martes, mayo 30, 2017

Formas de ver y sentir el cine

Tres enfoques sobre el cine como escenario de discusión, son presentados desde la originalidad de una escena fílmica, la anécdota de un bello trabajo con el oficio siempre emocionante en un teatro de cine, y el presente con una polémica a la que le hace falta discusión. Formas de ver y sentir el cine que en buena medida son el reflejo de su historia, la forma de representarse, y los entornos que le son complementarios.
     
I
En 1989 el director de cine italiano Ettore Scola dirigió Splendor, película que recrea los momentos gloriosos, y el declive de una sala de cine ante los afanes de la cotidianidad del pueblo donde se encuentra situado, y las nuevas formas de entretenimiento. Dentro de la magistral actuación de sus protagonistas, se resalta la historia del cinéfilo proyeccionista -interpretado por Massimo Troisi- con aires bien fundados de enamorado que sobrepasa el Star-system de sus iconos femeninos.
      
Para el objetivo trazado, me detendré en una escena esencial que desde mi punto de vista marca un derrotero sobre la relación que para finales de los años ochenta era problemática: el cine y la televisión, y en medio de estos el consumidor de a pie. Luigi, antes de empezar la función que escasamente tiene cinco espectadores, decide ir en sus escasos 7 minutos de preludio, a buscar un café  en el “sport bar”, mientras lo preparan salé a buscar conversa con algunos personajes que se encuentran pasando el letargo de la tarde en las mesas de afuera:

-Hace calor… ¿eh? Se van a ir adormir una buena siesta, ¿no?
-No –contesta alguien-
-Claro, mejor estar aquí en el bar, más tranquilo. Una partida de cartas.
-No.
-Un billar, algo…
-No. 
-Las maquinitas de marcianos, ¿no? ¿Juegan?
-No molestes.
-¿Han charlado un rato cosas interesantes? 
-Nada de eso.
-¿Puedo hacer una pregunta?
-Ya hiciste 10.
-Bueno…, pero… ¿Por qué no vienen al cine?
-¿A hacer qué?
-¿Qué vas a hacer a un cine? Además…, precisamente hoy…, en el Splendor, ¿Saben qué dan? Dan una película simultáneamente con Roma, “Toro Salvaje”.
-¡Ah sí! He visto el tráiler en la tele.
-Exacto.
-Es una de esas películas que cuando viste 2 o 3 escenas, la viste toda.
-¿Ah sí? Es como si ahora ves pasar una chica por la otra acera pasa tres o cuatro veces, para ti es como si ya te la hubieses…, total ha pasado cuatro veces. 
-¡Eh, mira acá! 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9. Hoy dan 9 películas entre todos los canales de TV. Las marqué. Una de Totò, una de Orson Welles, una de Chaplin, Fred Astaire, “Sigamos la flota”, “Pane e amore” Jerry Lewis, la serie “Fort Apache”, “La ventana indiscreta” de Hichcock, y otra de Totò. 
-Bueno, por curiosidad ¿cuál veras?
-Ninguna.
-Ninguna.
-Estamos aquí.
-Estamos aquí, sí. Bravo. Son realmente..., estamos aquí, es normal, sí yo los entiendo. Ustedes son gente que realmente tuvieron todo de la vida, ¿no? Todo eso que el cine les puede hacer soñar y desear, ustedes ya lo tienen: mujeres, riquezas, aventuras, amor…, todo. Sí tengo todo, ¿para qué ir a verlo fingido en una película si ya lo tengo? Es normal claro. Cuando se tienen todas estas cosas. Yo también, si tuviera todo lo que ustedes tienen, tampoco me gustaría el cine.
-¿No tienes que volver al trabajo?
-No te preocupes, déjame hablar. ¿Qué horas es? Oh…
-Eh, el café –sale el mesero del bar, mientras se retira Luigi-
-No, si tenemos todo en la vida: mujeres, riqueza, café. No necesitamos nada.       
  

El mensaje es directo, se afronta el desconsuelo de no tener visitantes en la sala de cine, y la búsqueda implacable de buscarlos a través de ciertas necesidades  que parecen obvias ante el ocio de unos pobladores que descansan silenciosamente. El insistente Luigi busca razones con sus interlocutores, teniendo su mayor impacto al descubrir que uno de ellos expresa con la lectura de un periódico, la oferta televisiva: nueve cintas, nueve autores, ¿cuántas verá?, ninguno. Cruda realidad que asombra al proyeccionista, el cine al alcance de los sentidos en dos opciones, cine y televisión, pero ninguna les apetece. Metáfora de las posibilidades del fin de las formas y medios de ver el cine, al fin y al cabo imagen indiscutible que sigue vigente en sus perspectivas más extrañas después de pasados 25 años.       

II
Sobrevino lo inesperado, no había película para proyectar en la Cinemateca en pleno fin de semana, los proyectores -35 mm.- fallaron por falta de mantenimiento y se debía tomar una decisión para no desestimar el escaso público que ya a inicios del nuevo siglo, era notorio sobre la sala de la Avenida Colombia en el antiguo “charco del burro”.  Convencer a la directora de entonces,  que una de las opciones más rápida y efectiva era recurrir al formato de DVD, fue una cuestión de principios estéticos, cinematográficos, y casi “religiosos”, cambiaríamos la historia de una sala al recurrir al video beams, el reproductor de disco versátil digital, y a la sencilla acción del toque de un botón para buscar idioma, subtítulos, y demás  complementos que ofrecía esta posibilidad.


Entrados en discusión, recibimos un dudoso sí, condicionado a la supervisión inicial de la elegante señora, quien se dispuso a coordinar minuciosamente cada uno de los pasos a dar en tan peligroso cambio: luminosidad, distancia, sonido, pantalla, y por supuesto, la escogencia de la película. La historia dirá que oficialmente, por primera vez, la Cinemateca La Tertulia exhibió en su programa una cinta en digital, escogiendo Nunca en Domingo -1960- de Jules Dassin, película griega, mezcla de drama y humor protagonizada por Melina Mercouri, blanco y negro insuperable que gusto a nuestros visitantes que ni parpadearon, ni descubrieron el formato. Claro está, el traqueteo ruidoso de los cambios de rollo con sus señales redondas, no se sintió ante el silencio lúgubre de la cabina. 

III
La versión que finalizó del Festival de Cannes 2017, prendió la polémica sobre la participación de la plataforma online Netflix con dos de sus obras para la Palma de Oro, larga discusión temática que seguro no terminará, y tendrá mejores debates por fuera de la superflua rapidez de Facebook o el comentario tras bambalinas de una simple taza de café. Las normas del festival y sus obligaciones con la distribución y exhibición; la rueda de prensa del director Pedro Almodóvar como presidente del jurado; el boicot que parece –no es comprobado- tuvo la presentación de la cinta Okja de Bong Joon-Ho; y el ir y venir de las posiciones ante las posibilidades de que ganara una de estas películas sin ser estrenada en cartelera, sino por las pantallas chicas; sumaran al intríngulis del orden artístico, técnico,  comercial y económico, donde deberá tenerse en cuenta cómo estamos consumiendo el cine, su valoración actual, y su misma redefinición al ubicarlo como línea intelectual desde sus aspectos históricos, estéticos, semióticos, y en el ejercicio mismo  de su acción como lenguaje audiovisual.


El panorama es otro, impensable 30 años atrás, dejamos de tener asiduos visitantes a las salas de cine, a espectadores de pequeñas pantallas en constante movimiento. No es nuevo, ya la historia de las formas de acercarnos al cine nos había traído el betamax. El cine mismo ha mutado a algo más impactante, a las posibilidades de escoger, valorar, sobrevalorar, y envolverse en una oferta que puede ser coincidente en cualquier parte del mundo; el reino del control prevalece, media hora pasando de título en título a ver cuál nos convence, al final se elige una serie, un documental, o las producidas por la compañía estadounidense, ahí está la discusión, una cinta que no fue al criterio de las “grandes ligas”: el múltiplex, la sala alterna, el teatro independiente, pasó de agache, directa y cómodamente a ese escaso metro y medio entre la pantalla televisiva y el sofá de la habitación.

Imágenes fotogramas
-Splendor, de Ettore Scola, 1989.
-Nunca en domingo, de Jules Dassin, 1960.
-Okja, de Bong Joon-Ho, 2017. 
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