalar el sistema con fusiles y ametralladoras. Y decidido también a apurar hasta las heces la copa del honor y del placer. Para lograr lo primero, había dictado el Estatuto de Seguridad. Y para conseguir lo segundo, poseído por la “libido imperandi” y por una verdadera locura locomotriz, había viajado desaforadamente dentro y fuera del país, con una copa de champaña en la mano, oyendo himnos y salvas de artillería, dando y recibiendo condecoraciones, profiriendo y escuchando discursos lisonjeros. Y mientras el rey se divertía, habían crecido el hambre, el desempleo, la delincuencia, la mortalidad infantil, el tráfico de drogas heroicas, la inseguridad”.
Decoración de interiores, serigrafía, 1981. Beatriz González. 

Más de sesenta años de vida política son expuestos de forma crítica, divertida, y sarcástica, denotando un acertado conocimiento de la historia del país, lo que posibilita a través de las figuras de Baltazar y Casiano, entender que “al pueblo nuca le toca”, sugestivo título que indica dos momentos especiales de la acción electoral en proporción a un grupo de ciudadanos: los que convencidos en épocas preelectorales confían en que “ahora sí”, vendrán los cambios esperados; y los que decepcionados descubren que “todo sigue igual” sin importar el color político y el personaje de turno.

Tenemos un libro interesante que sirve de ejemplo para el presente que vivimos con la actual contienda electoral: lleno de políticos, lagartos, ciudadanos del común, delincuentes, violencia, y familias colombianas que parecen invisibles pero se notan en los intríngulis de diversos mensajes que el escritor inteligentemente pone para ser descubiertos, y analizarlos en los entornos de nuestro presente.                                    

*Álvaro Salom Becerra (1922-1987, Bogotá). Magistrado, diplomático, Periodista, y escritor. Otros títulos: Un tal Bernabé Bernal, Don Simeón Torrente ha dejado de... deber; El delfín, y Un ocaso en el cenit: Álzate Avendaño.
       
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