miércoles, diciembre 21, 2016

“A la Zaga” de Eric Hobsbawm

Quienes tenemos formación de historiadores conocemos académicamente a Eric Hobsbawm (1917-2012) como uno de los referentes en el escenario de la Historia Social. En algunas de nuestras clases y seminarios nos tocó por “obligación” y en algunos casos por interés, acercarnos a sus obras más significativas: La Era de la Revolución, 1789-1848; La Era del Capital, 1848-1875; La Era del Imperio, 1875-1914; e Historia del Siglo XX. Sin lugar a dudas estamos ante un escritor que marcó la historiografía mundial con sus apreciaciones validadas a partir de su propia experiencia como actor del mundo europeo, y las diversas coyunturas que se dieron en el siglo que vivió, conoció, y narró.

Además de sus ya reconocidos textos, encontramos innumerables ensayos publicados en compilaciones o independientemente, es el caso de A la Zaga -Decadencia y fracaso de las vanguardias del siglo XX-, texto que presentamos como elaboración que profundiza sobre un tema que parece al historiador inglés cautivaba por la erudición que encontramos en diversos ejes transversales donde la pintura, la literatura, la música, la fotografía y el cine, tienen cabida. Aclarando que el autor informa que “este no es un ensayo sobre opiniones estéticas acerca de las vanguardias”, ni un texto “de mis propios gustos artísticos o preferencias personales” (p. 10).

Para Hobsbawm el doble fracaso histórico de las artes visuales denominadas vanguardias, se debe a un fracaso de la “modernidad”:

…. En resumen, las numerosas formas de expresar la modernidad-máquina en la pintura o en las construcciones no utilitarias no tenían absolutamente nada en común excepto la palabra “maquina” y posiblemente, aunque no siempre, una preferencia por las líneas rectas sobre las curvas. Y es que no había ninguna lógica que condicionara las nuevas formas de expresión, y por ello pudieron coexistir diversas escuelas y estilos, casi todos efímeros, y los mismos artistas podían cambiar de estilo como de ropa. La “modernidad” reside en los tiempos cambiantes y no en las artes que tratan de expresarlos (p.14).   

El segundo fracaso es la lucha contra la obsolescencia tecnológica, su no adecuación a lo que Walter Benjamin denominó “la época de la reproducibilidad técnica”, tema que sirve para ahondar sobre el uso de la fotografía como artefacto cultural venido del siglo XIX, concluyendo:

 … Finalmente, la literatura había resuelto el problema del arte en la época de su reproducibilidad técnica desde hace siglos. La imprenta emancipó la literatura de los calígrafos y de sus subalternos, los copistas. La brillante invención del volumen encuadernado a tamaño de bolsillo en el siglo XVI dotó para siempre al libro de su carácter portátil y multiplicable, que ha superado hasta ahora todos los retos de la tecnología moderna que se suponía iban a sustituirlo: el cine, la radio, la televisión, el vídeo, el audio, y, excepto para cuestiones muy específicas, el CD-Rom o la pantalla del ordenador (p. 22).  

Según el historiador, hay muchas dudas y sin respuestas del por qué entre 1905 y 1914 las vanguardias rompieron deliberadamente esa continuidad con el pasado, entrando en un punto muerto sin retorno, lo que bien es una discusión constante mediada por “manifiestos, casi siempre impenetrables”, y una tensión relativa entre nuevos estilos, el color, la tradición y la reproducción en poder de las cámaras; valoraciones que están antecedidas con una referencia directa al caso de los gustos artísticos  franceses y la encuesta que hiciera Bourdieu en los años setentas.


A pesar de aclararnos que dejará a un lado sus opiniones directas sobre el asunto que analiza -gustos particulares-, se le escapa un ítem interesante que dimensiona el surrealismo sobre el cubismo definiéndolo como un arte donde su inspiración no era eminentemente visual. Sin embargo, a partir de una pregunta sobre el cubismo, entronca un punto sustancial en el periodo estudiado enfocado al cinematógrafo:   

… ¿fue el cubismo el movimiento que revolucionó la forma en que todos nosotros -y no sólo los pintores profesionales- vemos el mundo? […] Pero casi al mismo tiempo que el cubismo, es decir, a partir de 1907, las películas empezaron a desarrollar esas técnicas de perspectiva múltiple, enfoques variables y trucos de montaje, que realmente familiarizaron al gran público, de hecho, a todos nosotros, con formas de aprehender la realidad por medio de percepciones simultáneas o cuasi-simultáneas de sus diferentes aspectos; y eso sin necesidad de comentarios (p.32).

Otra reflexión apunta a la democratización del consumo estético, venido del cine inicialmente y puesto en comparación con el Guernica de Picasso y la cinta Lo que el viento se llevó de Fleming, en el sentido de ser esta última, más revolucionaria desde un punto de vista técnico.

…por eso los dibujos animados de Disney, bien que inferiores a la austera belleza de Mondrian, fueron más revolucionarios que la pintura al óleo y más eficaces para trasmitir el mensaje que querían. Los anuncios no sólo empaparon la vida diaria de experiencia estética, sino que acostumbraron a las masas a atrevidas innovaciones en la percepción visual, que dejó a los revolucionarios del caballete rezagados, aislados e inanes. Una cámara sobre raíles puede comunicar la sensación de velocidad mejor que un lienzo futurista de Balla. Lo que hay que tener en cuenta de las artes verdaderamente revolucionarias es que fueron aceptadas por las masas porque tenían algo que comunicarles. Sólo en el arte de vanguardia el medio fue el mensaje. En la vida real, el medio experimentó una revolución en favor del mensaje (p.36).

La naturaleza sociocultural de nuestro mundo permeó indudablemente la creación en el vivir de los tiempos. La “crisis” constante ante paradigmas venidos del ingenio humano en pos de mejorar o acrecentar un problema, surtieron efectos en la creación, en el ingenio de representar a través de una manifestación artística, una forma de ver el contexto y sumarse a su entono por medio de un mensaje tal vez cifrado o directo, envuelto en el escándalo o por el contrario en el anonimato. Ahí en ese ir y venir de una identificación inmediata ante el afán de los cambios tecnológicos, y la implementación de estos, nuestras sociedades sufrieron una metamorfosis eficaz, representativa y traumática, todo con los criterios de impactar cada día con los mensajes más eficaces, pero en últimas tenues y ligeros.

Hobsbawm termina su escrito con tres preguntas (p. 43) que tienen su respectivo análisis a través del encuentro con los artistas, las obras, y la estética como principio de encadenamiento entre la creación del ser humano y sus posicionamientos en el hábitat del siglo XX. Preguntas que “tal vez” puedan servirnos para meticulosamente plantear otras reflexiones y cruzar los desencuentros con el historiador:

¿La historia de las vanguardias del siglo XX ha sido totalmente esotérica?
¿Sus efectos han quedado confinados por completo en un mundo autárquico?
¿Han fracasado sin paliativo en sus proyectos de expresar y transformar el siglo XX?

Por último, estamos ante un ensayo que demuestra la ágil interpretación de un estudioso de nuestro siglo pasado, perfilando ciertos interrogantes con una reflexión de las vanguardias desde el fenómeno de la modernidad, y la crisis que representa desde los cambiantes aires de finales del siglo XIX, y su encuentro con un periodo marcado por los conflictos colonialistas, la apertura del conocimiento, y esa nueva era de procesos donde el arte jugará un papel vanguardista marcado por las diferencias, encuentros y desencuentros de nuestras ciudades, y allí los mensajes, plataformas, y sufrimientos donde un hombre o una mujer, plasmó con su huella una forma de mirar el mundo.  

Fuente
Eric Hobsbawm, A la Zaga -Decadencia y Fracaso de las Vanguardias del Siglo XX-. Traducción castellana de Gonzalo Pontón. Crítica, Barcelona 1999.  


  
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