viernes, marzo 11, 2016

El lente memorístico de Fernell Franco

El andar pausado era proporcional a su voz a la hora de saludar y preguntar por el último estreno de la cinemateca; escasos minutos que sumaron horas con el pasar de los años en su visita semanal, siempre en primera fila, allá donde la pantalla parece que se le mete a uno por los ojos, sillas distintivas que los cinéfilos caleños escogen para verse -mejor- una cinta en el edificio de don Gino. La atmósfera creada en las fotos de Fernell Franco (1942-2006) siempre estuvieron inmersas en su historia de vida, lo que vivió en su niñez en la población de Versalles, sitio de donde salió exiliado con su familia por la cruenta violencia partidista, llegando a la capital vallecaucana para entrar en el circuito de una ciudad que lo cambiaba todo, y en ella, la realidad de sobrevivir ante la adversidad.

Su interesante trasegar por el mundo del oficio fotográfico, es narrado de forma magistral en el relato intimo que concedió a María Iovino entre los años 2001-2004. Fernell Franco otro documento, es un libro de bolsillo publicado con motivo de la retrospectiva de su obra expresada en las series Agua, Desierto, Retratos de Ciudad, Demoliciones, Pacífico, Amarrados, Festivales, Galladas, Billares, Interiores, Prostitutas; monumental exposición que nos movió por diversos espacios de Cali para sumergirnos en las luces y sombras del blanco y negro documental por el cual el ojo profundo del maestro fue preciso, pasando por décadas, personajes, espacios públicos, y su visión del mundo a través del rollo, el enfoque, y la reproducción técnica de sus imágenes:

[…] No confío en la rapidez de nada y menos de la fotografía, que es un medio en el que se puede hacer una composición inmediata, porque creo que para poder trasmitir algo con una imagen es mucha la honestidad que uno tiene que poner ahí.
Creo que en esto de intentar hacer una obra personal también he sido muy tímido y muy silencioso porque me parece que antes de que uno se atreva a hablar de algo, primero tiene que estar muy lleno de eso. No hay otra posibilidad que permita una lectura nueva (pág. 94). 

Estamos ante lo que podría ser el testimonio final del artista, llevándonos por etapas disímiles que dan testimonio de sus dificultades, encuentros, trabajos, y posicionamientos en el ámbito de la prensa, la reportería, y el mundo artístico venido de las bienales, y su accionar en Ciudad Solar a inicios de los setentas del siglo pasado.
Así, la curadora de esta gran muestra fotográfica afirma: 

[…] En las imágenes de Franco se desentrañan la relación férrea y desconfiada que se tiene con lo poco o con lo mucho que se posee en los países en conflicto; la dramática inestabilidad con respecto al lugar en que se habita; el misterio, la sobreposición de apañamientos y de soluciones de urgencia que ocultan lo que ha registrado la memoria; y el sentido lúgubre que imparte aún a las manifestaciones de la celebración, una historia marcada por el avasallamiento del más débil y por la diferencia extrema.  
   
En resumida cuenta, nuestro fotógrafo hizo parte de un mundo convulsionado por su propia historia, de la cual saco parte en el desarrollo de una sensibilidad agitada por su contexto como ciudadano en constante combate con la supervivencia, aquella que le mostró lo mejor y peor de sus congéneres.


Lo interesante de esta organizada narración son los datos que podemos extraer a propósito de sus gustos e influencias por el cine. Vemos entonces al niño, joven, y adulto que saca de su pasado algunos cuadros representativos del cine universal, vinculo especial donde las imágenes se hacen movimiento, y él las apropia para sus recorridos fotográficos:   
    
[…] El primero de esos amores que encontré en Cali y que me hizo saber a los doce años lo que es una pasión, fue el cine. Cerca de la casa que mis padres consiguieron en el barrio Guayaquil, cuando llegamos a la ciudad, estaba el teatro Ángel: un cine continuo medio tenebroso en el que pasaban fundamentalmente películas para el gusto más popular. Era la única distracción en esos alrededores y comencé a frecuentarlo, si podía, todos los días, hasta que supe de otros teatros en los barrios vecinos y de esa manera amplié cada vez más mi recorrido y al mismo tiempo, mis gustos cinematográficos.

En la situación económica en que vivía mi familia, era impensable que mis padres me pudieran llevar al cine o que me dieran dinero para que yo comprara boletos, pero siempre me las arreglé para entrar a todo lo que quería ver porque en aquella época existía un boleto que llamaban el “enganche”, lo que quería decir con el pago de uno entraban dos. Yo me paraba en la puerta de los teatros y, timidísimo como siempre he sido, me atrevía a abordar a las personas que llegaban solas para que me dieran la oportunidad de ver la película. Así conseguí pasar días enteros en los teatros, a veces, semanas seguidas sin parar. Salía de mi casa a las ocho de la mañana y no volvía hasta las diez de la noche.

A través del cine hice unos viajes maravillosos. Al comienzo no vi más que cine mexicano, pero aun así esos dramas intensísimos y esas historias exageradas de abusos de la pobreza que estaban en el guion de esas películas me mostraron que había otro país, que siendo distinto era igual al nuestro. Creo que por esa razón el cine mexicano era tan popular: la gente de los barrios pobres se sentía plenamente identificada con esas películas que tocaban esa forma latinoamericana de la vida. Lo hacían con otra música, con otro acento y con otras formas, pero era muy similar a la cotidianidad de nuestros barrios y de nuestros pueblos.

Las narraciones de la pobreza y del sufrimiento mexicanas eran tan fuertes que podían parecer irreales, pero me mostraron que con el drama se contaban historias. Todas se me volvieron una sola cosa, menos Los olvidados de Buñuel. Ésta me impacto tremendamente, porque está tan bien hecha que en la exactitud de sus imágenes sentí ya intensamente que ése era mi mundo. Me pareció que en el mensaje, en la imagen y en el tratamiento de Los olvidados estaban las realidades propias. 

En otro momento más adelante, cuando vi el neorrealismo italiano observé que se trataba también de que había una corriente que no evadía la realidad, que afirmaba lo cercano sin pena. Lo entendí así, porque había notado que en el cine americano la tendencia era eliminar lo real o disfrazarlo y avergonzarse de eso, desplazarlo de los lugares centrales y en cambio, hablar de la elegancia.  

Casi todo lo que veía era en blanco y negó y so me mostró, en comparación con lo que vi en color, que con el blanco y negro las profundidades y los dramas se expresaban mejor. Los maestros en este campo ya fueron los grandes directores del cine negro, que se convirtieron en un apoyo muy importante para la concepción de la imagen que me hice solo y a las carreras cuando trabajé como reportero (p.p., 30-32).

[…] Era tanto lo que yo corría en mi bicicleta, que un día me estrellé con un carro que no vi en mi acelere. Los dos: bicicleta y yo salimos volando y dando vueltas por el aire. No recuerdo que esto hubiera sido un trauma, reparé la bici y seguí moviéndome en ella de un lado para otro hasta que de pronto un día cualquiera desapareció para siempre. Supongo que se la robaron. Todo era exactamente como en la película de Vittorio de Sica. No sólo no había trabajo para el que no tenía bicicleta, si no que por esas mismas razones había que cuidarla muchísimo porque uno estaba en riesgo constante de que se la robaran. Todo el que estaba buscando una oportunidad laboral, que éramos muchos, necesitaba una bicicleta al menor precio posible. Ladrón de bicicletas es la película que traduce con toda exactitud lo que podía ser aquello, que tenía también mucho de ternura y de padecimiento (p. 49).

[…]Me parece que la realidad es blanca y negra y que el color es el generador de engaños, que es un distractor que pone borroso lo que uno quiere decir. El blanco y negro permite manejar profundidad en lo más sencillo, porque lo obliga a uno entender el contraste más simple de lo verdadero. Desde que estaba muy joven me ha parecido que el color lleva a la fotografía al mundo de Walt Disney, porque le da el encanto de la fantasía y de las exageraciones.

Desde que era un muchacho vi mucho cine negro y era un gran entusiasta de las películas de James Cagney y de las de John Huston. Creo que muchas de esas producciones fueron determinantes en la mirada que me fui haciendo. El halcón maltes, por ejemplo, es una obra que ha permanecido en mi memoria como un gran clásico de la genialidad del cine.  Desde antes me impresionaba el encuentro de la sombra con la luz. Ver altos contrastes de penumbra y luminosidad es algo que ha llamado mi atención desde que soy un niño, quizás por lo mismo me impactaron la elegancia, la sofisticación y la intensidad de los blancos y negros del cine negro. En ese contraste se movía una cosa también intensamente violenta y malvada pero elegantísima (p. 66).

La primera parte de estos recuerdos fílmicos vienen de la mano con uno de los teatros de barrio ya en el olvido, en momentos donde la niñez y juventud de su cuerpo experimentaba necesidades de ocio tan comunes en esa etapa; y ahí, el cine como base de su encuentro con historias tan comunes a nuestras realidades desde México e Italia, este último con un ejemplo particular vinculado al neorrealismo, el cual entreteje con parte de sus necesidades laborales expresadas en ese accionar de la biela y el manubrio.

Luego nos da argumentos precisos sobre su gusto por el blanco y negro, ligándolo al género cinematográfico que mayor sacó provecho de estos colores para crearnos narraciones truculentas llenas de héroes, antihéroes, y heroínas malvadas sacadas de la literatura rápida de libros de bolsillo franceses y norteamericanos. Momento para encontrar en “franca lid” al fotógrafo y su especial gusto por un estilo único que aprovechó para mostrarnos historias cotidianas llenas de sensibilidad.

Con este valioso aporte a la historia de la cultura fotográfica, encontramos un claro ejemplo del sentido dificultoso y práctico de buscar un oficio, adecuarse a él, practicarlo, y ante todo experimentarlo en varias situaciones de la vida misma, convirtiendo finalmente en una marca insustituible que perdura en el tiempo con la memoria integra de quien fue un representante clásico de nuestra cultura caleña.        

¡Quedamos a blanco y negro!

               

        
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