lunes, diciembre 28, 2015

El cinematógrafo: 120 años

I
Debió ser mágico, la imagen hecha movimiento con representaciones de la vida misma en sus momentos más ordinarios, estaba ante los ojos de algunos espectadores incrédulos, asustadizos, y emocionados ante el espectáculo. Finalizaba el siglo XIX, y un nuevo dispositivo venido del arte aparecía como influjo cultural que poco a poco iría insistiendo sobre su primitivo orden básico de manifestarse a través de una pantalla.

Después de tanto ensayo, error, creación, y acción, desde Beccari, Niepce, Daguerre, pasando por Plateau, Marey, Demeny, Reynaud, y Edison; la gloria fue para Louis Lumière:

[…] Quien un 13 de febrero de 1895, patentó un aparato que servía para obtener y proyectar imágenes cronofotográficas. La primera función cinematográfica se realizó el 22 de marzo de 1895 en la calle Rennes nº 44, sede de la Sociedad de Apoyo a la Industria Nacional, donde se proyectó Salida de los obreros de la fábrica Lumiére. El 1º de junio de 1895, Louis Lumière exhibió en Lyon (además de la citada): Plaza de la Bolsa de Lyon, Sesión de acrobacia, Los herreros, Bebé pescando, El incendio de una casa, El regador regado, La merienda del bebé.
El 16 de noviembre estas proyecciones se repitieron en la Sorbona. El 28 de diciembre de 1895, en el Salón Indien del subsuelo del Grand Café, ubicado en el Boulevard des Capucines nº 14, el cinematógrafo tuvo su primer encuentro con el verdadero público: el público curiosos y dispuesto a pagar. Así comenzó el cine (Duca, 1975, págs. 13-15).  

Los temas exhibidos dan fe de unos primeros ensayos dedicados a situaciones normales, escogidas para ser presentadas en escenarios privados donde la aceptación o unos primeros comentarios, eran necesarios para dar ese segundo paso dirigido al público “común y corriente”, en un espacio público, y cobrando. Pasos que debían quedar atrás en el momento de buscar un ciclo diferente al de la experimentación.    


La tridente cinematográfico queda establecida entre los hermanos Auguste y Louis Lumière, Georges Meliès, y la empresa Pathé: Técnica, espectáculo, y negocio; lo que resultaría en producción, distribución y exhibición; en resumen, la actualidad cinematográfica con ton y son. Así en algún momento el señor Meliès halla recibido de los creadores una respuesta parca cuando quiso comprarles su invento: “No se vende, joven, y denos las gracias. Aparte su interés científico, no tiene ningún interés comercial” (García E., 1970, pág. 31).

II
Noël Burch, en su importante referente sobre el cine primitivo, presenta un dato que refleja las sensaciones que produce el cinematógrafo a escasos meses de su aparición en Nijni Novgorod, ciudad rusa donde el escritor y político Máximo Gorki daba sus impresiones sobre la ilusión óptica de ese nuevo invento:

[…] “La noche pasada estuve en el reino de las Sombras. Si supiese lo extraño que es sentirse en él. Un mundo sin sonido, sin color. Todas las cosas –la tierra, los árboles, la gente, el agua y el aire- están imbuidas allí de un gris monótono. Rayos grises del sol que atraviesan  un cielo gris, grises ojos en medios de rostros grises y, en los árboles, hojas de un gris ceniza. No es la vida sino su sombra, no es el movimiento sino su espectro silenciosos (…) Y en medio de todo, un silencio extraño, sin que se escuche el rumor de las ruedas, el sonido de los pasos o de las voces. Nada. Ni una sola nota de esa confusa sinfonía que acompaña siempre los movimientos de las personas[1].          

Para el autor, el texto de Gorki resulta fundamental por expresar las exigencias de la ideología naturalista de la representación, dominante en ese momento en casi toda Europa. Contraste inentendible que se aleja de sentido concreto de una obra, la cual debía estar dotada “de color, sonido y palabras, de relieve, de la extensión en el espacio (“Todo se mueve, rebosa de vitalidad y cuando se acerca al borde de la pantalla se desvanece tras ella, no se sabe dónde) (Burch, 1987, pág. 42). Tal vez esta impresión supuso un interesante debate de ideas sobre las posibilidades que ese artefacto tenía sobre retratar la realidad, el efecto en los sentidos, y su distorsión en el escenario de las representaciones artísticas de ese momento; las cuales, impajaritablemente, fueron entrando en el proceso de creación de los guionistas, las puestas en escena, y las necesidades de adoptar de otras artes lo mejor de ellas, mezcla distintiva que fue permeando decenio tras decenio el cine hasta lo que vivimos en el presente.     

III
Desde nuestra tierra encontramos la referencia de Clímaco Soto Borda, quien reseña el uso del cinematógrafo “sobre el lienzo del Teatro Municipal de Bogotá”, traído a la capital por el señor Ernesto Vieco con diversas imágenes que representaban por ejemplo el “mar con sus olas que se precipitan en pos de otras”, o “el ruido atronador de la locomotora que parece venírsenos encima con su enorme cadena de carros”; experiencia que parece no fue de todo agradable por la algarabía excesiva, lo que llevaba a la conclusión de no ser un espectáculo apropiado para un teatro, pero sin duda para un salón (Soto, 1897).

Tulio Hermil -diecisiete años después- escribe sobre las posibilidades civilizadoras que el cine ha traído a la humanidad:

[…] la misión del cinematógrafo, como la de la prensa, es esencialmente civilizadora. Hacer obra de verdad, hacer obra de belleza hacer obra de progreso: he ahí su fin. Despertar en el alma de las muchedumbres el sentimiento patrio, las nobles empresas, los sublimes heroísmos; instruir la mente de los pueblos con los ejemplos de abnegación, de altruismo y de justicia; ser, en una palabra, ¡faro que ilumine el sendero y no tea que incendie y arrase! (Hermil, 1914).

Desde Medellín, Tomás Carrasquilla asume el cine como una necesidad, acorde a la modernidad y las costumbres de una sociedad conservadora e influyente, espectáculo fantástico, imposible, instructivo, simbólico, educativo e inmoral:

[…] Ciertamente: aquel encanto, aquella atracción que en todos ejercen esas visiones instantáneas y mentirosas, es porque en ellas vemos, tal vez sin darnos cuenta de su enseñanza, la imagen fidelísima de nuestras propias existencias: toda vida, la vida toda, es un reflejo, una película” (Carrasquilla, 1914).    

Las tres visiones del cine tienen el atractivo de ser referencias publicadas en Colombia, cada autor desde la experiencia como espectador en función de entregar un mensaje que posiciona el cinematógrafo como vinculo directo entre la sociedad, las costumbres, y sus representaciones ante el hecho fílmico de observar una cinta, y las sensaciones resultantes de ese encuentro. Síntoma positivo de la llegada del cine a nuestro territorio y sus efectos en la vida privada y pública.                        
IV
A propósito del concepto, se debe a Léon-Guillaume Bouly la palabra cinematógrafo, quien la empleó en 1893 al patentar un aparato con ese nombre. Desde la historia de las técnicas, sería el nombre del maquina inventada por los hermanos Lumière. En el lado del la conceptualización en su distinción del cine mismo, el cineasta Robert Bresson lo define en su oposición al teatro:

[…] el cine, en su definición comercial común, es un vehículo para actores profesionales que representan la comedia según las normas teatrales en vigencia; por el contrario, el cinematógrafo es el registro de un real no representado, sin actores ni recursos con códigos (de dicción, del gesto) extraídos del teatro (Aumont, Marie, 2006, págs., 43-44).          

Con el pasar de los tiempos, cuando el cine es distinguido como arte, y su  exhibición es explotada comercialmente, el concepto comienza a distinguirse como formula publicitaria para atraer clientes de diversa índole. Sin embargo, sus pioneros nunca pensaron en las imágenes en movimiento como fenómeno estético, “para ellos, como para buena parte de la humanidad, el cine podía ser un registro de la realidad superficial, o un ingenioso dispositivo para el espectáculo o el entretenimiento. Pero creían firmemente que más allá de ese nivel no había mayor futuro. El cine era, en el mejor de los casos, un hijo ilegitimo del teatro y de la fotografía” (Romaguera, Alsina, 1989, pág. 13). Nacen entonces los críticos y teóricos que empezaron a encontrar en el cine una forma de reflexionar sobre las valoraciones del mundo que se adaptaban a la pantalla, posibilitando que Ricciotto Canudo sentara su posición en un documento titulado Manifiesto de las Siete Artes -escrito en 1911-, resultando el término Séptimo Arte, “postulado suyo, porque creyó ver en el cine un epicentro y una posible culminación de pintura, arquitectura, escultura, poesía, danza y música” (Romaguera, Alsina, pág. 14).


V
Ciento veinte años no son nada. El cine sigue tan campante entreteniendo, realizando,  y repitiendo historias que parecen no agotarse ante el asombro o reproche de quienes las observamos en todos sus formatos, desde los clásicos, hasta los que la industria nos pone en el juego constante del mercado. En el cine, muchas edades caben, para todos hay, entran en el fin único de divertirse por varios minutos ante la vida misma hecha relato por medio del movimiento fotográfico. Las sensaciones son muchas, y sus discursos mediáticos trascienden a escenarios inimaginables. Ante la oscuridad del teatro, y la des-concentración de la sala casera, el espectador se sumerge en un extraño vinculo que lo lleva apasionadamente ante el instante eterno de una narración que parece no envejecer: Hoy la observa, y posiblemente diez años después la repita, intacta y a la espera de otro reconocimiento, otras pausas, otra vida en medio de tantas reproducciones.

Fin
Tres definiciones:
1-      El cine es un sueño –Dr. Serge Lebovici.
2-     El cine es el arte del movimiento y los ritmos visuales de la vida y la imaginación –Germaine Dulac.
3-     El cine es un sistema de signos cuya semiología corresponde a una posible semiología del sistema de signos de la realidad misma –Pier Paolo Pasolini.         

Bibliografía
-Aumont, J., Marie, M., (2006). Diccionario teórico y crítico del cine. Buenos Aires: la marca editora.  
-Burch, N., (1987). El tragaluz del infinito. Madrid: Catedra Signo e Imagen.
-Carrasquilla, T. El buen cine. Revista Cinemes, Nº 1, Medellín 1914. Tomado de: Cobo, J., Arbeláez, R., (2011). La crítica de cine una historia en textos. Colombia: Proimagenes, Universidad Nacional. 
-Dmytryk, E., (1995). El cine, concepto y práctica. México: Limusa Noriega Editores.   
-Duca, L., (1975). Historia del cine. Argentina: Editorial Universidad de Buenos Aires.  
-García E., J., (1970).  Vamos a hablar de cine. España: Biblioteca Básica Salvat.
-Hermil, T. ¿Qué es el cine? En De Cine Universal, Cali, Revista El Kine, Bucaramanga, 1914.  Tomado de: Cobo, J., Arbeláez, R., (2011). La crítica de cine una historia en textos. Colombia: Proimagenes, Universidad Nacional. 
-Romaguera, J., Alsina, H., (1989). Textos y manifiestos del cine. Madrid: Catedra Signo e Imagen.             
-Soto, C. Días de cine – Cinematógrafo. En El Rayo X, septiembre 4 de 1897. Tomado de: Cobo, J., Arbeláez, R., (2011). La crítica de cine una historia en textos. Colombia: Proimagenes, Universidad Nacional. 

Nota Fílmica
En 1995, para homenajear los 100 años del cine, reunieron a 40 reconocidos directores para que realizaran un cortometraje de 52 segundos utilizando el cinematógrafo original que inventaron los Lumiére. Este documental titulado Lumiére y Compañía, es una buena razón para entender las posibilidades del Tragaluz del Infinito, extraño objeto creador de estrellas, olimpos, triunfos, y fracasos.      

jueves, diciembre 24, 2015

Minicuentos navideños

Años atrás llegó a nuestras librerías un libro del cineasta Tim Burton titulado La Melancólica muerte de Chico Ostra,  traducido a nuestro idioma por Francisco Segovia, publicado por la editorial Anagrama en el año 1999. Veintitrés minicuentos hacen parte de esta compilación extraña, especial, y cruelmente divertida, semejante a la obra cinematográfica del director.  Se ha escogido para la fecha tres de sus textos, donde el niño ojos de clavo, chico mancha, y palillo, sufren la fecha navideña. Los dibujos que ilustran nuestros personajes, hacen parte del lápiz de Burton para sus lectores.

Ojos de Clavo
El niño de ojos de clavo
terminó de montar su árbol
de estaño en un solo día.
Pero se veía muy raro
pues él mismo no veía.


La gran Navidad de Chico Mancha
En Navidad Chico Mancha  
recibió un traje nuevo.
Limpio y blanco como un huevo
y pasado por la plancha.

Más en cuestión de minutos
(no llegaron a ser diez)
Manchas de grasa y esputos
se formaron otra vez.



La Navidad de Palillo
Palillo pudo notar que su árbol de Navidad
parecía un churumbel bastante más sano que él.   



¡Felices fiestas!

viernes, diciembre 18, 2015

La Masacre de las Bananeras -1928-, parte 3

En la película colombiana María Cano -1990-, de Camila Loboguerrero, encontramos una escena de los dirigentes socialistas privados de su libertad en La Dorada -1927-, discuten sobre el escenario de la zona bananera y su territorialidad entregada a los gringos, y sobre las peticiones obreras: Que acaben con el comisariato de la compañía y los pagos en vales; que se construyan escuelas; que se les procure el descanso dominical; que sean reconocidos como trabajadores de la compañía por contrato como lo fijan las leyes de Colombia. Finalmente, proponen ir a la huelga. Otro momento nos ubica en la “Plaza de Ciénaga, Zona Bananera, Marzo de 1928”, allí se escuchan vivas a “la flor del trabajo”, Ignacio Torres Giraldo, y Raúl Eduardo Mahecha en conversación y encuentro con los encargados de llevar adelante el movimiento obrero en esta región; encontrando el uso violento de uno de los encargados de la seguridad de la United que deja bien claro que allí no necesitan sindicato: “aquí la gente comía mierda antes que llegaran los americanos”.  La última escena de este episodio sobre las bananeras se da el 5 de diciembre de 1928, el encuentro con los militares, y la masacre.

Tal vez es la única reseña fílmica que ha tocado el tema de la masacre de las bananeras desde la ficción en el contexto biográfico de una luchadora obrera como lo fue María Cano. Sin embargo, el hecho histórico queda poco contextualizado, y se dirige más a presentar a los líderes del Partido Socialista Revolucionario como emblemas de este proceso desde el lado intelectual, y su posterior situación de perseguidos políticos. Así que el momento aciago e histórico, necesita otras narraciones desde el cine, buscando personajes anónimos por fuera de los reconocidos en el ámbito social, ambientándose con los textos literarios, y aprovechando la memoria de los archivos, las discusiones judiciales donde Jorge Eliecer Gaitán fue importante, y encontrando caminos para mostrarle a nuevas generaciones ciertos vínculos del cine nacional con su pasado.                       

Terminamos nuestro ciclo dedicado a ese suceso histórico del siglo XX colombiano con el texto dedicado al accionar de la empresa norteamericana en nuestro territorio con sus “gracias y travesuras”. Expuestas en reconocimiento de una situación desagradable donde el pueblo que hacía parte del consorcio como empleado explotado, es afrentosamente violentado en sus derechos fundamentales; en medio de ser un “hecho tan doloroso y al mismo tiempo tan sometido a los vaivenes de la ficción”, como afirma el historiador Mauricio Archila, para decirnos que “lo ocurrido luego también sigue sumido en las brumas del recuerdo, pero las proyecciones históricas son más claras”.     

Gracias y travesuras de la United…
Las grandes empresas  multinacionales no apelan a última instancia de la fuerza bruta sino cuando ven amenazados sus intereses en materia grave. Y aun en ese caso extremo prefieren utilizar a sus cipayos criollos armados, reservando sus propios efectivos para la eventualidad de que los sirvientes les fallen en la gendarmería de sus riquezas. Los capítulos anteriores lo comprueban ampliamente. Pero la fuerza no es más que un último recurso.  Los grandes consorcios tentaculares tienen armas e instrumentos de dominación mucho más productivos y eficaces. En primer término, la corrupción de sus agentes nativos, cuya venalidad siempre han sabido explotar con verdadera maestría. Esto es regla general. No ha habido pulpo imperialista que no haya pagado  con largueza la entrega incondicional de sus paniaguados. Y en estas artes útiles del soborno, y del cohecho, la United Fruit Company ha sido tradicionalmente Mater et Magistra. Pero además hay otro instrumento de predominio que esta compañía ha manejado a la perfección: el paternalismo. Vamos por partes.

En el terreno de la corrupción, a la frutera  no le tembló jamás la mano ante nada ni ante nadie. Abundaron los parlamentarios, jueces y gobernadores enriquecidos por el usufructo de fértiles tierras bananeras a cambio de su connivencia en las más sucias maniobras antinacionales. Hay un caso que se aproxima a los límites de la comicidad. En la época dorada de la United la prensa capitalina llegaba a Santa Marta e el mejor de los casos cada ocho días. En consecuencia, el único medio de información y comunicación era la prensa local, consistente en cuatro periódicos cuya supervivencia hubiera sido muy precaria a no ser por el generoso patrocinio de la Frutera que con mano providente les suministró durante años las pautas de publicidad que necesitaron para subsistir. Cuentan con risa los samarios de esa época –subrayando la nula importancia que la Compañía daba al hecho mismo de la publicidad- cómo aparecían a menudo los diarios de Santa Marta con grandes avisos de la Magdalena Railway Company (subsidiaria de la United), en los cuales anunciaba sus itinerarios, siempre atrasados. En otras palabras, era frecuente, por ejemplo, que en los aviso de abril aparecieran los itinerarios de marzo. La cosa era clara. A la Frutera no le interesaba dar a conocer sus horarios de llegadas y salidas del tren. Como no podía interesarle modalidad alguna de propaganda dentro del territorio mismo de su imperio. Su objetivo era tener a la prensa local a su entera disposición. Y siempre la tuvo. Para eso llegaban las órdenes de avisos puntualmente y para eso se pagaban a tarifas exorbitantes.

Aproximadamente entre un 30% y un 40% de las fincas de la zona pertenecían a la United. El resto era de propiedad de los terratenientes criollos que le vendían a fruta al monopolio. Con estos propietarios nacionales, insidiosamente formó la United una clase parasitaria, dependiente y ociosa que, dentro del proceso de producción, se limitó siempre a recibir periódicamente su cuantioso banana check, con el cual los beneficiarios de este tesoro inverosímil vivían como sultanes, algunos en Santa Marta y otros, más refinados, en la lejana Europa. Cuentan de uno de ellos que, regresando a su ciudad nativa después de muchos años de residir en Francia decía, lleno de asco y desdén: “Más vales estar enterrado en París que vivo en Santa Marta”.


El pérfido paternalismo que practicó la Frutera durante su hegemonía en la zona de Santa Marta no fue gratuito. Cumplió a cabalidad el fin que se proponía, sojuzgando totalmente a los propietarios criollos e impidiendo así la aparición del mínimo conato de burguesía nacional que más o menos pudiera oponerse a sus desmanes. La United nunca quiso que los terratenientes locales supieran nada del mercado internacional del banano, ni de la técnica para prevenir las plagas, ni de los controles de calidad, pero ni siquiera de los rudimentos del cultivo mismo de la fruta. Todo lo manipulaba y todo lo hacía la todopoderosa United. Los propietarios no iban alas fincas  más que a emborracharse con sus colegas y con los jerarcas de la Compañía. Los obreros pagados con salarios de hambre, cortaban la fruta bajo la dirección de capataces entrenados por los gringos. La Empresa proveía asistencia técnica para combatir a los enemigos naturales del banano, los sacaba de las fincas, seleccionaba el que le convenía, lo embarcaba y se lo llevaba. Mientras tanto, los propietarios colombianos disfrutaban de la más esplendorosa holganza. De pronto los rozaba la adversidad porque la sigatoka o el Panamá disease arruinaban las plantaciones, porque los huracanes des devastaban o, simplemente  porque los secuaces de la compañía habían rechazado cosechas enteras de óptima fruta bajo el pretexto de “mala calidad”, cuando lo cierto era que habían recibido orden superior de rechazar debido a que había oferta den Nueva York y una mayor afluencia de banano podía echar los precios por la tierra. En tales casos no había problema. Ahí estaba “Mamita United” lista a otorgar créditos a largos plazos y bajos intereses para compensar cualquier pérdida a sus hijuelos amados. Y la verdad es que a la Frutera le interesaba que los propietarios criollos fueran en todo momento sus deudores. Así los tenía más sometidos.

Hubo sin embargo, una estupenda excepción. Dos hermanos Olartes, oriundos de Antioquia, que habían llegado a la Zona y hecho allí una fortuna a fuerza de trabajo. Fueron inmunes a la ponzoña del paternalismo. Ellos mismos administraban su finca y conocían a fondo todos los pormenores del cultivo. Eran, además, audaces y bien bragados. Cuando llegaban los testaferros de la Frutera a las fincas s “seleccionar” la fruta, la aristocracia bananera dormía siestas  infinitas. Los Olartes estaban  presentes en el proceso de la selección y, cuando los lacayos cumplían órdenes de rechazar, los dos hermanos a quienes nadie podía engañar en cuanto a conocimiento de la fruta, se hacían aceptar  sus racimos a punta de revólver si era menester, probando, además, que no había tal mala calidad. Al mismo tiempo, el banano de los propietarios ausentistas se quedaba pudriéndose en las fincas.                


Hay un episodio poco conocido en la tenebrosa historia de la Frutera, en el cual concurren curiosamente las consecuencias de la corrupción y del paternalismo. Al célebre Mr. Bradshaw lo sucedió en el trono de la frutera Mr. George S. Bennett, quien lo ocupaba cuando se inició la primera administración López. Mr. Benett, fiel a al tradición sagrada de su empresa, empezó a manipular todas las palancas de la compra de conciencias. De pronto el presidente López tuvo noticia de que el gerente de la Frutera se encontraba comprometido en una alta operación de soborno al poder judicial en Santa Marta, en el caso de un litigio de aguas dentro de la Zona. El jefe del Estado envío a toda prisa un investigador competente quien penetró en la oficina de Benett y encontró en su escritorio el expediente del caso, que el gerente y sus abogados mercenarios habían sustraído del juzgado. El señor Benett fue detenido y traído a Bogotá junto con su jurista de cabecera y en la capital estuvieron a buen recaudo por cerca de dos meses. Cuando Benett regresó a Boston, la Compañía, a modo de desagravio, lo hizo vicepresidente. Y entonces vino lo maravilloso, lo increíble: la venganza apocalíptica del gringo ultrajado. La mortífera sigatoka se abatió sobre las fincas de los propietarios colombianos u aniquiló sus plantaciones. Su ignorancia los hacía inermes ante el desastre y de nada les valió su abyección de tantos años. El yanqui ofendido, a todos castigó por parejo. La justicia es ciega y tiene en sus  manos una balanza en equilibrio y una espada. Y ¿qué pasó con las haciendas de la United? Que las matas siguieron fruteciendo en todo su esplendor protegidas por acueductos de “caldo bordelés” (compuesto químico que combate y evita la sigatoka), mientras las vastas plantaciones de los colombianos se deshacían ante la impotencia de quienes, tarados por el paternalismo, nunca se interesaron por meter la nariz en las técnicas de cultivo y prevención. Cuentan los testigos de esa época que hasta muchos kilómetros de las plantaciones se percibía el relente dulzón de miles de hectáreas, de banano putrefacto. Mr. Benett convocando la sigatoka en Mr. Brown concitando las cataratas del cielo sobre el Macondo de la decadencia.

Imposible cerrar este ciclo de relatos bananeros, sin recordar un episodio que tipifica no sólo los procedimientos de la United Fruit sino la esencia misma del sistema capitalista. José Gnecco, viajando a bordo de un barco de la Frutera, fue testigo de cómo el capitán recibió un telegrama urgente de Boston con una orden perentoria. Había oferta en el mercado. El precio podía bajar. Había que sostenerlo. El barco viajaba repleto con fruta de primera calidad. Era imperioso echarla al océano. El capitán obedeció el mandato de sus jefes. Ciento veinte mil racimos fueron devorados por las aguas. El barco levó anclas y siguió su marcha. Otros muchos capitanes ese mismo día cumplieron en diversos puntos de la inmensidad del mar la misma orden. El precio se sostuvo y hasta pudo mejorar. Las fauces insaciables del caribe crearon la demanda. ¿Cuántas hambrunas segaban en ese momento millones de vidas, muchas infantiles, en múltiples lugares del mundo? No lo sé. Lo único cierto es que los mecanismo de la economía capitalista se detienen ante esas consideraciones sensibles.        

 Bibliografía
-Alfredo Iriarte, Gracias y travesuras de la United…, en Lo que lengua mortal decir no pudo, Instituto Colombiano de Cultura, pp. 96-103, 1979.
-Mauricio Archila, Masacre de las bananeras, Credencial Historia, 1999.  

Película citada
María Cano
De: Camila Loboguerrero.
Actores: Entre otros, María Eugenia Dávila, Frank Ramírez, Diego Vélez
Germán Escallón, Jorge Herrera, Ana María Arango, Eduardo Carvajal.
Género: Ficción / Biopic.
Duración; 106 minutos.
Año: 1990.

Imágenes tomadas de:






miércoles, diciembre 16, 2015

La Masacre de las Bananeras -1928-, parte 2

Carlos Uribe Celis afirma que durante los años veinte en Colombia el panorama político se manifestó por los siguientes problemas: la tierra; los indígenas; los obreros; la conexión de las regiones; la adecuación político-administrativa; la adecuación social del país al nuevo statu quo; finalmente, el  imperialismo. En este último caso, se refleja un hecho en particular, el Tratado de Amistad del 6 de abril de 1914 “en el que se aceptaban los hechos y consecuencias del despojo de Panamá aun con la supresión de la cláusula del sincere regret,  que debió haber figurado y se suprimió en la declaración del gobierno de los Estados Unidos”; también a la entrada de capital americano que estimulo la dependencia; la explotación y legislación de hidrocarburos;  e indirectamente las intervenciones de los norteamericanos en Centroamérica, y en los denominados enclaves del banano, platino y oro en nuestro país (pp. 35-37).  

Miguel Abadía Méndez fue el último presidente de la llamada hegemonía conservadora en nuestro país. Germán Colmenares hace una pequeña radiografía del personaje y nos dice: “Nada lo señalaba como un hombre de progreso, antes por el contrario, era evidente su apego a esquemas mentales que chocaban permanentemente con las nuevas realidades del país. Todo el mundo reconocía, eso sí, sus sobresalientes cualidades como político, en el sentido más bien peyorativo del término” (pp-437-438). Entre los años 1926-1930, su gobierno estuvo marcado por las constantes polémicas derivadas de su accionar político y hegemónico, además por múltiples endeudamientos del erario público con empresas extranjeras en medio de la crisis económica de 1929 –gran recesión mundial-, y el conflicto interno laboral de los empleados bananeros de la United Fruit Company que derivó en los problemas suscitados en 1928. La situación social y política de nuestro país en ese cuatrienio, posibilitó el encumbramiento de otro partido político, los liberales, los cuales llegaron al poder en 1930 e instauraron la denominada República Liberal hasta 1946.   

En medio de la “fauna” política nacional, y los envites de algunos periódicos no oficialistas que marcaban pautas sobre la real situación del país, aparece la figura de Ricardo Rendón (1894-1931), caricaturista de la época, de clara tendencia liberal, y auspiciante a través de sus trazados, de una memoria crítica y certera de la realidad política. En resumen, como afirmaba Fernando González, “el caricaturista es el vidente de los pecados hechos hombres y sucesos”; y Rendón si que lo supo hacer, fustigó constantemente por medio de sus reflexiones a los conservadores en el gobierno, estimulando una conciencia crítica, y haciendo ver ciertos errores y problemas desde las instancias satíricas, donde cabía el presidente del momento, y obviamente la Masacre de las Bananeras en 1928.

Para complementar el segundo texto de Alfredo Iriarte, exhibimos en medio de su narración algunas de las caricaturas del citado dibujante, todas con el pretexto de alimentar la imaginación del lector, y ubicarlo en la trama de una situación deshonrosa para el país, sus gobernantes y militares.                   

¡Que viene Cortés Vargas!
Ya vimos en el capitulo anterior, a través del testimonio de Pepe Gnecco, cómo en los días críticos de la huelga bananera, estuvieron fondeados cerca de la bahía de Santa Marta dos barcos de guerra del Tío Sam listos a desembarcar sus aguerridos contingentes de marines, en caso de que las autoridades colombianas no asumieran una actitud enérgica frente a la “asonada comunista” que amenazaba seriamente las vidas y bienes de los norteamericanos que, con el desinterés y la abnegación de siempre, trabajaban en estas latitudes selváticas y agrestes por el incremento de la riqueza nacional.


Los legendarios infantes, como bien es sabido no tuvieron que desembarcar para ejercer su oficio de gendarmes internacionales. El gobierno de Colombia les envío esa molestia con el envío del general Carlos Cortés Vargas como jefe civil y militar de la zona. Sobre este destacado exponente de nuestras instituciones castrenses siempre hubo una duda: nunca se supo si lo que le gustaba ver correr con mayor abundancia era el whisky o la sangre. 

Cortés Vargas viajó a toda prisa y en Barranquilla puso bajo su mando un regimiento acantonado en esa ciudad. En segunda tomó el camino de Ciénaga y Santa Marta, Pero al llegar se le presentó el general un contratiempo con el cual no contaba y que estuvo a punto de dar por tierra con sus planes: no tuvo en cuenta que los soldados que llevaba para sofocar la huelga también eran costeños. En consecuencia, su llegada fue recibida con fragosas manifestaciones de júbilo. Mucho de los soldados eran parientes, amigos y compadres de los obreros, con quienes terminaron confundidos en grandes abrazos mientras los fusiles caían atierra y todos fraternizaban  al calor del ron, los bollos de yuca, las arepas de huevo, el pescado frito con patacones y la amistad entrañable de quienes sólo se diferenciaban en la indumentaria. Los huelguistas habían acampado en los playones de Ciénaga y allí habían levantado sus carpas y encendido sus hornillas. Las contribuciones forzosas impuestas a mercachifles y usureros locales proveían generosos bastimentos para el proletariado que luchaba, de modo que cuando llegaron los hermanos de Barranquilla, hubo viandas, bebidas y afecto para todos.      


Tiempo después, el general Cortés Vargas confesó que ese episodio si lo había desconcertado hasta atemorizarlo. Pepe Gnecco fue testigo de esa confesión. Pero el estupor le duró poco al chafarote. Mientras soldados y trabajadores festejaban su encuentro y los obreros mamaban gallo en la cumbiamba con los fusiles de sus camaradas, el general urdió sabiamente la nueva estrategia. Con rapidez y astucia de felino, el jefe civil y militar fue haciendo retornar la tropa costeña en grupos reducidos a sus cuarteles en Barranquilla. Simultáneamente –valiéndose del entonces único y ultra-rápido inalámbrico de la frutera- despachó telegramas urgentes pidiendo a marchas forzadas el envío de tropa “cachaca”: santandereanos, boyacenses, “rolos”, antioqueños, caucanos, pastusos; hombres, en fin, que no tuvieran afinidad alguna cultural o familiar con quienes estaban destinados a ser sus víctimas. 

El traslado se cumplió con una celeridad asombrosa para los medios de entonces. En una semana no quedaba en la zona de huelga un solo soldado costeño y ya estaban presentes todos los “cachacos” que necesitaba Cortés Vargas para actuar.   En eso el célebre general fue el precursor de una de las más siniestras tácticas empleadas por las dictaduras fascistas que ensangrentaron a Colombia a partir de 1949. Igual que su antecesor de Las Bananeras, veinte años más tarde comprendieron sagazmente los promotores de la violencia que los sicarios reclutados para el asesinato y la depredación vacilarían al volver las armas homicidas contra sus hermanos de comunidad. Entonces los transplantaron. Y los enviaron a ejecutar su proditorio cometido a zonas extrañas; a regiones donde su furor  vesánico no se detuviera ante el rostro del hermano, del amigo, del pariente, del compadre; a comarcas en que ninguna voz familiar pudiera entre los verdugos y sus víctimas; a poblaciones distantes, propicias por lo tanto a la frialdad de la matanza; a lugares tan lejanos que allá el exterminio no engendrara remordimientos. Hay una página maestra de Cien años de soledad en que García Márquez narra con patetismo sobrecogedor la llegada de los soldados “cachacos” a Macondo para la represión de la huelga:

Eran tres regimientos cuya marcha, pautada por tambor de galeotes, hacia trepidar la tierra. Su resuello de dragón multicéfalo impregnó de un vapor pestilente la claridad del mediodía. Eran pequeños, macizos, brutos. Sudaban con sudor de caballo y tenían un olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e impenetrable de los hombres del páramo. Aunque tardaron más de una hora en pasar, hubiera podido pensarse que eran unas pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran idénticos, hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los morrales y las cantimploras, la vergüenza de los fusiles con las bayonetas caladas y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del honor.

Ya Cortés Vargas podía estar tranquilo. Los candorosos huelguistas seguían convencidos de que los soldados que estaban  en los cuarteles vecinos eran los mismos paisanos a quienes habían recibido en triunfo. ¡Estaban emboscados los muy tontos! Pero como el general aún no estaba investido de los poderes que le dio después del decreto de estado de sitio sobre las vidas humanas, quiso obtener la anuencia del gobernador Núñez Roca para proceder sin más formulas ni necios escrúpulos al exterminio de los obreros. El doctor Núñez Roca se negó, con la repugnancia más atroz a aprobar el genocidio. Pero la novel actitud del gobernador sólo consiguió retardarlo unos días. Vino el decreto que puso a merced del sádico las vidas de los obreros colombianos explotados por los gringos. Automáticamente el digno y probo gobernador quedó reducido a  condición de monigote frente al todopoderoso procónsul que el ministro Ignacio Rengifo (otro diplomático sanguinario) enviaba para custodiar  a todo trance la propiedad y los fueros de los expoliadores foráneos.   

Relatar la matanza del 6 de diciembre de 1928 y la despiadada cacería humana que siguió, es un episodio  que se omite por demasiado conocido, en esta serie cuyo propósito cardinal es el de revelar ciertos capítulos ominosos que la historia oficial ha logrado escamotear al conocimiento de los colombianos. Por eso se ha revelado la presencia de los destroyers gringos en esta serie; por eso se ha destacado el episodio siniestro del cambio de la tropa; y por eso es bueno que se sepa que después  del genocidio de la Ciénaga, del aniquilamiento de los fugitivos en la Zona y de los inicuos consejos de guerra a los dirigentes obreros, el carnicero vistió su mejor atuendo marcial y celebró el triunfo de la “gente decente” y de la “inversión extranjera” sobre la "guacherna”, con un baile suntuoso en el regimiento Córdoba, al cual asistió la alta directiva de la United, los abogados mercenarios y toda la aristocracia bananera criolla, intermediaria, parásita, holgazana y servil, cuyos intereses había salvaguardado, junto con los yanquis, el ejército de Colombia.

La mala suerte le amargó el final de la grandiosa fiesta al invicto pacificador de la guacherna levantisca. Cierta próspera industria cervecera acababa de inaugurar en la ciudad una moderna planta para producir allí mismo sus exquisitas bebidas. Al tener conocimiento de la proximidad del baile en honor del héroe, los obsequiosos cerveceros enviaron varias cajas de cortesía al festejo. Cortés Vargas lo supo, y después de haber ingerido dosis fenomenales de whisky, decidió aplacar su sed de guerrero bogotano en Ciénaga con otra dosis no menos caudalosa de cerveza, con la consecuencia de que sufrió una intoxicación apocalíptica. Al día siguiente, en medio de las cefalalgias, los trastornos y las náuseas de ese guayabo demoniaco, declaró a gritos que todo había sido un complot comunista para envenenarlo y ordenó que la tropa ocupara la planta de respetable consorcio cervecero y suspendiera culatazos la producción del brebaje magnicida. La orden je jefe civil u militar de la Zona se cumplió en el acto, ante el estupor de ingenieros y gerentes, cuyas protestas les acarrearon los vejámenes de la soldadesca. Expulsados de su lugar de trabajo, los ejecutivos de la empresa se dirigieron por inalámbrico a las altas directivas, las cuales, a su vez, apelaron al presidente Abadía. El primer mandatario, estupefacto, llamó a su inolvidable ministro de guerra Ignacio Rengifo, quien, como avezado dipsómano, entendió el caso y envió órdenes inmediatas para que las fuerzas del orden evacuaran la planta y permitieran que alas actividades productivas continuaran. Los daños fueron reparados por cuenta del Estado, y el ministro de guerra dio al general Cortés Vargas todas las garantías de que su intoxicación había obedecido más a su imprudencia que a las insidias de los envenenadores profesionales venidos de Moscú directamente a Santa Marta.


El gobierno procedió inmediatamente a recompensar los méritos del Pacificador de Las Bananeras, nombrándolo director de la Policía Nacional. Su prestigio estaba intacto ante la clase dirigente, al cual sólo vino a excomulgarlo sin remisión posible cuando en las jornadas cívicas de junio de 1929 contra la corruptela administrativa, los caballos de la policía cargaron contra la gente bien de Bogotá, dejando como saldo de su intervención unos cuantos contusos. La burguesía, que lo había absuelto por los tres mil muertos de Las Bananeras, lo condenó para siempre al ostracismo y al escarnio público por los aporreados en las calles de Bogotá. Era natural. En la sociedad de clases, todo tiene sello de clase. Inclusive la muerte.         

Bibliografía
-Alfredo Iriarte, ¡Que viene Cortés Vargas! , en Lo que lengua mortal decir no pudo, Instituto Colombiano de Cultura, pp. 88-95, 1979.
-Carlos Uribe Celis, Los Años Veinte en Colombia, Ideología y Cultura, Ediciones Alborada, Bogotá, 1991.
-Fernando González, Ricardo Rendón, en Rendón, Editorial Colina, Medellín, 1976.  

-Germán Colmenares, Ricardo Rendón. Una fuente para la historia de la opinión publica, TM Editores, Universidad del Valle, Banco de la República, Colciencias, 1998. 

lunes, diciembre 14, 2015

La Masacre de las Bananeras -1928-, parte 1

En 1972 el Teatro Experimental de Cali –TEC- dirigido por Enrique Buenaventura, llevó a las tablas la creación colectiva La Denuncia, obra que ponía de manifiesto uno de los hechos más oprobiosos de la historia de Colombia en el siglo XX ocurrida el 6 de diciembre de 1928 en la zona bananera del Magdalena. El cartel publicitario jugó con los titulares del periódico Relator publicado en Cali: “Dos mil huelguistas atacaron con machete a soldados, en las bananeras”-la esposa de un empleado americano de la United, fue muerta por un huelguista, en Sevilla. Nueve batallones concentrados en la zona para contrarrestar las embestidas de los huelguistas. Orden de captura contra Torres Giraldo y Castrillón-. “Interesante reportaje  al general Cortés Vargas sobre los sucesos” –El inspector Martínez fue apresado por hallarse en convivencia con los huelguistas. El jefe civil y militar temió por la lealtad del ejército. Los huelguistas para conquistarlos, gritaban vivas a los batallones-. Noticias que se mezclaban con publicidad de Coca-Cola, la invitación al “Gran Concurso Olímpico de Relator”, y los espectáculos para hoy de Cine Colombia y el Salón Versalles: La película “Bello Amor”; y el baile más distinguido de la sociedad caleña con un invitado de lujo recién llegado de otras capitales americanas, el Barón Von Rainhall.      
          

Cumpliendo los 87 años de este suceso, publicamos tres crónicas de Alfredo Iriarte (1932-2002), escritor bogotano dedicado a la investigación histórica, obras satíricas, y situaciones fantásticas; compilación publicada en la colección del instituto Colombiano de Cultura en 1979 que nos pone en contexto sobre la acción de las fuerzas militares en la huelga bananera, y algunos hechos relevantes para el complejo momento vivido en 1928 donde el Estado colombiano, una empresa extranjera, y varios connacionales, son actores centrales:   

Más sobre las bananeras
Suele creerse que el episodio de Las bananeras ha llegado a ser tan ampliamente conocido en todos sus pormenores ominosos, que poco o nada hay que agregar para que las gentes colombianas lo abarquen en su real dimensión de espanto y de vergüenza.  Yo, sin embargo, creo poder incluir en esta serie unos cuantos hechos que, por haber sido muy precariamente divulgados, caben perfectamente dentro del propósito cardinal de la serie el cual, como se indico al comienzo de la misma, es sacar a la luz del Sol algo del detritus que los gatos académicos han sepultado bajo asépticos y decorativos cúmulos de tierra, cumpliendo con ello fielmente la misión que les compete como custodios que son de un sistema que, en la medida en que toma conciencia de su progresiva decrepitud, más se esfuerza en aparentar no sólo una vitalidad a toda prueba sino también un abolengo y unas ejecutorias intachables.

El acto de recrear la historia de torna particularmente grato cuando, en vez de apelar a relaciones, crónicas y documentos, la distancia que nos separa de los hechos nos permite acudir al testimonio directo que quienes la protagonizaron y vivieron. Tal es mi caso en estos capítulos sobre Las Bananeras. El país conoce bien a José Gnecco Mozo. Sabe de su brillante inteligencia, de su largo y fecundo magisterio en la ciencia del derecho constitucional, de sus atributos como historiador, estadista y escritor. 

Actualmente, José Gnecco, a la altura de sus 72 años, disfruta de las más envidiables condiciones de mocedad intelectual y física y, en consecuencia de una memoria sorprendente. En largas y fecundas sesiones, he tenido la oportunidad de oírle la revelar unas veces y otras corroborar, hechos, desconcertantes relacionados con ese sombrío episodio de la historia colombiana.

Por otra parte, antes de que se diga que lo que sigue es la versión mendaz de una apátrida comunista, debo aclarar que Pepe ha sido siempre, es y morirá godo, pero que a pesar de llevar por la vida ese rótulo, ya más anacrónico que oprobioso, ha sido, es y morirá honesto.  
En 1928, pepe Gnecco era secretario de gobierno del doctor José María Núñez Roca, entonces mandatario seccional de Magdalena. El doctor Núñez tampoco era comunista. Era un patricio conservador de entrañables convicciones republicanas, atemperado y civilista. Era, además, un patriota. Se entiende, por lo tanto, que fuera tan adverso a los desmanes del ejército como a las maquinaciones inicuas de la United Fruit Company. El hecho es que su suerte aciaga y el doctor Abadía Méndez lo llevaron a la gobernación del Magdalena en los días de la gran huelga.

A la vez que el doctor Núñez Roca ejercía el poder formal, ejercía a su vez el poder real el célebre Mr. Bradshaw, gerente general de United de Colombia. Corrían ya los días críticos de la huelga. Los obreros habían ganado ya la unidad decisiva y recorrían la Zona impidiendo el corte de la fruta y haciendo imperiosa la exigencia de sus derechos burlados. Por esos días Mr. Bradshaw empezó a visitar diariamente el despacho de la gobernación, en la ciudad de Santa Marta. El procurador llegaba todas las mañanas a la oficina de Núñez Roca ataviado con finos trajes de lino y escoltado por su séquito de abogados nativos, en cuyas garras de buitres, las leyes de Colombia pasaban a ser marionetas serviles de la Compañía explotadora. Llegaba cotidianamente el prepotente virrey rodeado por su corte de juristas venales y exegetas a sueldo –herramientas indispensables del imperialismo- que hicieron decir brillantemente a Luis Cano, en la época dorada y abolida en que los liberales eran nacionalistas: “Son más temibles para este pobre país los abogados de la Universidad de Colombia que los de la Universidad de Columbia”. Lo cierto es que todos los días llegaba Mr. Bradshaw con su cortejo de sanguijuelas a beber café al despacho de Núñez Roca. La visita siempre era breve. Mientras el gringo saboreaba su tinto se desarrollaba a diario y en forma reiterada y machacona el siguiente diálogo:

Bradshaw (incisivo): -Dígame una cosa, doctor Núñez: las autoridades de Colombia sí están de veras en condiciones de garantizar la integridad de las vida y bienes de los norteamericanos en la Zona bananera?
Núñez Roca (impasible): -Puede usted estar tranquilo, Mr. Bradshaw. El ejército de Colombia está listo a asumir con presteza y eficacia la defensa de las vidas norteamericanas y los intereses de la Compañía.
Bradshaw (desconfiado): -Quiero seguir creyendo en usted. Ojalá no me defraude. Porque usted ya debe saber que ayer los obreros devastaron dos comisariatos y cometieron tales y cuales atropellos.
Núñez Roca (persuasivo): -Eso es comprensible dentro de esta situación de emergencia, querido Mr. Bradshaw. Pero debe usted estar seguro de que nada grave ocurrirá porque para impedirlo están las autoridades de la República.
Bradshaw (más sosegado): -Confío en que las cosas no empeoren señor gobernador. Hasta la vista.

En ese momento desaparecerían Bradshaw y su escolta de sabandijas hasta el día siguiente. Uno cualquiera de esos días Pepe Gnecco, intrigado, preguntó a Núñez Roca por qué expresaba con tanta certeza a Bradshaw la seguridad de las garantías del ejército colombiano en tanto que la situación se hacía cada vez más incontrolable. Sin perder la calma, el gobernador abrió una gaveta de su escritorio, extrajo un catalejo e invitó a su joven secretario a subir a la terraza de la gobernación. Una vez allí le entregó el catalejo y le dijo con el mismo talante apacible: “Enfoque la vista hacía el centro de la bahía, mire en esa dirección hacía alta mar y encontrará la razón de mi actitud hacía el gringo”. El secretario apuntó el catalejo hacía donde se le indicaba y halló la razón del viejo gobernador en forma de destructores norteamericanos hermosamente artillados y cabalmente rellenos de marines ávidos de playas nuevas para su inextinguible furor bélico. Esto último no lo vio Pepe con el catalejo pero no requirió demasiada sagacidad ni rara clarividencia para adivinar que, en esas circunstancias, mal podían estar dos navíos de guerra de bandera norteamericana frente a la bahía de Santa Marta, cargados de monjas. Núñez Roca no necesitó palabras para expresar lo obvio: que si él le dejaba entrever a Bradshaw duda alguna sobre la eficacia del ejército colombiano como guardián de la Compañía, el desembarco de los infantes sería cosa de horas. Dicho en mejores palabras: los obreros en huelga por sus legítimos derechos tenían dos opciones: ser diezmados por los cobrizos soldados colombianos o por los infantes de marina ojizarcos y catires.     

Pero la suerte estaba echada. Ya se percibían en la Zona los pasos marciales de Carlos Cortés Vargas. Los obreros colombianos no serían ejecutados por verdugos extranjeros. Eso podía constituir una afrenta a la dignidad nacional. El carnicero, con sus ametralladoras emplazadas en Ciénaga, se anticiparía a los marines, impidiendo así en forma providente que militares foráneos profanaran con sus botas la integridad del suelo patrio y la soberanía de la República. Y conste que no se trata de especulaciones ni conjeturas. Así lo declaró públicamente y en forma reiterada el general Cortés Vargas.   

Bibliografía
-Alfredo Iriarte, Más sobre las bananeras, en Lo que lengua mortal decir no pudo, Instituto Colombiano de Cultura, pp. 82-87, 1979.
-Relator, Diario de la Tarde, Cali, Diciembre 7 de 1928.
-http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/biografias/iriarte.htm

viernes, diciembre 11, 2015

¿Dónde está Andrés Caicedo en la película ¡Que Viva la Música!?

Apreciada Rosario.

Escribir sobre la adaptación de la obra de Andrés ha sido un ejercicio difícil de realizar. Me demoré para ir a verla más de lo esperado, teniendo en cuenta que su estreno fue a finales de octubre. Siempre miraba la página de cine y aplazaba mi visita para el día siguiente, hasta que sólo quedó en una sala acá en Bogotá, Cine Colombia Avenida Chile. Decidí salir de esa necesidad intelectual apenas el pasado viernes 4 de diciembre, sorprendido por sentirme en un recinto  a medio llenar, y repleto de jovencitos, no sé si empantanados. Me pregunté entonces por qué el aguante de esta cinta nacional en la empresa de exhibición cinematográfica más grande del país, lo que tuvo una respuesta rápida al ver los créditos y denotar que es patrocinadora de la producción, así la sostuvieron unas semanas hasta el día de hoy -10 de diciembre-, que ya el programa publicado en la prensa, no la pone en sus horarios.

En el pasado Festival de Cine de Cali escuche como le preguntaban a dos caicedianos versados de la obra y cercanos al escritor, si habían visto la película de Carlos Moreno, ellos, como evitando la conversa, salieron del tema y se escabulleron entre los afanes de tanto programa por ver y disfrutar. En Bogotá, en la mesa de una cafetería en plena séptima, la pregunta volvió a surgir, “ya vieron ¡Que Viva la Música!”, y parte de los comensales atinaron con un sí, otros como yo hicieron silencio y escucharon la desaprobación a la obra, y la recia queja que insinuaba la invisibilidad de Andrés Caicedo en sus ideas centrales, en el espíritu de su obra póstuma, y en la desacertada escogencia de su alma: María del Carmen Huerta, nuestra rubia, rubísima. 

Al salir de cine pensé que tal vez el director pudo haber desarrollado un ensayo documental libre, entrelazando entrevistas de la época en el que se escribió el libro, e intercalando algunas de las escenas bien logradas con esa música afroantillana que nos envuelve hasta desatar en nuestros músculos esas ganas de bailar, la que nos ofrece el libro, la de las rumbas setenteras. Tal vez así, se hubieran solucionado tantos inconvenientes de retratar una época en su contexto cultural, económico, social, y político; jugando con el archivo fílmico, fotográfico, y documental; llevándonos al pasado, y ubicándonos en el presente.

La dicción fuera de pantalla o fuera de campo, que reconocemos en la jerga fílmica como voz en off, es usada constantemente en las películas como alternativa de la narración; ligada a un debate interesante que estipula si esa voz debe ser emitida por un personaje invisible pero presente en la escena, o a los sonidos emitidos por un personaje no presente en la escena[1]. En ¡Que Viva la Música! este recurso es sobreexplotado desde el inicio hasta el final, no hay alternativa, ya sabes la cita que sigue apenas escuchas las primeras líneas de la protagonista, y reconoces algo de la puesta en escena en relación a la obra, pareciera que es necesario que silencié, no module, que no sea ella misma en su interpretación de María del Carmen, que oculte su falta de capacidad para sintonizarse con el personaje, y de rienda suelta a la aventura que significa tomarse a Cali y el mundo en medio de tanta salsa y violencia.    

Con respecto a la relación cine y literatura, a la adaptación de una obra relevante llevada al lienzo, esta siempre ha sido problemática, llena de dudas y sospechas, “para la muestra un botón”, dijo la modista y el crítico de cine desde principios del siglo XX. Para los conocedores del libro, algunos más románticos que otros, hubiera sido esencial retratar la ciudad que nos narra Andrés, la de finales de los años sesentas e inicios de los setentas, labor posible en la acertada dirección de arte tan necesaria para crear ambientes del pasado, pero que no es tenida en cuenta en la interpretación que Moreno hace del texto, él asume otro momento, otra Cali, otro movimiento de la ciudad, la descontextualiza queriendo acercarse al espacio que nos presenta Caicedo, pone elementos de ese periodo en nuestro presente, y allí, como dice Luis Alfonso Londoño, el personaje del cortometraje Agarrando Pueblo: “Como yo me gusta es confundir, cuando quieren es que los desconfunda”.     
     
Los tres personajes masculinos que cruzan la vida de “la rubia”: Ricardito “el miserable”, Rubén Paces “el programador de discoteca de fiestas”, y Bárbaro “el larguirucho de pelo muy indio y mentón prominente”; parecen tener mejor aceptación en sus roles decadentes, muy ligados a los personajes que ya el director nos ha mostrado en Perro come perro -2007-, Todos tus muertos -2011-, y El cartel de los sapos -2011-. Así, que su trabajo en la dirección actoral, tal vez estuvo más acertada al tipo de personaje que se le presentaba en el libro, pero este trabajo, en función a la actriz que debería llevar el ritmo en la cinta, es menguado por la falta de acción en representar su papel.  

Ante la pregunta que me hizo una acompañante de butaca: ¿Dónde está Andrés Caicedo en la película ¡Que Viva la Música!? Atine a contestar: en una escena donde aparecen una serie de imágenes, carteles de cantantes y actores, allá, en la punta de la pared, estaba Andrés, sentado sobre un colchón, con un libro atrás, melenudo, con gafas grandes, relajado, agarrando con su mano izquierda la derecha, en Ciudad Solar, un día cualquiera de 1972 cuando fue atrapado para la eternidad por Eduardo Carvajal. 
   


Finalmente, esta cinta funciona para los que no han leído la obra y observan una historia cargada de caleñidad expresada en el acento, las calles exhibidas, y los espacios públicos ya representativos de una cinematografía constante desde mediados de siglo pasado, con música que reconocemos inmediatamente ante los ecos salseros que aprobamos, y la violencia que se hace familiar por sentirla, leerla, y observarla. Sin embargo, para los que reconocen la obra de Andrés Caicedo, hay desencuentros constantes entre lo expresado por el escritor, y la  interpretación del cineasta: Allí, la ciudad es invisible, el personaje central no sintoniza, y nos quedamos sin que viva la música. 
       
Atte. 
Yamid
Desde el Rincón de Teusaquillo.

Nota: No soy crítico cinematográfico, pero asumo el hecho fílmico de una obra como mecanismo de interpretación que puede  pasar por el sesgo personal de un conocimiento basado en la poca experiencia de ser investigador de la historia del cine. También aclaro que me alejé de lecturas críticas sobre la película, hasta que escribiera este texto a pedido –indirectamente- de la hermana de Andrés Caicedo.   




[1]Jacques Aumont y Michel Marie, Diccionario teórico y crítico del cine, la marca editora, Buenos Aires, 2001.