10.10.14

La desazón de Los Hongos caleños

La segunda película de Oscar Ruiz Navia entra en el escenario de las transmutaciones de una ciudad que parece acoge diversas culturas y manifestaciones de la cotidianidad. Los que han vivido en Cali identifican espacios urbanos –viejos y nuevos-, gentes diversas que representan estratificaciones sociales y modos de vida en medio de ciertas marginalidades expresadas en momentos culturales, familiares, locales, nacionales y universales. Con Los Hongos, nos metemos en pequeños mundos insertos en conflictos que parecen ajenos a nuestro acontecer, pero que se inscriben mediáticamente en lo  que oímos, vemos, y asumimos en nuestras vidas encontradas.        

A través de Ras y Calvin, descubrimos parte de la ciudad, la que ellos recorren y transforman, notando sus diferencias, similitudes y problemas; cada uno culturalmente diferente, y culturalmente semejante en el gusto particular de transformar paredes y entregar mensajes que recogen un momento que ya se nos hace histórico, la Revolución en Egipto del año 2011, primer conflicto que nos presenta el director para socializarlo en una idea artística. El segundo conflicto va de la mano de la pantalla televisiva, y la retorica de un expresidente que escuchamos mientras el padre de Calvin termina de acomodarse al nuevo día; y el álbum familiar de la abuela, quien expone brevemente algunas imágenes para explicar con la brevedad y sencillez del caso, el episodio de la Violencia política colombiana de mediados del siglo XX. El tercer conflicto que identificamos es el que viven los protagonistas con la sociedad en la que se encuentran inmersos, al ser agredidos físicamente por el orden policial establecido. Por lo tanto, tres escenarios que no son ajenos a nuestras reflexiones del agitado mundo, se entrecruzan para mostrarnos las posibilidades que se dan ante la inmediatez de la noticia, y las opciones de la memoria y el olvido de nuestro contexto.    


Entrar a los vínculos familiares de los protagonistas nos lleva a conocer sus espacios: el de Ras, al oriente de la ciudad, casa a medio construir, en obra negra, y sin las ventajas de una vivienda digna, elementos que notamos e intuimos en el horizonte que él observa al amanecer con vista al barrio; la casa de la abuela de Calvin, -donde él vive-, muestra otras características, aquellas que la ubican en un sector de clase media, mejor acomodada, y en plena decadencia. Los espacios donde convergen, aquellos que “Cali-Calentura” entrega, muestran en cierta medida abandono, belleza extraña que suma visualmente a la historia para vincularnos en eso que ellos observan con el presente que les arranca el tiempo que parece no alcanza para cumplir sus objetivos.   

La multiculturalidad es posible de observar en las manifestaciones que encontramos arraigadas y denotadas con singularidad en acciones y poses tradicionales en “la forma del ser caleño”; además cuando la cultura afrocolombiana entra en desarrollo con el baile, los cantos, y el sincretismo religioso. También es notable en la música que atraviesa la cinta, que va desde la salsa clásica, el bolero, la electrónica, el reggaetón, los cantos cristianos, el punk, y aquella música subalterna de grupos o tribus urbanas que ascienden en la noche para fusionar ritmos, y contraponer las diversas historias personales sintonizadas con la unión de los  géneros, y los problemas que suscitan y sucumben en el vaivén de las relaciones.         

Las referencias fílmicas son directas, el gótico tropical del cineasta Carlos Mayolo entra con la escena vampiresca de la película Carne de tu Carne -1983- a través del video, y la pantalla que observa una de las protagonistas; puro Grupo de Cali que notamos inclusive en uno de los grafitis callejeros dedicados a la figura del “angelito empantanado” de los setentas Andrés Caicedo, y en ese verde caluroso, húmedo, sudoroso e intenso que la ciudad, con sus rincones internos, y sus alrededores, presenta para el deleite visual.        

Un payaso, la publicidad de un almacén de ropa interior, un canal de televisión regional, y una canción sin sentido, quedan gravitando extrañamente en la historia que venimos observando, terminamos conociendo esos elementos por la familiaridades que nos atan; sin embargo, para un espectador por fuera de los reconocimientos sociales caleños y vallecaucanos, su puesta en escena deja de ser universal, y queda de manifiesto cierto vacío en su argumento.    

La película nos deja esa desazón de Los Hongos caleños que parecen tener una misión por cumplir ante las circunstancias de un problema en común, dos adolescentes en busca de un destino que los lleva día por día a las incertidumbres de una ciudad que no les ofrece mucho, y los discrimina. Nos exhiben a través de sus vidas, el mundo local de una urbe global por medio de un espacio tan filmado, tan reconocido, tan marginal,  y extraño a la vez. Más allá de la historia, de las bellas y encontradas imágenes de la ciudad de Cali que se convierten en constantes postales de su vida filmada desde el periodo silente con referentes repetitivos en el siglo XX, y en las nuevas películas realizadas, Los Hongos es un filme que recoge una parte de la ciudad que se alimenta de diversas manifestaciones y estilos de vida en creciente desarrollo y decadencia.

La insatisfacción de algunos espectadores ante Los Hongos, está en el desarrollo de las opciones que ofrece el presente a Ras y Calvin, nos dejamos llevar por esa capacidad de imaginarnos algunas posibilidades que resultan truncadas a pesar de las ramificaciones que nos ofrece un bello árbol en el cual los dos apuestan por su futuro, sofisma simple que no alcanzamos a solucionar para despedirnos en medio de tanta naturaleza que se estrella con el ladrillo y el cemento.          

Referencia fílmica
Los Hongos
Año: 2014, duración: 95 min. Colombia.
Director: Oscar Ruíz Navia. Guión: Oscar Ruíz Navia, César Augusto Acevedo
Productora: Coproducción Colombia-Francia-México; Burning Blue / Contravía Films / Arizona Films / Mantarraya Producciones.  Género: Drama
Sinopsis: Cada noche después del trabajo, Roberto pinta grafitis en distintos muros de su barrio al oriente de Cali. Durante el día es obrero de construcción y el hijo de María, una dulce mulata que emigró a la ciudad proveniente de la selva del pacífico. Roberto no ha vuelto a dormir y está empezando a soñar despierto. María sufre por esto pues piensa que alguien lo ha embrujado y el chico terminará en la locura. Un día Roberto pierde su trabajo por robar varios tarros de pintura con los que venía haciendo un gran mural en el lote contiguo a su casa. Sus vecinos están cansados de sus imágenes, piensan que está promoviendo malos modales y el desjuicio. Sin un peso para ayudar a su madre, atraviesa la ciudad en busca de Eduardo, otro joven grafitero estudiante de bellas artes, que por esos días vive unos días difíciles tras la desintegración de su familia y el cáncer que padece su abuela. Los jóvenes irán sin rumbo fijo por la ciudad, y como dos hongos contaminarán su entorno, esta vez de inmensa libertad.
(Tomado de: http://www.filmaffinity.com/es/film724352.html )

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