5.11.17

Rodrigo D. No Futuro: La marca de una película generacional

Las noticias a inicios de los noventa del siglo pasado traían indicios de un cine gestado desde las entrañas de los problemas sociales de una de las capitales más importantes del país. Medellín, sufrida ciudad por la violencia del narcotráfico, estigmatizada interna e internacionalmente por este fenómeno sociológico, era día a día registrada bajo estos hechos. Los niños y jóvenes de esa época, no terminábamos de entender la situación, lo que escuetamente leíamos en la prensa, escuchábamos en la radio, o veíamos en los noticieros televisivos, no arrojaba sobre nuestras cabezas la dimensión de lo que soportábamos junto a otros espacios de nuestra geografía como Bogotá y Cali.    

Por ese traslado de la información cultural, las conversaciones generacionales, y el querer escuchar cierta música “de moda” y a la que poco teníamos acceso, fue que llegué a la película de Víctor Gaviria Rodrigo D. No Futuro. Luego fue el enganche en uno de los teatros de la ciudad donde la cinta llego precedida de su participación en el Festival Internacional de Cine de Cannes en 1990, doble motivación de pillar las escenas que ya eran comentadas como rumor estudiantil, y la música que prestada en un cassette ya había rodado bastante en la vieja grabadora Sony de la casa.       

Coincidentemente hubo elementos de la película que uno identificaba en algunos espacios de la ciudad, algo que nos parecía cercano, pero a la vez contradictorio, compartíamos en el colegio con estudiantes que venían de vivir situaciones similares a la de los personajes de Gaviria, vivencias que a oídas me parecían extrañas y peligrosas y a las que indirectamente asistí sin saberlo: el presente estaba ahí, el futuro era incierto.  El tiempo convirtió este filme en un icono cultural que de vez en cuando revisaba, en valor estético de la cinematografía colombiana con su historia, y en parte del canon de obras que han tenido cierto influjo cultural en diversos referentes del orden académico.


Su interés tiene cierta valoración representativa que subyace en su deterioro visual y sonoro, al que asistimos y vimos en innumerables copias, las de salas independientes, las de tienda de alquiler de “vídeos”, las cineclubistas, y hasta las televisivas del canal institucional.  El tiempo es otro, los formatos también, en el 2017 la vemos nueva, vigente, rescatada, parte de un proceso institucional con la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, guardiana de la memoria audiovisual, así como el trabajo loable de Juana Suárez, quién tiene en su registro el trabajar en algunas de las obras más importantes del periodo FOCINE que hasta el momento han pasado por artes de preservación y restauración.   

Partiendo de la compilación documental de Augusto Bernal titulada Rodrigo D. No Futuro. Historias recobradas, podemos sumergirnos por su historia, la que indica que nace de una crónica periodística escrita por Angela María Pérez para el periódico El Mundo de Medellín en octubre de 1984; el encuentro con los actores, y los desarrollos de la historia con los personajes centrales; los cambios en la historia original, y la música con su importancia en la cinta con esa fusión que dice Bernal entre punkeros y pistolocos; finalmente,  la vida y la muerte como temas constantes en esos espacios urbanos donde se desarrolla la película.  

Anexamos para el lector partes de dos textos: Uno de Víctor Gaviria; otro de Augusto Bernal y Zulma Orozco en voz de uno de los actores centrales:

Reflexiones de No Futuro
Víctor Gaviria
Con frecuencia el recuerdo de algunos de estos muchachos con quienes hicimos Rodrigo d: no futuro se me sube a la cabeza y me ahoga, como hoja escrita por uno mismo en algún lugar sin luz, borroneada, que al día siguiente uno no puede entender…, dentro de algunos años, cuando estos días del ochenta se vean de lejos, aquellos que se interesan por el precario cine que hicimos, tal vez vean en esta película nuestra un signo especial, y tal vez tengan la fuerza para escandalizarse de verdad. Verán que una película que se hizo con actores de la calle, con muchachos que iban desde los 16 hasta los 20 años, a la corta vuelta de tres años de finalizado el rodaje, seis de ellos ya habían desaparecido, sucumbiendo a la violencia cotidiana de la ciudad, como si se tratara de una epidemia fulminante…, y así como nosotros no logramos entender cómo nuestros padres no se opusieron a la Violencia, con mayúscula, que borró a tantas gentes de los campos, y cómo salieron de allí, olvidando a cualquier precio, con rostros optimistas de ciudad, así mismo en el futuro nadie entenderá cómo nosotros permitimos que tantos jóvenes de nuestra propia cultura desaparecieran sin dolor para nosotros, como sí se tratara de otras gentes distintas, ajenas a nuestros sentimientos…      

No sé si esta piedad estará en el futuro, o si la indiferencia y la insolidaridad, que parecen los presupuestos de esta ciudad para ser verdadera ciudad, en el futuro ya borren cualquier  curiosidad por los demás, por suerte, cualquier intento de hacer de la ciudad un lugar de identidad, es decir, que yo me pueda poner en la situación de otro en cualquier calle, y entender lo que pasa, su indiferencia, su aventura, su tragedia, su resurrección… Jeyson, Albeiro, John Galvis, Leonardo, Chavo, Francis, otros más, sé que siguen corriendo de un lado para otro en las cabezas de todos nosotros, los que hicimos la película, y se ríen, y buscan siempre “ganar” en donde estén y aterrorizan, que era una de las pocas cosas que sabían, y se oscurecen con sus terribles pensamientos y sus tristezas sin sosiego. 


Y, sobretodo, sé que ellos fueron “peladitos” que pudieron vivir hasta el final de una vida normal, como sus padres, y como ellos humillados por la pobreza y la miseria, como ellos torturados por las pocas posibilidades  y que, aunque ya no viven, nadie puede encontrarlos por sus nombres en las esquinas de San Blas o en los Balsos, ellos vivieron realzados por su aventura loca y suicida, dignificados por la leyenda y por la muerte inminente, como sólo los pobres pueden alcanzar algún heroísmo en vida, y no vivir simplemente como perros, aunque tal vez morir como ellos…

En este tiempo de la ignorancia generalizada, del saber inútil, sólo consagrado al enriquecimiento, en ese tiempo de las ciencias bobas e inhumanas, que se reparten el botín de una persona, seccionándola, el prójimo de ha desdibujado como tal, como persona, como vecino, y de él sólo permanecen imágenes fragmentadas que no mueven ni a la solidaridad, ni mucho menos piedad…, y, sin estas, creo, no puede haber conocimiento…

Aunque todos lo sabíamos, aunque de No Futuro era tan obvio que ellos mismos lo decían entre risas, despidiéndose, nunca pudimos hacer nada para convencerlos, que es lo mínimo que un amigo debe hacer por otro. Pero sus imágenes de personas verdaderas están allí, diciéndole lo suyo, hablando con la poética de español de aquellos barrios, tan hermosa como el siglo de oro, que llama “parca” a la ley, que llama “traído” a todo lo que produce sorpresa, desde un regalo hasta una hermosa cadena en el cuello de alguien, hasta los enemigos que llegan de pronto a matarlos, a llevarlos de paseo por los campos de la muerte.      

Con su alegoría invencible, con su dignidad de niños vestidos a la última moda, puesto que si no tienen casas como se debe, su ropa es su casa mayor, y dentro de ella, alguien con poder suficiente para no dejarse humillar, alguien que se merece también regalos, como los hijos de los ricos. 

Pero ellos están ahí, con sus ideas, puesto que se trata de ideas, para que los otros jóvenes de la ciudad, ingenuos e ignorantes de lo que ocurre más allá de sus condominios, tengan por primera vez, no sólo curiosidad y temor por muñequitos que ven en la pantalla sino también como lo dice Aristóteles en su Poética, no sólo temor sino también compasión por los personajes y por ellos mismos, por su no futuro de jóvenes, más fulminante que una epidemia (pp. 37-39).  

Historias de No Futuro
Augusto Bernal y Zulma Orozco

Ramiro Meneses
La película de Rodrigo D, no es tanto recordar el barrio, los amigos… es algo más a flor de piel, de todo, el recuerdo mismo… es como ver a Jeyson. Me tocó cargarlo y quien representa Ramón en la película… yo los conozco a todos, me siento como el “papá” de todos, de alguna forma. En general yo soy el más viejo. Vi crecer al “Burro”, al “Alacrán”, a Jeyson, a la “rata Mona” (Mario) y a todos, porque teníamos un lazo común que era la música. No éramos todos punkeros. No tanto… en una forma distinta habíamos unos más apasionados que otros y, de todas maneras, el más apasionado por el cuento era yo, entonces me tocó como el cambio de generaciones del rock duro de una época… No, el metal no. Yo nunca me metí con el metal…, después en el lado del punk donde estaban los más jóvenes, que eran los que estaban empezando como Jeyson, y luego todos se dispersaron y el único que siguió con la música era yo… mejor dicho es que todos nos dividimos y se volvieron “pistolocos” y otros seguimos como la misma línea cambiando de música simplemente y de sensaciones.

Éramos como una gallada de cincuenta personas donde por ser el más viejo me destacaba. Más bien pocas mujeres y casi nunca andábamos juntos, realmente nos reunimos en el parque Guadalupe, que era donde todos los días nos parchábamos. Entonces no faltaba la persona cultural, así que lee los periódicos, que va a cinemateca…, no es que lo haga todos los días, sino que para entonces Rosa, que era una mujer muy especial, se apareció allá con el cuento de que unos señores de Teleantioquia estaban necesitando gente para hacer un programa de televisión.    

Rosa era una amiga del parche, era como la manejadora y unos le parábamos bolas y otros nada…, sobre todo los más jóvenes… que fuéramos a ver qué era lo que quería esa gente. Allí hay una división muy tenaz y es que nosotros somos -éramos- de un lado del mundo y nos tocaba conocer esa otra parte. Entonces fueron unos y dijeron esos manes eran unos bacanes, que putería de locos, y yo dije: “Vamos a ver mañana y los encendemos a pata a ver si son tan bacanos”. Entonces, claro, allá nos aparecimos y va saliendo Víctor, yo me quedé y le dije: “este guevón es muy… sencillo”; íbamos más a que nos dieran trabajo, a ver la guevonada que le estaban planteando a los pelados. Salió entonces “El Chiqui” y nos comenzó a hablar y entramos de a cinco y nos empezó la curiosidad. Nos entraban y les decían a unos que no y a otros que sí, pero que nos llamaban porque venía una película. Al tiempo se apareció Ramón en mi casa y me dijo que fuéramos a Tiempos Modernos.     
      
Yo me le pegué y seguimos constantemente. De alguna manera fuimos los iniciadores de esta historia. Fuimos el puente para que Víctor fuera al barrio y conociera lo que nosotros hacíamos. Víctor se interesó más por los punkeros que se tiraban gargajos, bailaban dándose golpes. Para nosotros era algo especial que estos locos tan frescos como nosotros, entonces el parche era ir a fumar yerba con ellos, nos invitaron a comer, a almorzar y bacano, pues era conocer otra parte del mundo que no queríamos conocer.


La película llegó con el tiempo. Ya tenía otros locos para trabajar que no eran del parche nuestro y, de pronto, Víctor me puso a actuar y a ensayar de Rodrigo y llamaba también a Ramón y a lo último se me dijo que el protagonista era yo… fueron al barrio, estuvieron en mi casa, luego a al de Ramón, en distintas casas, como viendo cosas y hablando mucho…

Se hizo como una amistad y nos fuimos para Liborina a preparar todo. Allí si nos destapamos porque era una confianza total, nos agarrábamos a pata, hablábamos. Ahí pasamos ocho días. Luego llegaron los demás pelaos que trabajaron en la película, ninguno es un guevón, todos son pelaos muy fuertes. Y la participación fue con historias como te acordará de la escena del colegio donde preguntó por unos vidrios aún rotos. Esos los quebré yo. Entonces Víctor ene l rodaje nos recordaba lo que habíamos dicho antes y lo metía y se armaban los diálogos. Era más una cosa libre que comenzaba con un planteamiento de Víctor. Entonces era como recordar unas maricaditas como la de la caleta, los punkeros, lo de la cucha y mucho ensayo con todos.  

Tenía una banda. En ese tiempo la carreta que tenía era hacer música casi orgánica… la batería era prestada, hecha con parches de cuero, la guitarra era acústica conectada a una grabadora y empezamos tocando así porque ninguno de los dos del grupo sabía tocar. Dimos un concierto donde nos encanaron por estar en una iglesia abandonada. El grupo se llamaba Mutantes. Éramos seis grupos y nos tocó de primeras, más de buenas, tocamos como doce temas y eso que se veía sino sangre, más duro se le daba, cuando de pronto vi un polvorín que caía del techo. Llegó la policía y recogieron todo haciendo un cerro de cuchillos, chaquetas de cuero, cadenas. Estuvimos cerca de tres días y más de uno teníamos de esas botas Grulla de protección, que decían eran militares y nos la quitaron. Fue un desfile de descalzos saliendo de la estación de policía como a las 12 del día.

Entre las canciones que tocamos recuerdo que estaba, “Tengo Rabia”, “Religión”, “No te desanimes, mátate”, “Sin redacción”. En la película aparecen algunas de estas canciones, por ejemplo, una que le pusimos el nombre de “Ramera de barrio”, “Así no”, “No te desanimes mátate” y otras doce o trece que hicimos. Con respecto a mi trabajo en televisión, me dicen que traicioné todo proe estar en la televisión (pp. 56-59).

Texto
Augusto Bernal J. Rodrigo D. No futuro, Colección Borradores de Cine, Black María Escuela de Cine, 2009.  

Nota: En el marco de Memoria Activa 2017, evento realizado por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, con apoyo de la Universidad Agustiniana -Programa de Cine y Televisión-, y el Canal Zoom, se exhibirá Rodrigo D. No Futuro este 8 de noviembre a las 6:30 entrada libre en sus instalaciones:  Carrera 45 #26-49, Bogotá. Teléfono(1) 7441339
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