11.12.15

¿Dónde está Andrés Caicedo en la película ¡Que Viva la Música!?

Apreciada Rosario.

Escribir sobre la adaptación de la obra de Andrés ha sido un ejercicio difícil de realizar. Me demoré para ir a verla más de lo esperado, teniendo en cuenta que su estreno fue a finales de octubre. Siempre miraba la página de cine y aplazaba mi visita para el día siguiente, hasta que sólo quedó en una sala acá en Bogotá, Cine Colombia Avenida Chile. Decidí salir de esa necesidad intelectual apenas el pasado viernes 4 de diciembre, sorprendido por sentirme en un recinto  a medio llenar, y repleto de jovencitos, no sé si empantanados. Me pregunté entonces por qué el aguante de esta cinta nacional en la empresa de exhibición cinematográfica más grande del país, lo que tuvo una respuesta rápida al ver los créditos y denotar que es patrocinadora de la producción, así la sostuvieron unas semanas hasta el día de hoy -10 de diciembre-, que ya el programa publicado en la prensa, no la pone en sus horarios.

En el pasado Festival de Cine de Cali escuche como le preguntaban a dos caicedianos versados de la obra y cercanos al escritor, si habían visto la película de Carlos Moreno, ellos, como evitando la conversa, salieron del tema y se escabulleron entre los afanes de tanto programa por ver y disfrutar. En Bogotá, en la mesa de una cafetería en plena séptima, la pregunta volvió a surgir, “ya vieron ¡Que Viva la Música!”, y parte de los comensales atinaron con un sí, otros como yo hicieron silencio y escucharon la desaprobación a la obra, y la recia queja que insinuaba la invisibilidad de Andrés Caicedo en sus ideas centrales, en el espíritu de su obra póstuma, y en la desacertada escogencia de su alma: María del Carmen Huerta, nuestra rubia, rubísima. 

Al salir de cine pensé que tal vez el director pudo haber desarrollado un ensayo documental libre, entrelazando entrevistas de la época en el que se escribió el libro, e intercalando algunas de las escenas bien logradas con esa música afroantillana que nos envuelve hasta desatar en nuestros músculos esas ganas de bailar, la que nos ofrece el libro, la de las rumbas setenteras. Tal vez así, se hubieran solucionado tantos inconvenientes de retratar una época en su contexto cultural, económico, social, y político; jugando con el archivo fílmico, fotográfico, y documental; llevándonos al pasado, y ubicándonos en el presente.

La dicción fuera de pantalla o fuera de campo, que reconocemos en la jerga fílmica como voz en off, es usada constantemente en las películas como alternativa de la narración; ligada a un debate interesante que estipula si esa voz debe ser emitida por un personaje invisible pero presente en la escena, o a los sonidos emitidos por un personaje no presente en la escena[1]. En ¡Que Viva la Música! este recurso es sobreexplotado desde el inicio hasta el final, no hay alternativa, ya sabes la cita que sigue apenas escuchas las primeras líneas de la protagonista, y reconoces algo de la puesta en escena en relación a la obra, pareciera que es necesario que silencié, no module, que no sea ella misma en su interpretación de María del Carmen, que oculte su falta de capacidad para sintonizarse con el personaje, y de rienda suelta a la aventura que significa tomarse a Cali y el mundo en medio de tanta salsa y violencia.    

Con respecto a la relación cine y literatura, a la adaptación de una obra relevante llevada al lienzo, esta siempre ha sido problemática, llena de dudas y sospechas, “para la muestra un botón”, dijo la modista y el crítico de cine desde principios del siglo XX. Para los conocedores del libro, algunos más románticos que otros, hubiera sido esencial retratar la ciudad que nos narra Andrés, la de finales de los años sesentas e inicios de los setentas, labor posible en la acertada dirección de arte tan necesaria para crear ambientes del pasado, pero que no es tenida en cuenta en la interpretación que Moreno hace del texto, él asume otro momento, otra Cali, otro movimiento de la ciudad, la descontextualiza queriendo acercarse al espacio que nos presenta Caicedo, pone elementos de ese periodo en nuestro presente, y allí, como dice Luis Alfonso Londoño, el personaje del cortometraje Agarrando Pueblo: “Como yo me gusta es confundir, cuando quieren es que los desconfunda”.     
     
Los tres personajes masculinos que cruzan la vida de “la rubia”: Ricardito “el miserable”, Rubén Paces “el programador de discoteca de fiestas”, y Bárbaro “el larguirucho de pelo muy indio y mentón prominente”; parecen tener mejor aceptación en sus roles decadentes, muy ligados a los personajes que ya el director nos ha mostrado en Perro come perro -2007-, Todos tus muertos -2011-, y El cartel de los sapos -2011-. Así, que su trabajo en la dirección actoral, tal vez estuvo más acertada al tipo de personaje que se le presentaba en el libro, pero este trabajo, en función a la actriz que debería llevar el ritmo en la cinta, es menguado por la falta de acción en representar su papel.  

Ante la pregunta que me hizo una acompañante de butaca: ¿Dónde está Andrés Caicedo en la película ¡Que Viva la Música!? Atine a contestar: en una escena donde aparecen una serie de imágenes, carteles de cantantes y actores, allá, en la punta de la pared, estaba Andrés, sentado sobre un colchón, con un libro atrás, melenudo, con gafas grandes, relajado, agarrando con su mano izquierda la derecha, en Ciudad Solar, un día cualquiera de 1972 cuando fue atrapado para la eternidad por Eduardo Carvajal. 
   


Finalmente, esta cinta funciona para los que no han leído la obra y observan una historia cargada de caleñidad expresada en el acento, las calles exhibidas, y los espacios públicos ya representativos de una cinematografía constante desde mediados de siglo pasado, con música que reconocemos inmediatamente ante los ecos salseros que aprobamos, y la violencia que se hace familiar por sentirla, leerla, y observarla. Sin embargo, para los que reconocen la obra de Andrés Caicedo, hay desencuentros constantes entre lo expresado por el escritor, y la  interpretación del cineasta: Allí, la ciudad es invisible, el personaje central no sintoniza, y nos quedamos sin que viva la música. 
       
Atte. 
Yamid
Desde el Rincón de Teusaquillo.

Nota: No soy crítico cinematográfico, pero asumo el hecho fílmico de una obra como mecanismo de interpretación que puede  pasar por el sesgo personal de un conocimiento basado en la poca experiencia de ser investigador de la historia del cine. También aclaro que me alejé de lecturas críticas sobre la película, hasta que escribiera este texto a pedido –indirectamente- de la hermana de Andrés Caicedo.   




[1]Jacques Aumont y Michel Marie, Diccionario teórico y crítico del cine, la marca editora, Buenos Aires, 2001.  
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