viernes, diciembre 18, 2015

La Masacre de las Bananeras -1928-, parte 3

En la película colombiana María Cano -1990-, de Camila Loboguerrero, encontramos una escena de los dirigentes socialistas privados de su libertad en La Dorada -1927-, discuten sobre el escenario de la zona bananera y su territorialidad entregada a los gringos, y sobre las peticiones obreras: Que acaben con el comisariato de la compañía y los pagos en vales; que se construyan escuelas; que se les procure el descanso dominical; que sean reconocidos como trabajadores de la compañía por contrato como lo fijan las leyes de Colombia. Finalmente, proponen ir a la huelga. Otro momento nos ubica en la “Plaza de Ciénaga, Zona Bananera, Marzo de 1928”, allí se escuchan vivas a “la flor del trabajo”, Ignacio Torres Giraldo, y Raúl Eduardo Mahecha en conversación y encuentro con los encargados de llevar adelante el movimiento obrero en esta región; encontrando el uso violento de uno de los encargados de la seguridad de la United que deja bien claro que allí no necesitan sindicato: “aquí la gente comía mierda antes que llegaran los americanos”.  La última escena de este episodio sobre las bananeras se da el 5 de diciembre de 1928, el encuentro con los militares, y la masacre.

Tal vez es la única reseña fílmica que ha tocado el tema de la masacre de las bananeras desde la ficción en el contexto biográfico de una luchadora obrera como lo fue María Cano. Sin embargo, el hecho histórico queda poco contextualizado, y se dirige más a presentar a los líderes del Partido Socialista Revolucionario como emblemas de este proceso desde el lado intelectual, y su posterior situación de perseguidos políticos. Así que el momento aciago e histórico, necesita otras narraciones desde el cine, buscando personajes anónimos por fuera de los reconocidos en el ámbito social, ambientándose con los textos literarios, y aprovechando la memoria de los archivos, las discusiones judiciales donde Jorge Eliecer Gaitán fue importante, y encontrando caminos para mostrarle a nuevas generaciones ciertos vínculos del cine nacional con su pasado.                       

Terminamos nuestro ciclo dedicado a ese suceso histórico del siglo XX colombiano con el texto dedicado al accionar de la empresa norteamericana en nuestro territorio con sus “gracias y travesuras”. Expuestas en reconocimiento de una situación desagradable donde el pueblo que hacía parte del consorcio como empleado explotado, es afrentosamente violentado en sus derechos fundamentales; en medio de ser un “hecho tan doloroso y al mismo tiempo tan sometido a los vaivenes de la ficción”, como afirma el historiador Mauricio Archila, para decirnos que “lo ocurrido luego también sigue sumido en las brumas del recuerdo, pero las proyecciones históricas son más claras”.     

Gracias y travesuras de la United…
Las grandes empresas  multinacionales no apelan a última instancia de la fuerza bruta sino cuando ven amenazados sus intereses en materia grave. Y aun en ese caso extremo prefieren utilizar a sus cipayos criollos armados, reservando sus propios efectivos para la eventualidad de que los sirvientes les fallen en la gendarmería de sus riquezas. Los capítulos anteriores lo comprueban ampliamente. Pero la fuerza no es más que un último recurso.  Los grandes consorcios tentaculares tienen armas e instrumentos de dominación mucho más productivos y eficaces. En primer término, la corrupción de sus agentes nativos, cuya venalidad siempre han sabido explotar con verdadera maestría. Esto es regla general. No ha habido pulpo imperialista que no haya pagado  con largueza la entrega incondicional de sus paniaguados. Y en estas artes útiles del soborno, y del cohecho, la United Fruit Company ha sido tradicionalmente Mater et Magistra. Pero además hay otro instrumento de predominio que esta compañía ha manejado a la perfección: el paternalismo. Vamos por partes.

En el terreno de la corrupción, a la frutera  no le tembló jamás la mano ante nada ni ante nadie. Abundaron los parlamentarios, jueces y gobernadores enriquecidos por el usufructo de fértiles tierras bananeras a cambio de su connivencia en las más sucias maniobras antinacionales. Hay un caso que se aproxima a los límites de la comicidad. En la época dorada de la United la prensa capitalina llegaba a Santa Marta e el mejor de los casos cada ocho días. En consecuencia, el único medio de información y comunicación era la prensa local, consistente en cuatro periódicos cuya supervivencia hubiera sido muy precaria a no ser por el generoso patrocinio de la Frutera que con mano providente les suministró durante años las pautas de publicidad que necesitaron para subsistir. Cuentan con risa los samarios de esa época –subrayando la nula importancia que la Compañía daba al hecho mismo de la publicidad- cómo aparecían a menudo los diarios de Santa Marta con grandes avisos de la Magdalena Railway Company (subsidiaria de la United), en los cuales anunciaba sus itinerarios, siempre atrasados. En otras palabras, era frecuente, por ejemplo, que en los aviso de abril aparecieran los itinerarios de marzo. La cosa era clara. A la Frutera no le interesaba dar a conocer sus horarios de llegadas y salidas del tren. Como no podía interesarle modalidad alguna de propaganda dentro del territorio mismo de su imperio. Su objetivo era tener a la prensa local a su entera disposición. Y siempre la tuvo. Para eso llegaban las órdenes de avisos puntualmente y para eso se pagaban a tarifas exorbitantes.

Aproximadamente entre un 30% y un 40% de las fincas de la zona pertenecían a la United. El resto era de propiedad de los terratenientes criollos que le vendían a fruta al monopolio. Con estos propietarios nacionales, insidiosamente formó la United una clase parasitaria, dependiente y ociosa que, dentro del proceso de producción, se limitó siempre a recibir periódicamente su cuantioso banana check, con el cual los beneficiarios de este tesoro inverosímil vivían como sultanes, algunos en Santa Marta y otros, más refinados, en la lejana Europa. Cuentan de uno de ellos que, regresando a su ciudad nativa después de muchos años de residir en Francia decía, lleno de asco y desdén: “Más vales estar enterrado en París que vivo en Santa Marta”.


El pérfido paternalismo que practicó la Frutera durante su hegemonía en la zona de Santa Marta no fue gratuito. Cumplió a cabalidad el fin que se proponía, sojuzgando totalmente a los propietarios criollos e impidiendo así la aparición del mínimo conato de burguesía nacional que más o menos pudiera oponerse a sus desmanes. La United nunca quiso que los terratenientes locales supieran nada del mercado internacional del banano, ni de la técnica para prevenir las plagas, ni de los controles de calidad, pero ni siquiera de los rudimentos del cultivo mismo de la fruta. Todo lo manipulaba y todo lo hacía la todopoderosa United. Los propietarios no iban alas fincas  más que a emborracharse con sus colegas y con los jerarcas de la Compañía. Los obreros pagados con salarios de hambre, cortaban la fruta bajo la dirección de capataces entrenados por los gringos. La Empresa proveía asistencia técnica para combatir a los enemigos naturales del banano, los sacaba de las fincas, seleccionaba el que le convenía, lo embarcaba y se lo llevaba. Mientras tanto, los propietarios colombianos disfrutaban de la más esplendorosa holganza. De pronto los rozaba la adversidad porque la sigatoka o el Panamá disease arruinaban las plantaciones, porque los huracanes des devastaban o, simplemente  porque los secuaces de la compañía habían rechazado cosechas enteras de óptima fruta bajo el pretexto de “mala calidad”, cuando lo cierto era que habían recibido orden superior de rechazar debido a que había oferta den Nueva York y una mayor afluencia de banano podía echar los precios por la tierra. En tales casos no había problema. Ahí estaba “Mamita United” lista a otorgar créditos a largos plazos y bajos intereses para compensar cualquier pérdida a sus hijuelos amados. Y la verdad es que a la Frutera le interesaba que los propietarios criollos fueran en todo momento sus deudores. Así los tenía más sometidos.

Hubo sin embargo, una estupenda excepción. Dos hermanos Olartes, oriundos de Antioquia, que habían llegado a la Zona y hecho allí una fortuna a fuerza de trabajo. Fueron inmunes a la ponzoña del paternalismo. Ellos mismos administraban su finca y conocían a fondo todos los pormenores del cultivo. Eran, además, audaces y bien bragados. Cuando llegaban los testaferros de la Frutera a las fincas s “seleccionar” la fruta, la aristocracia bananera dormía siestas  infinitas. Los Olartes estaban  presentes en el proceso de la selección y, cuando los lacayos cumplían órdenes de rechazar, los dos hermanos a quienes nadie podía engañar en cuanto a conocimiento de la fruta, se hacían aceptar  sus racimos a punta de revólver si era menester, probando, además, que no había tal mala calidad. Al mismo tiempo, el banano de los propietarios ausentistas se quedaba pudriéndose en las fincas.                


Hay un episodio poco conocido en la tenebrosa historia de la Frutera, en el cual concurren curiosamente las consecuencias de la corrupción y del paternalismo. Al célebre Mr. Bradshaw lo sucedió en el trono de la frutera Mr. George S. Bennett, quien lo ocupaba cuando se inició la primera administración López. Mr. Benett, fiel a al tradición sagrada de su empresa, empezó a manipular todas las palancas de la compra de conciencias. De pronto el presidente López tuvo noticia de que el gerente de la Frutera se encontraba comprometido en una alta operación de soborno al poder judicial en Santa Marta, en el caso de un litigio de aguas dentro de la Zona. El jefe del Estado envío a toda prisa un investigador competente quien penetró en la oficina de Benett y encontró en su escritorio el expediente del caso, que el gerente y sus abogados mercenarios habían sustraído del juzgado. El señor Benett fue detenido y traído a Bogotá junto con su jurista de cabecera y en la capital estuvieron a buen recaudo por cerca de dos meses. Cuando Benett regresó a Boston, la Compañía, a modo de desagravio, lo hizo vicepresidente. Y entonces vino lo maravilloso, lo increíble: la venganza apocalíptica del gringo ultrajado. La mortífera sigatoka se abatió sobre las fincas de los propietarios colombianos u aniquiló sus plantaciones. Su ignorancia los hacía inermes ante el desastre y de nada les valió su abyección de tantos años. El yanqui ofendido, a todos castigó por parejo. La justicia es ciega y tiene en sus  manos una balanza en equilibrio y una espada. Y ¿qué pasó con las haciendas de la United? Que las matas siguieron fruteciendo en todo su esplendor protegidas por acueductos de “caldo bordelés” (compuesto químico que combate y evita la sigatoka), mientras las vastas plantaciones de los colombianos se deshacían ante la impotencia de quienes, tarados por el paternalismo, nunca se interesaron por meter la nariz en las técnicas de cultivo y prevención. Cuentan los testigos de esa época que hasta muchos kilómetros de las plantaciones se percibía el relente dulzón de miles de hectáreas, de banano putrefacto. Mr. Benett convocando la sigatoka en Mr. Brown concitando las cataratas del cielo sobre el Macondo de la decadencia.

Imposible cerrar este ciclo de relatos bananeros, sin recordar un episodio que tipifica no sólo los procedimientos de la United Fruit sino la esencia misma del sistema capitalista. José Gnecco, viajando a bordo de un barco de la Frutera, fue testigo de cómo el capitán recibió un telegrama urgente de Boston con una orden perentoria. Había oferta en el mercado. El precio podía bajar. Había que sostenerlo. El barco viajaba repleto con fruta de primera calidad. Era imperioso echarla al océano. El capitán obedeció el mandato de sus jefes. Ciento veinte mil racimos fueron devorados por las aguas. El barco levó anclas y siguió su marcha. Otros muchos capitanes ese mismo día cumplieron en diversos puntos de la inmensidad del mar la misma orden. El precio se sostuvo y hasta pudo mejorar. Las fauces insaciables del caribe crearon la demanda. ¿Cuántas hambrunas segaban en ese momento millones de vidas, muchas infantiles, en múltiples lugares del mundo? No lo sé. Lo único cierto es que los mecanismo de la economía capitalista se detienen ante esas consideraciones sensibles.        

 Bibliografía
-Alfredo Iriarte, Gracias y travesuras de la United…, en Lo que lengua mortal decir no pudo, Instituto Colombiano de Cultura, pp. 96-103, 1979.
-Mauricio Archila, Masacre de las bananeras, Credencial Historia, 1999.  

Película citada
María Cano
De: Camila Loboguerrero.
Actores: Entre otros, María Eugenia Dávila, Frank Ramírez, Diego Vélez
Germán Escallón, Jorge Herrera, Ana María Arango, Eduardo Carvajal.
Género: Ficción / Biopic.
Duración; 106 minutos.
Año: 1990.

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