sábado, abril 04, 2015

Crónica roja: Homicidio por los Títulos de una Cinta

Algunas noticias del pasado que se descubren en la prensa, sirven para identificar situaciones del orden judicial que se vinculan con temas directamente relacionados al objeto de estudio que el  historiador tiene como especialidad, en este caso el cine, el público,  y el oficio de operador o proyeccionista.  Conocemos la famosa anécdota del Salón Olympia en Bogotá y sus letreros o títulos en la pantalla que eran posible leerse por los asistentes que pagaban un poco más por la entrada, y aquellos que detrás del telón, les tocaba esos mismos letreros pero al revés, con la posibilidad de tener lectores expertos que “cantaban” que decía allí con la habilidad necesaria para ganarse unos centavos.  
   
Sin embargo, cuando el escenario es diferente, la paciencia es nula, y los lectores  del  “lienzo al revés” no existen, los ánimos se calientan y la discusión por unos “títulos” pasa a otro estado, el del crimen por una situación algo absurda que en la cabeza del directo implicado, puede ser normal ante la sencillez de sacar un arma y simplemente solucionar su inconformismo con un tiro directo, en conclusión, una acción para que “no le ponga ojo al cine”.     

Presentamos a los lectores una breve reseña de crónica roja publicada en el periódico El Tiempo en enero de 1928, sin firma de redacción.    

Un Homicidio por los Títulos de una Cinta
-En Choconta-
José Arévalo Contestó  con una bofetada a un reclamo de Jerónimo
Fernández y éste le disparo un balazo en un ojo.

Choconta, enero 30.
TIEMPO-Bogotá.

Anoche a las once y media, cuando todavía no había acabado de salir todo el público de la función cinematográfica, el señor Jerónimo Fernández, carpintero, dio muerte de un tiro de revólver al señor José Arévalo, albañil  y maquinista del aparato cinematográfico.
 En el curso de la función había aparecido la cinta con los letreros al revés. El señor Fernández, que era espectador cerca del aparato, protestó ante Arévalo por haber presentado así la cinta; Arévalo le manifestó que no era culpa de él, pues así había venido de Bogotá. Al terminarse la función, y cuando el agente de servicio se había ausentado, los antedichos tuvieron nuevas voces; parece que Arévalo abofeteó a Fernández, quien descargo su revólver en el ojo derecho de su contendor, dejándolo instantáneamente muerto. Poco después llegó al lugar del acontecimiento que lo fue la puerta del salón de la escuela de varones, el policial de Cundinamarca señor Anatolio Castillo quien recogió el revólver y custodió el cadáver mientras llegaba la autoridad que había de levantarlo. En vista que ni el alcalde, ni el inspector de policía ocurrían al levantamiento, se llamó al señor prefecto, quien acudió un momento después e inicio la investigación.  
Este lamentable suceso tiene alarmada a la sociedad. La falta de policía municipal se hace sensible cada día; y si no fuera porque la de Cundinamarca sabe cumplir con su deber, habría muchos más crímenes que lamentar. Algunas familias me han manifestado que no concurrirán más a estos espectáculos púbicos mientras la policía no ofrezca garantías de seguridad. Debo informar que el alcalde y el inspector siempre ocurrieron al lugar del crimen, una hora después.


Nota: Agradezco a Arnold López su versión de los hechos en la imágenes que acompañan el texto                 
Publicar un comentario